Tercer tiempo

Celta borrado

Me encontré en Málaga el sábado con Luz Casal, la gallega (y asturiana) que mejor canta a Rosalía de Castro, la que con más énfasis humano se enfrenta a los micrófonos de la música. Esa melancolía con la que interpreta el más famoso poema triste de la gran poetisa gallega me vino a la memoria cuando el Celta decidió hacer su cantada hasta ahora más célebre, su partido de la noche del sábado ante el Madrid. Me dio vergüenza el equipo, el (buen) entrenador, me dio vergüenza que Aspas fuera disminuido a la categoría de nada. Y me dio vergüenza del fútbol. Sombra, negra sombra celtiña.

El poderío

Ante esa nada que se movía en el campo, el Madrid hizo un fútbol hasta compasivo. Debe ser cosa de los finales ligueros, pero lo que hizo el Celta es de pedir perdón. Lo peor del fútbol es que lo imperdonable no pasa por la Iglesia, donde te confiesas y se acabaron los pecados. Los pecados del Celta subieron, uno a uno, al marcador. Suele hacerse, y lo deploro, pero aquí ni el árbitro puede ser llamado a capítulo por los celtas, esta vez más cortos que nunca. Si esas cosas se hacen en los vestuarios, estaría encantado de asistir a la sesión en la que Unzué les explica a sus bien derrotados las razones del desastre.

La dejadez

Escuché en Carrusel (Álvaro Benito, el entrenador) que los madridistas no se esforzaban en el campo, a pesar de que en estos estertores se juegan ser los segundos y levantarse de esa tercera plaza que al parecer les avergüenza. Pues así y todo, hicieron un fútbol suficiente, más ordenado que en Sevilla, donde la hiperactividad de Sergio Ramos alcanzó premios virtuales, pero desordenó al equipo al borde de esa histeria que en fútbol se suele confundir con esfuerzo. La parsimonia que Isco, por ejemplo, le da al equipo hace inteligente hasta los saques de banda. Y con eso le bastó al Madrid.

Sevilla tuvo que ser

En esa ciudad la primavera no es nada sin un debate Betis-Sevilla. Hasta en los bares se juega ese partido, que iguala siempre, o destruye, los pronósticos. El anterior fue una exhibición de lujo: el Betis fue capaz de poner su fuerza, y su estética, para llevar al Sevilla al límite de la desesperación, y esta vez hizo lo propio. Dos entrenadores los sustentan ahora, de distintas escuelas, Caparrós es la fuerza, el vigor, la carrera por la banda, y Setién es la humildad y la paciencia, el tiro largo, el juego tranquilo, hasta que explota la jugada y entonces el equipo sorprende desde aquella paciencia. Dos buenos equipos para aficiones grandiosas.

Los condenados

Hay algo de muy cruel en LaLiga, lo que sufren las aficiones de esos equipos condenados a bajar al purgatorio de Segunda con tanta antelación. La tan querida, y vapuleada, Unión Deportiva Las Palmas, el siempre admirado Depor, la muy luminosa Málaga, donde vi, como dije, a la muy alegre, y melancólica, Luz Casal, la cantante de la hermosísima Negra sombra de Rosalía. Y eso, sombra negra, es lo que han tenido esos tres condenados que pasean su tristeza por campos donde quieren afecto y no más derrota. El fútbol es un juego cruel, ganadores, perdedores, y en el graderío hay o indiferencia o ausencias. Ya volverán.

Afecto y derrota

El fútbol es afecto y derrota, alegría y contrariedad. Colecciono equipos que pierden, me solidarizo con los que caen, felicito a los victoriosos, pero siempre pienso más en los que sufren. Ahora he unido a mis afectos el Getafe, porque conocí a un buen amigo, Óscar Rubio, que a veces me manda mensajes de condolencia o de afecto por los desastres en que incurre mi propio equipo. Y aquí me tienen cada semana siguiendo los destinos del Getafe. El último 0-1, ante el Atlético de Madrid, le sirve a éste para seguir retando al Madrid, pero le da disgusto a mi amigo, así que nunca llueve, en fútbol, como en la vida, como quiere uno que diluvie.

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