Así debió de nacer el narco

Contaba insistentemente Roberto Saviano en su libro CeroCeroCero cómo la cocaína gobierna el mundo. Esa convicción no respondía a que estuviera ciego de alcohol o de drogas, con los desórdenes de la realidad que puede provocar ese estado. Los datos que ofrecía pueden ser escandalosos pero también verificables. Y es absurdo pensar que todo el mundo se ha metido o se mete la sustancia blanca, aunque es cierto que influyó poderosamente en los mecanismos de la economía, la política, la cultura, etcétera.
Estados Unidos representó la mayor demanda para esos adictivos productos que se cultivan mayoritariamente en Sudamérica (la heroína es casi patrimonio exclusivo de Asia) y que donan tanto placer o necesidad a los receptores. Aseguran que durante décadas del siglo pasado se averió crónicamente en Estados Unidos el tabique nasal de infinitos habitantes del mundo del dinero, de los suburbios y los guetos, de la música, del cine. Y Hollywood, ese voraz consumidor de la diosa blanca, descubrió hace mucho tiempo que hablar del narcotráfico era muy rentable, que poseía tirón comercial y morbo para el público de cualquier parte, que podía ser un género a perpetuidad.
Películas de gran presupuesto, cuidadas series de televisión e infalibles best sellers cubren permanentemente el suculento negocio. Ahí están El precio del poder, Traffic, Salvajes, María llena eres de gracia, Narcos, Breaking Bad y así hasta el infinito. Y Don Winslow ha escrito novelas apasionantes sobre el cruento y cenagoso tema, como El poder del perro y El cártel. Y estoy ansioso por devorar La frontera, que cierra la trilogía.
Colonizado mi subconsciente (y mi consciente) en el tema del narcotráfico por guionistas, directores e intérpretes del cine estadounidense, me resulta insólito ver una película absolutamente colombiana (la protagonizan familias indígenas, de la tribu de los wayús, con idioma propio) que narra los comienzos del narcotráfico. Se titula Pájaros de verano y la dirigen Ciro Guerra y Cristina Gallego. Comienza en los años setenta y abarca una década que describe el esplendor y el derrumbe de gente que descubrió que era mucho más rentable vender marihuana que café.
Su comercio inicial es con hippies con pasta que disfrutan mogollón con los efectos lúdicos y euforizantes de la hierba. Y después, el negocio se pone serio. Hay montones de avionetas dispuestas a cargar con toda la marihuana que puedan albergar. Pero con el florecimiento del mercado, con la llegada de la riqueza y de eso tan goloso llamado poder, empieza lógicamente la competencia, la traición, la venganza, el desmoronamiento de aquello que se creía irrompible.
Diversas opiniones me habían informado de que era una película excepcional. Admito y encomio su originalidad, pero eso no supone un certificado de suprema calidad. Sigo con relativo interés su intriga y reconozco las huellas de García Márquez en ese universo de rituales, matriarcado, magia y muerte. Los intérpretes y los extras desprenden sensación de verdad. Y probablemente así ocurrieron las cosas y así eran los personajes que crearon un negocio sin fecha de caducidad, una oferta que siempre tendrá demanda. Y entiendo que ahora la pasión de múltiples opinadores está concentrada en el cine latinoamericano.
Cuántas modas he visto pasar. Y, por supuesto, que la película más hermosa que he contemplado este año, junto a la polaca Cold War, es la mexicana Roma. Pero eso no otorga categoría de clasicismo a lo que se está rodando en la América que habla español.

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“Soy el pintor vivo que más ha expuesto en el mundo. Hasta los niños chicos reconocen un ‘botero”

Fernando Botero, nacido en Medellín en 1932, pintó el color y los volúmenes de la naturaleza de su país ubérrimo desde que era un adolescente. Es, también, el artista incendiado que, sin dejar de lado los volúmenes que han hecho tan singular su estilo, se llenó de ira ante las torturas de Abu Ghraib y también afrontó las heridas que dejó en Colombia la guerra más larga y cruenta que ha sufrido su país y el continente americano. Anoche abrió en su galería, Marlborough, en Madrid, una exposición llena de color y alegría. Es la primera que hace en la capital desde 1994. “El destino del arte, sobre el dolor o sobre la belleza, es procurar el placer estético”, afirmó ayer en una entrevista con EL PAÍS.

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El Cervantes cesa a los directores de los centros de París y Berlín

El Instituto Cervantesha acometido en las últimas semanas un gran relevo en 23 de sus centros, algunos de ellos claves. Pero a los 21 cambios anunciados la pasada semana en la institución que dirige Luis García Montero se unen estos días las destituciones de los responsables de dos plazas clave: Berlín y París. Allí, tanto Diego Valverde como Javier Muñoz saldrán de la dirección después de apenas dos años al frente. Estos han sido los relevos más traumáticos dentro de una remodelación que se ha perfilado con el acuerdo de la inmensa mayoría de los implicados.

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La tos y la utopía

Un ataque de tos interrumpe una frase en los últimos minutos de El libro de imágenes, pero la voz se sobrepone y logra llegar a su punto y final: “Incluso si nada resultara como esperábamos, eso no cambiaría nada de nuestras esperanzas”. Es una cita extraída de La estética de la resistencia, obra monumental en la que Peter Weiss, entre otras muchas cosas, recorría la historia del arte en su perpetua dialéctica con la historia política. La tos de Jean-Luc Godard aporta una relevante inflexión a las palabras del dramaturgo, porque esa voz que se rompe une, en una misma frase, la desintegración, la inminencia de un final, con el impulso innegable de la utopía, de la proyección hacia un futuro que articulará sus propias estrategias de resistencia. Es uno de los desenlaces más emocionantes que este crítico ha tenido ocasión de ver en mucho tiempo. Un final que parece hablar de esperanza –y de transmisión- desde un lecho moribundo y que se entrelaza con las imágenes degradadas del clímax de La máscara, primera historia que conformaba el tríptico de El placer (1952) de Max Ophüls, objeto de la primera crítica (rechazada por André Bazin) que Godard entregó a Cahiers du Cinéma: bajo la máscara de un espejismo de juventud, un anciano cae exhausto en la pista de baile tras una danza frenética.

