El guardián de las películas olvidadas

Para Rick Prelinger (Washington D. C., 65 años), la capital del cine en los Estados Unidos no es Los Ángeles, sino Detroit. “Es allí donde se rodaron más metros de película, más que entre Hollywood y Nueva York sumadas. Era la región más industrializada del país y se crearon muchas empresas de cine corporativo, se convirtió en un polo de producción increíblemente activo. Es una historia que todavía tenemos que reconstruir”. A principios de los años ochenta, Prelinger empezó a coleccionar películas por las que nadie se interesaba aún. No solo aquellos viejos documentales corporativos de Detroit, sino una infinidad de películas publicitarias, propagandísticas, educativas, científicas y domésticas, desperdigadas por todo tipo de instituciones, empresas y hogares del país. A veces ni siquiera iba detrás de piezas terminadas sino de materiales en bruto, inutilizados, descartados. Llamó a aquel vasto y polimorfo conjunto Cine efímero, término paradójico si pensamos en la vocación de permanencia de cuanto ha sido filmado. “Es cierto que hay algo eterno en las películas, algo que vuelve con ellas cada vez que son mostradas. No obstante, los medios no son eternos, llega un momento en que decaen. Y hay muchas películas que tuvieron objetivos específicos y pasajeros, que hoy son interesantes sobre todo por lo que tienen de registro accidental”, reflexiona.

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Las autoras de literatura fantástica quieren contar su historia

Antes de que Zeus pariera a Atenea, con un crujido de su cráneo, su esposa Metis la llevó en su vientre. Pero, cuando un oráculo profetizó que el segundo de sus hijos, varón, destronaría a Zeus, este devoró a Metis. El día en que ella hubiera salido de cuentas, un terrible dolor de cabeza aquejó al dios. Y surgió Atenea, jabalina en mano. De este mito clásico se sirve Teresa López-Pellisa en el prólogo de Insólitas. Narradoras de lo fantástico en Latinoamérica y España (Páginas de Espuma, 2019) para trazar una metáfora entre el poco conocido crimen de género de Zeus y esta colección de relatos, que se acaba de publicar.

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“A partir de una edad, caminas entre el presente y el pasado”

“No sé quién me dijo que las últimas palabras de Paul Claudel habían sido estas: ‘Doctor… ¿usted cree que habrá sido el salchichón?’”. “Cuando yo era pequeño, detestaba el circo”. “Me acuerdo de Ángel Pavlovsky, un rey de la comedia, una noche de otoño, a la salida del Capitol: ‘El otro día un espectador se fue a media función pero volvió a entrar porque lo de afuera era peor’”. “La última frase, tan proustiana de John Hurt antes de caer abatido por una bala en Las puertas del cielo, de Michael Cimino: ‘Qué curioso, el año pasado, por estas fechas, yo estaba en París”. Recorre uno las entradas y las páginas de Una cierta edad (Anagrama), el dietario que acaba de publicar Marcos Ordóñez, en un feliz deambular entre variadísimos asuntos, personas (de Stendhal a Butch Cassidy pasando por Juan Cruz) y estados de ánimo.

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La Seguridad Social recurre la sentencia sobre Javier Reverte

La Seguridad Social ha interpuesto un recurso a la sentencia que dio la razón al escritor y periodista Javier Martínez Reverte (Madrid, 1944). Esta dictaminó que no es incompatible cobrar los beneficios de sus derechos de autor y la pensión de jubilación como trabajador retirado, en un gesto que se vivió como un gran alivio entre el nutrido grupo de autores retirados que fueron requeridos, en 2015, para devolver la pensión percibida durante varios años.

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Ficciones compartidas

Si coges un avión desde la T4 madrileña y te vas a Lisboa, tendrás que cambiar la hora, tendrás que retrasar una hora tu reloj. Es una hora ganada a la península ibérica. Es una hora inventada por el hombre. Imagino que a los portugueses les pasará lo mismo cuando vienen a nuestro país. Habrá algún pueblo en La Raya en donde en una calle sean las 4, y en la calle de enfrente sean las 5 de la tarde. Allí donde solo había campos, bosques, ríos, colinas, montañas, inventamos fronteras imaginarias. Porque las naciones se asientan en mitos románticos y en creencias fabulosas. Solo existen los árboles y los jabalíes y las piedras y la brisa y las aves.

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El linchamiento de Hipatia, una astrónoma genial

“Había una mujer en Alejandría”, así comienza uno de los escritos dedicados a Hipatia que han llegado hasta nosotros. Esas palabras, escritas por el historiador Sócrates de Constantinopla, la definen también como la mejor de todos los científicos de su tiempo. Fue astrónoma, matemática y una maestra excepcional. Era tan famosa en su tiempo que sus discípulos llegaban a Alejandría desde todos los puntos del mundo griego para escucharla y seguir sus enseñanzas. Y es que esas enseñanzas tenían un punto revolucionario. Mientras una gran parte de los científicos de su época creía que nuestro planeta era el centro del universo, la corriente científica que ella seguía defendía que el centro del cosmos era el Sol.

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Las mujeres apenas ocupan el 30% de los escaños en los parlamentos de Europa

Espacio realizado con la colaboración del
Observatorio Social de “la Caixa”.

