La Agenda 2030, misión imposible

CTXT es un medio financiado, en gran parte, por sus lectores. Puedes colaborar con tu aportación aquí.

En 2015 la ONU aprobó un documento con 17 objetivos y 169 metas, continuación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) propuestos en 2000. Esta actualización se denominó Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) o Agenda 2030. España comenzó a definir sus deberes en esta materia ya bajo el Gobierno Rajoy, pero, con el cambio de gobierno, Pedro Sánchez decide darle un impulso, nombra a Cristina Gallach como alta comisionada para la Agenda 2030 del Gobierno de España, y lanza Objetivos2030.com. Según Gallach, el nuevo gobierno decide imprimirle una “mayor ambición” a dicha agenda. Aunque, a la vista de sus contenidos, cabe preguntarse: ¿es simplemente “ambiciosa”, o en realidad es demasiado ambiciosa, algo irrealizable?

Lo primero que llama la atención es una preocupante mezcla entre fines y medios. Lo adecuado sería establecer unos fines y permitir flexibilidad en los medios, pero al poner determinados medios a la misma altura que los fines, se genera confusión, contradicciones y rigidez. Así, “Hambre Cero” (O2) o “Igualdad de Género” (O5) son fines humanos que encajan sin problema en los principios de Naciones Unidas, pero el “Crecimiento Económico” (O8) o la “Innovación” (O9) sólo pueden calificarse de instrumentos, y marcan un tipo de políticas concreto, mucho más claro en las denominadas metas de la Agenda. Así, la meta 8.4 incluye algo que se ha sido demostrado como un imposible: “(…) procurar desvincular el crecimiento económico de la degradación del medio ambiente”, porque sencillamente cuanto más crecen la producción y el consumo, más energía se consume y más emisiones se suman a la atmósfera. Este error nos lo volvemos a encontrar en el texto del alto comisionado español, relativo al O7: “A diferencia de la Unión Europea, España no ha conseguido todavía desacoplar en términos absolutos el crecimiento de su economía de las emisiones de gases de efecto invernadero”. Fíjense: “todavía”, o sea, que piensan que es posible; y además dice “a diferencia de la UE”, lo cual es falso, pues no existe tal desacople: por un lado se están derivando emisiones a terceros países y por otro manipulando la contabilidad del PIB.

Este podría ser una de las incoherencias internas más sangrantes en los Objetivos 2030: porque si alcanzamos el O8, comprometeremos gravemente casi todos los demás objetivos. Es decir, el crecimiento económico, lejos de merecer ser un fin en sí mismo, constituye el problema, como nos llevan décadas advirtiendo científicos, ecologistas y decrecentistas. Y nuestro gobierno, lejos de objetar a dicho O8, reincide en él. Algo similar sucede con el O9, que pretende promover “la industrialización”, como si eso fuese positivo en sí mismo. Crecimiento e industrialización han podido ser instrumentos para lograr fines sociales durante un periodo histórico muy concreto, pero intentar mantenerlos a toda costa cuando ya hemos chocado con los límites planetarios, sería el peor error que podríamos cometer. La premisa que hoy dirige la política económica no sólo nacional sino internacional (esto es: que se puede crecer indefinidamente en un mundo finito) no tiene el menor fundamento científico ni racional: es pura y simple fe. El gobierno español afirma: “No se puede concebir una mejora en las condiciones de vida de las personas sin abordar el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, sin un empleo productivo y en condiciones dignas.” Pero sí que se puede; de hecho, históricamente fue así durante toda nuestra historia hasta que llegó la Revolución Industrial. Y así, mutatis mutandis, podrán volver a funcionar las poscapitalistas si nos preparamos adecuadamente.

Volviendo a la industrialización, la meta 9.2 (“aumentar significativamente la contribución de la industria al empleo y al producto interno bruto”) es otro craso error a la luz del declive energético y de la necesaria vuelta al sector primario, una vez que el fin del petróleo barato termine con esa excepcionalidad histórica de que tan poca gente esté dando de comer a tanta (las tasas históricas preindustriales fueron de entre el 70 y el 90% de personas dedicadas a la producción de alimentos). Ante el final de la agricultura industrial, necesitaremos nuevamente muchísima mano de obra en el campo para sostener una vuelta a los sistemas agroecológicos o tradicionales. Pero el O11 está lejos de planificar esa ordenada vuelta al campo y la recuperación de aldeas y pueblos, o del entorno fértil de nuestras urbes. Pese a reconocer los graves impactos ambientales y energéticos de las ciudades, los Objetivos2030 de Sánchez apuestan por el urbanismo a ultranza: “las ciudades constituyen el principal motor de la economía”. Tal vez, pero solamente en un contexto histórico en que ese motor ha dispuesto de toda la energía (fundamentalmente fósil) que demandaba. Una vez escasee esta, el entorno que dispondrá de más energía (renovable) será el rural, y necesariamente volverá a ser este el motor de la economía española, como lo fue a lo largo de toda nuestra historia preindustrial.