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Descenso a los infiernos

Con el cutis más seco que el desierto de Arizona, pero puntuado de inquietantes ronchas, y las articulaciones abotargadas de un alma rota con suministro regular de metadona, Nicole Kidman da vida en Destroyer: una mujer herida de Karyn Kusama a Erin Bell, una detective de policía que, tras una operación infiltrada, quedó atrapada al otro lado del espejo. Cuando, a los pocos minutos de metraje, Bell tiene que masturbar trabajosamente a un yonqui postrado en su lecho de muerte, queda claro que Kidman no solo se ha creído a pies juntillas la leyenda de que el Oscar puede estar enterrado bajo una tonelada de cieno, sino que el verdadero sentido y argumento de la película de Kusama no es la historia de venganza que supuestamente cuenta, sino otra muy distinta: la crónica de la inmersión de la estrella glamurosa conocida como Nicole Kidman en las turbias aguas de la sordidez para despejar, de una vez por todas, cualquier duda sobre su talento interpretativo. La cuestión es que Kidman no necesitaba demostrar nada, que la nominación se ha resistido y que, bajo la vocación de impacto de la película, lo que hay es un relato más rutinario que transgresor.

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La vocación de la modestia

La vocación mínima suele ser una de las mejores decisiones para determinadas películas, y más en estos tiempos que corren, de excesiva grandilocuencia, ambición y desmesura. Una virtud en desuso que, por ejemplo, poseyeron abundantes producciones del cine estadounidense de los años setenta, el del Nuevo Hollywood, y que destaca en la tragicomedia ¿Podrás perdonarme algún día?, segundo largometraje de Marielle Heller, basado en la historia real de la escritora Lee Israel, respetada biógrafa caída en el barro de la desesperación social, profesional y personal. El relato de una autodestrucción, a partir de la soledad, la animadversión, la traición y una poderosa autenticidad. La historia de una mujer a la intemperie.

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Sola contra el sistema

Un biopic hollywoodiense quizá sea la segunda mejor opción –a falta del musical de Broadway- para coronar la progresiva transformación de la jueza Ruth Bader Ginsburg en icono pop. Pocas semanas después del estreno del documental RBG, de Julie Cohen y Betsy West, Una cuestión de género, la película con la que Mimi Leder vuelve a la dirección tras diez años de plena dedicación televisiva, eleva al personaje al podio de las vidas ejemplares siguiendo los cauces más convencionales, y didácticos, del subgénero. El propio sobrino de la biografiada se encarga del guion, como tácita garantía del directo conocimiento del entorno familiar que retrata la película, porque esta no es solo la historia de una heroína dispuesta a desarticular una injusticia sistémica, sino, también, la de una complicidad de pareja que alcanza su momento culminante cuando Martin Ginsburg –un Armie Hammer que es como la versión Ken de su referente real- da un decisivo paso al lado.

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Delicadeza vikinga

En una industria animada tan afín al gran gesto espectacular, las crisis tienen, a veces, felices resultados. Cuando tanto la economía de guerra como los excesos presupuestarios de Fantasía (1940) hicieron aconsejable que Disney afrontara un proyecto más modesto, surgió Dumbo (1941), película que permitió desarrollar nuevas formas de delicadeza sobre elusivos fondos de acuarela. En pleno cambio de milenio, el estudio también intentaba recuperar su buen rumbo y ese estado de incertidumbre hizo posible algo aún más inusual: que se diera luz verde a un proyecto que partía de la idea de un único animador, Chris Sanders. El resultado fue Lilo & Stitch (2002), miniatura hawaiano-extraterrestre que sigue siendo una de las propuestas más heterodoxas en la historia del estudio. Defender la llama de la autoría en el seno de los gigantes de la animación no debe de ser tarea fácil, pero Sanders, contra viento y marea, ha logrado dejar su impronta –que se nota hasta en el trazo- en todos los proyectos que ha impulsado, desde Los Croods (2013) hasta la saga iniciada por Cómo entrenar a tu dragón (2010), que ahora culmina, en forma de trilogía, con esta tercera entrega: Sanders figura solo en labores de producción, pero la continuidad de su estrecho colaborador Dean DeBlois en la dirección ha permitido dotar al conjunto de una coherencia y un sentido de la unidad del todo inusuales en este contexto.

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Las exportaciones de bienes españoles caen en volumen por primera vez desde 2009

Las cifras también se antojan menos optimistas cuando se compara con la evolución de otros países del entorno. Por primera vez desde 2006, las exportaciones españolas de mercancías se han comportado peor que la media europea, destaca en una nota el Club de Exportadores con datos de Eurostat. Si las españolas crecieron un 2,9% en 2018, las de la media de la zona euro avanzaron a tasas del 4,4% anual. A partir de 2007, las empresas españolas empezaron a volcarse con el exterior ante las primeras señales de contracción de la demanda interna. Desde entonces, la mejora ha sido prácticamente ininterrumpida. Pero la tendencia podría estar cambiando en un contexto de desaceleración generalizada en el exterior. 2018 se ha salvado. Pero no puede decirse lo mismo de este año: “Inquieta la evolución de cara al comienzo de 2019. La tendencia a finales de año ha empeorado claramente”, explica Antonio Bonet, presidente del Club de Exportadores.

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