¿Por qué se va Merkel?

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Angela Merkel ha dimitido este diciembre como presidenta de la CDU. Como máximo en dos años, cuando agote su actual mandato, también dejará la cancillería, a la que no volverá a presentarse. ¿Por qué se va? Al fin y al cabo, ¿no era ella la que siempre insistió en la importancia de que los dos cargos, de presidenta del partido y canciller, estuvieran unidos en una misma persona?

Dieciocho años al frente del partido y trece como canciller son mucho tiempo. Hay sustancia para agotar a cualquiera. Pero esta canciller fallida , aún es loada por el mainstream celtíbero como la “verdadera líder del mundo libre”, como “lo mejor que nos ha pasado en los últimos años” y despedida con carteles en los que se lee “¡Gracias, jefa!”. En una escala mucho más pedestre, esta adulación desde uno de los países que ha sido clara víctima del nacionalismo exportador alemán, recuerda a los largos e histéricos cortejos ante los catafalcos de personajes como Franco o Stalin ante los que desfilaban llorosas sus masoquistas víctimas.

La principal cualidad de Merkel era su capacidad de adaptarse a los desmoronamientos. Lo hizo en 1989, cuando se hundió el régimen de la RDA del que ella era modesto pero inequívoco ladrillo, y lo demuestra ahora cuando, entre el aplauso de los necios, Merkel constata el panorama de ruinas que le rodea.

Con el brexit, la canciller ha perdido su principal aliado a efectos de políticas liberales en la UE. Pudo extorsionar sin grandes dificultades a Grecia y a Chipre, pero lo de Italia se anuncia algo más complicado. En Francia su vasallo Emmanuel Macron está acabado. Una revuelta social va a poner fin a la sumisión que rellenaba desde hace años el hueco concepto de “eje franco-alemán”. En la Francia de los chalecos amarillos el “merkelato” se ha acabado y habrá que ver cómo el fenómeno lanzará impulsos amarillos antiausteridad hacia otros países.

En Europa del Este, antiguos satélites político-económicos de Alemania, como Polonia y Hungría, se han convertido en claros replicantes y ya no le hacen caso. Al otro lado del Atlántico, el propio gran jefe de Washington, al que Merkel siempre sirvió con extrema atención y cuidado, ha enloquecido, no se deja querer y gruñe. De nada ha servido la fidelidad demostrada al contribuir a la estúpida nueva guerra fría con Rusia, tan adversa a los intereses energéticos y comerciales de Alemania. Ya no hay aliados a la vista. Es la descomposición total.

¿Y qué decir sobre el interior del país? Ya no funcionan los efectos especiales, ni los recursos de imagen, alguno de los cuales –el de los emigrantes– se volvió contra ella. Su voz pausada, su calma, el dejar el trabajo sucio en manos de subalternos, desde la ignominia griega hasta la restauración del militarismo potenciando el Bundeswehr, pasando por los escándalos de complicidad con los nazis del Verfassungsschutz, su policía política…, nada de todo eso basta ya para detener la hemorragia.

La mayoría de los alemanes puede compensar la evidencia de la degradación objetiva de sus vidas, en términos de bienestar, relaciones laborales y contenido del estado del bienestar, con la idea de que, a pesar de todo, les sigue yendo mejor que a otros en Europa. Sin duda eso es así, pero no impide el incremento de los alquileres y la gentrificación, el avance e institucionalización de la precariedad, los mini-trabajos y los retrocesos del sistema de pensiones tras su privatización, lo que crea un serio problema de jubilados pobres. Una tercera parte de la población alemana sufre directamente esas condiciones y el 19,7% está amenazado de pobreza y exclusión social, solo cuatro puntos por debajo de la media europea (24%). Al final, la consecuente continuidad del nacionalismo exportador característico de esta Europa alemana tampoco ha sido una bendición para los alemanes. Como consecuencia, el sistema político de esa aburrida y conformista “granja modelo” que ha sido casi siempre la política alemana se resiente.

La erosión del bipartidismo (socialdemócratas-democristianos) de posguerra toca techo. El SPD ronda el 15% en las encuestas. La CDU mantiene el doble pero también a la baja, con la aparición de nuevas fuerzas que le arrebatan electores. Juntos, SPD y CDU ya no llegan al 50% del voto. Y mientras tanto en el Bundestag ya tenemos el mayor grupo de extrema derecha del continente: 92 diputados. 

Lo único que queda a la vista es algo que recuerda a un panorama de ruinas. Así que, después de tantos años, nada mejor que irse. Abandonar el barco antes de que las vías de agua abiertas se hagan evidentes incluso para los despistados que gritan “¡Gracias, jefa!”.

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