El O7 es especialmente problemático: “Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos”. A “una” energía… es como no decir nada: a cuánta energía, habría que especificar, sobre todo porque estamos ante un inminente problema de escasez energética. ¿A cuántos KW·año tocamos todos los seres humanos actuales? ¿A cuántos tocaremos a medida que siga aumentando la población? En definitiva, este objetivo, sin cuantificar, es absolutamente inútil, aparte de adolecer de tecnolatría y progresismo banal al preferir la energía “moderna”, sea eso lo que fuere. Después, tras cuantificar la grave dependencia española del petróleo y otros combustibles fósiles, y hacer hincapié únicamente en su carácter de agravadores del cambio climático pasando por alto su inminente carencia, zanja la cuestión de una transición energética (que dan por segura porque sí, contra todos los precedentes históricos) con esta frase: “existen poderosas razones no sólo climáticas sino de seguridad energética y balanza exterior para reconducir esa dependencia, hacia un sistema energético más eficiente y basado en energías renovables, recursos (viento, sol, biomasa e hidráulica) ampliamente disponibles en nuestro territorio”. Al parecer nadie en el gobierno ha cuantificado lo que quiere decir eso de “ampliamente disponibles” ni se ha parado a pensar que una cosa es ser un país con sol y viento, y otra poder captar suficiente energía (neta) por dichas vías, del tipo necesario para sustituir a las fósiles en todos sus usos y a la escala suficiente. Porque los investigadores que sí han hecho esos números nos advierten de que, en todo caso, debería acompañarse dicha transición de un descenso drástico del consumo total (en torno al 80-90% en los países más industrializados), algo que choca frontalmente con el mencionado objetivo del crecimiento económico a ultranza. Esta es, quizás, la incoherencia más fundamental de toda esta agenda, tanto española como internacional.

Y un apunte más sobre la visión española de las metas energético/climáticas: “El objetivo de garantizar el acceso a la energía a todos los ciudadanos pasa por la asequibilidad del servicio”. Es decir, la energía debe ser asequible. Uno se pregunta cómo se podrá pilotar un descenso energético sin utilizar los precios para reducir la demanda, y cómo –en un mercado supuestamente libre– se evitará el alza del coste de la energía a medida que ésta comience a escasear. ¿Cómo impedirá el gobierno Sánchez que entre en acción la ley de la oferta y la demanda? ¿Piensan nacionalizar las empresas energéticas? Y, aunque así fuera, ¿cómo evitarán que los países exportadores de petróleo o de gas natural suban sus precios? ¿Invadiremos Argelia, como alerta Antonio Turiel? 

“Una España que haya alcanzado los ODS en 2030 será un país con el que todos y todas soñamos. Por eso, la Agenda 2030 está ya en el centro de nuestra visión de Estado y de la acción de gobierno. Representa una forma de actuar en el mundo. En definitiva, un proyecto de país”. Son palabras del presidente Sánchez que resultan irónicas: su proyecto de país es un sueño… inalcanzable, y que puede terminar en pesadilla por no haber calibrado bien el margen de lo posible.

Para terminar, podríamos sencillamente presentar una enmienda a la totalidad a este bonito plan internacional. Porque el objetivo principal no es otro que el famoso desarrollo sostenible. Pero precisamente uno de los primeros científicos que lo estudió, Dennis Meadows, y que publicó en 1972 junto a Donnella Meadows y Jorgen Randers Los límites del crecimiento, marcando el comienzo de cuatro décadas de advertencias científicas, nos avisa de que ya es tarde. Tuvimos unos veinte años para enderezar el rumbo y hacer nuestra civilización sostenible. Pero a estas alturas ya no es posible, y el colapso ha comenzado, tal y como su modelo informatizado había advertido. Por tanto, toda esta agenda estaría orientada a un objetivo global que ha dejado de ser factible, y sería un esfuerzo trágicamente inútil. Y, lo que es peor: modelos de dinámica de sistemas más recientes, como el MEDEAS, nos están indicando que si carecemos de una perspectiva correcta e intentamos perseguir este tipo de metas imposibles, podríamos acabar agravando el colapso. Porque aunque el colapso (entendido como una reducción rápida de la complejidad de nuestras sociedades) lo den por seguro autores como Meadows, el físico Carlos de Castro o el ex-ministro francés Yves Cochet, aún cabe actuar para que dicho colapso no resulte trágico y pueda desembocar en una sociedad mucho más simple pero donde vivamos una buena vida. Por ello nos proponen sustituir el objetivo de la sostenibilidad por el de la resiliencia: no tratar de evitar un colapso ineludible, sino buscar la mejor adaptación posible para mantener las funciones esenciales de una civilización humana. ¿Podríamos imaginar una Agenda Internacional para el Decrecimiento Justo?, ¿unos Objetivos para unas Nuevas Civilizaciones Resilientes? Pues habrá que hacerlo, y mejor temprano que tarde.

———————-

Manuel Casal Lodeiro es activista y divulgador del colapso civilizatorio. Autor de Nosotros, los detritívoros y La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Coordinador de la revista 15/15\15 para una nueva civilización y del Instituto Resiliencia.

from ctxt.es https://ift.tt/2QeZb59
via IFTTT

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s