Subida fiscal desordenada

Al menos desde 2015 ha sido evidente que la economía española necesita una reforma fiscal. Es una de las tres grandes reformas pendientes, junto con la de las pensiones (que va para largo) y la del mercado de la vivienda, que corre el riesgo de perderse en parches municipales para remendar los daños causados por la presión turística. La lógica que lleva a una reforma fiscal parte de las siguientes premisas: el Estado tiene que aumentar la recaudación para cumplir con los compromisos de déficit y liquidar un periodo de austeridad sin beneficios brillantes, pero con un gran coste en sanidad, educación e inversión pública. En términos de recaudación, España está muy lejos de la media de la Unión Europea (concretamente a 77.000 millones de distancia); el Gobierno, éste o el próximo, tiene que explicar para qué quiere el dinero obtenido por las subidas fiscales; luego es necesario subir la recaudación, por necesidad y porque hay margen para hacerlo. El tercer punto que cierra la argumentación es que la política de aumentar la recaudación no puede ser un conjunto de decisiones inorgánicas. Tiene que encuadrarse en una reforma integral; o, como se dice ahora, global.

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El puente que cruza el río Suchiate, un gigantesco albergue entre México y Guatemala

El paso fronterizo, uno de los dos que conectan a Tecún Umán con Ciudad Hidalgo en México, está completamente colapsado. Es un barrio que respira el ambiente de la caravana: los niños juegan al fútbol, los bebés gatean entre las lonas de plástico y los adultos matan el tiempo bajo la casa que han erigido junto a un letrero de migración. Se venden cigarros, agua, paletas de hielo. El calor y la humedad sobre el río Suchiate han arreciado y son sofocantes. Los inmigrantes han organizado tres cordones de paso para controlar el flujo hacia la aduana de México. Y aunque las solicitudes de refugio y de tránsito avanzan a paso lento, la desesperación es palpable. “No vemos resultados”, reclama Lobo Hernández, mientras custodia uno de los cercos.

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Tatuajes sin ley

Arriba y abajo. La aguja perfora la piel como un pequeño taladro y escupe gotas de tinta en cada agujero. Puede quemar, arder. El dolor pasa, y el tatuaje se queda. Lo que pocos se preguntan es qué contienen los líquidos que acaban para siempre enquistados en sus cuerpos. El 12% de los europeos está tatuado, pero Bruselas solo ha dado tímidos pasos para regular el sector. El año que viene tendrá que pronunciarse sobre una propuesta de la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA) que sugiere vetar 4.000 sustancias contenidas en las tintas para tatuajes y micropigmentación, la mayor prohibición jamás planteada por este organismo. Mientras, cada país regula (o no) de manera distinta el uso de estos productos y el caos impera.

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Todas las pieles del diseño

HUNDIRSE EN un sillón mullido y dejar volar la imaginación. En eso debía pensar Antonio Citterio cuando diseñó la familia de asientos Adda, a la que pertenece esta poltrona de apariencia cómoda y elegante. Sus cojines, generosamente rellenos de plumas y rematados con un bordón, invitan al descanso. La costura que los atraviesa horizontalmente provoca una hendidura en la piel que acentúa más aún los pliegues que lo caracterizan. Este modelo de piel se ha convertido en una de las piezas icono de Flexform. Con un precio de entre 5.500 y 9.200 euros, puede revestirse con acabados tan dispares como el cachemir, el lino o el algodón. Y es que detrás de cada diseño de la firma italiana se esconde el saber hacer de tres generaciones. Hace casi 50 años que los hermanos Galimberti fundaron su pequeño taller de tapicería de sofás en Brianza, al norte de Italia. Hoy, sus descendientes distribuyen piezas por toda Europa, Asia, Estados Unidos y Australia. En España, uno de sus puntos de venta es el espacio Iconno.

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La segunda vida de las plantas

ES HABITUAL que los clientes entren en Planthae con el móvil en la mano. Algunos lo hacen porque han descubierto esta pequeña tienda de plantas a través de Google Maps; otros, porque es Instagram quien les ha puesto sobre la pista. Menos común resulta lo que ocurrió con una de las clientas. Llegó con su móvil, como tantos otros, y lo enseñó en el mostrador: en la pantalla, una cordyline deslumbraba con sus hojas rosadas en una imagen que la dueña de la tienda había publicado en Instagram. “Quiero esta planta porque esta es la foto con la que más likes has conseguido”, le dijo, mientras agitaba el teléfono. “Y si tú has conseguido tantos likes, yo también lo haré”. Elena Páez recuerda la anécdota sentada en la parte de atrás de su local. Las plantas, por supuesto, son las dueñas del lugar. Ocupan cualquier resquicio libre: las más solicitadas dan la bienvenida en la entrada, las colgantes se asoman a saludar desde mesas y estanterías, y las más grandes dan vida a esquinas y recovecos con sus tallos erguidos y sus llamativas hojas. Este diminuto refugio verde en el céntrico barrio de Lavapiés, en Madrid, es solo uno de los nuevos negocios que, con las plantas como excusa, han abierto sus puertas recientemente. Y lo han hecho al calor de una nueva tendencia que reivindica la planta de interior como el objeto decorativo más deseado.

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Tatuajes sin ley

Arriba y abajo. La aguja perfora la piel como un pequeño taladro y escupe gotas de tinta en cada agujero. Puede quemar, arder. El dolor pasa, y el tatuaje se queda. Lo que pocos se preguntan es qué contienen los líquidos que acaban para siempre enquistados en sus cuerpos. El 12% de los europeos está tatuado, pero Bruselas solo ha dado tímidos pasos para regular el sector. El año que viene tendrá que pronunciarse sobre una propuesta de la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA) que sugiere vetar 4.000 sustancias contenidas en las tintas para tatuajes y micropigmentación, la mayor prohibición jamás planteada por este organismo. Mientras, cada país regula (o no) de manera distinta el uso de estos productos y el caos impera.

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Batalla judicial por el barco fantasma

La culpa fue de Fernando VI, que se murió sin avisar. Eso provocó que las modas cambiasen y que el nuevo monarca, Carlos III, impusiese la suya. Por eso, la producción demodé de cristal de la Real Fábrica de Vidrio de La Granja tenía cada vez peor salida. ¿La solución? Mandarla a Nueva España o al Virreinato del Perú donde estaban faltos de estos productos y donde lo importante era la utilidad. El virrey del México, el marqués de Cruillas, había escrito varias veces a Madrid reclamando cristales (“ladillos y delanteras”) para las calesas. “Que se lo envíen”, escribió el secretario de Hacienda, Miguel Múzquiz, “con la salvedad de que los géneros sean únicamente aquellos de escasa demanda y poco apreciados por el público madrileño”. El problema llega hasta nuestros días y se dirime en los tribunales chilenos.

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Lovecraft no creía en sus monstruos

Cuando se piensa en Howard Phillips Lovecraft, se piensa primero en tentáculos, y luego, se haya leído o no la biografía de Michel Houellebec, en un tipo solitario al que no le hacían demasiada gracia las mujeres, que vivía, como Norman Bates, con su madre, una Providence de aspecto lúgubre y mortecino, en la que los vecinos acechaban como criaturas del Averno, o, para él, como personajes del Necronomicón.

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