     

Los techos de cristal en Europa tampoco son ajenos al ámbito político. Ese mismo sobre el que recae gran parte de la responsabilidad para regular este problema, frenar la desigualdad o promover medidas y políticas públicas que logren una equidad efectiva. Según datos publicado recientemente por Eurostat, apenas el 30% de los escaños de los parlamentos nacionales de la Unión Europea están ocupados por mujeres.  

En España, por su parte, sí que existe una mayor paridad a nivel de representación en el Parlamento, con un 39,5% de los asientos de ambas cámaras ocupados por mujeres. Esto es, casi diez puntos por encima de la media comunitaria y tercer mejor ratio de la UE, igualado con el de Bélgica.

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Según el portal estadístico, esta infrarrepresentación de las mujeres en los puestos parlamentarios de los distintos países de la UE ha mejorado en los últimos años, aunque de forma claramente insuficiente. Hace tres lustros, en 2003, la presencia de mujeres en las cámaras europeas ascendía al 21%, nueve puntos porcentuales menos que ahora.

Nuestro país, por su parte, también ha experimentado una mejora –menos pronunciada en términos porcentuales– de la presencia de representación femenina en el Congreso y el Senado. Hace algo más de una década, cuando Zapatero ganó sus segundas elecciones generales, las mujeres componían un tercio de las cámaras. En 2011, cuando Rajoy se hizo con la presidencia, el ratio bajó al 28%, mientras que ahora ellas son cuatro de cada diez en las Cortes.

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Por países, Suecia (46,7%), Finlandia (41,5%), Bélgica y España (39,5%) tienen el mayor porcentaje de mujeres ocupando escaños en sus parlamentos. En el lado contrario están Hungría (12,6%), Malta (14,5%) y Chipre (18,2%). 

Los datos de Eurostat, extraidos, también señalan que, a nivel gubernamental, el ejecutivo saliente de Pedro Sánchez sí que demuestra una paridad de género total en la composición de las carteras, con el 52% de las mismas ocupadas por mujeres. En Europa, de nuevo, existe un déficit importante, con apenas un 30% de mujeres en los Gobiernos nacionales.

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Desde la aprobación de la Ley de Igualad en 2007, en España es de obligado cumplimiento que las formaciones políticas presenten listas paritarias en los distintos procesos electorales que se celebran en el país. La actual composición de las cámaras, eso sí, está rozando el mínimo exigido por la normativa, que impone un ratio de 40/60 tanto para mujeres como para hombres.

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Esta situación se explica porque, si bien el actual ordenamiento señala estos porcentajes, no existe al mismo tiempo una imposición sobre qué puestos de las listas electorales deben ocupar hombres y mujeres. La única exigencia es que por cada tramo de cinco candidatos haya mínimo un 40% de representantes de cada sexo. De esta forma, y aunque los partidos políticos pueden cumplir la legislación, no tienen porque acogerse a la famosa ‘cremallera’. 

Así ocurrió, por ejemplo, en las elecciones de diciembre de 2015, durante la entrada de los nuevos partidos en las Cámaras. En aquellos comicios, el 78% de las cabezas de lista de Ciudadanos par a el Congreso era hombres, y cerca de 44% de sus candidaturas por región no tenían a ninguna mujer en los dos primeros puestos. Por su parte, el PSOE fue la única formación que aplicó una cremallera estricta en sus listas, que estuvieron encabezadas en un 53% de los casos por mujeres.

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El resto de diferencias de género se podrían explicar por los resultados electorales y, de forma bastante menos convincente, por el propio sistema electoral, tal y como hace la página web del Senado de España. Esto no explica, sin embargo, que los cuatro principales candidatos –seis si se toman más partidos– a la presidencia del gobierno para las próximas elecciones generales sean hombres.

from ctxt.es http://ctxt.es/es/20190306/Firmas/24857/ctxt-Observatorio-Social-La-Caixa-España-representacion-mujeres-feminismo-parlamento-politica.htm
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‘La pasión’, treinta años después

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Que traducir es escribir una obra de nuevo es una obviedad que no hace falta repetir. Tal vez no sea tan obvio que, una vez escrita en la nueva lengua, el traductor la revisa una y otra vez, y lo hace con tanto o más empeño que el autor para lograr en la traducción el mismo efecto del original, para afinar los matices y la voz de la obra y llegar a hacerla suya. Revisar quiere decir escuchar el texto potencial, reformular cada frase para encontrar el mejor ritmo: con cada borrador sucesivo, el texto se acerca a la forma ideal que habitará cuando la transformación sea completa. Cuanto más difícil sea un texto, cuantos más significados encierre su versión original, más a fondo tendrá que bucear el traductor para que las posibilidades del texto afloren y le dicten la palabra y el ritmo adecuados. Hay frases que parecen sencillas pero que obligan a oír todas sus posibilidades antes de darlas por buenas. Hay muchas frases que piden reformulaciones hasta encontrar su adecuación: pienso en Alice Munro, una autora cuyos cuentos se leen con facilidad, que parece que escriba a bote pronto, pero que sin duda revisa sus textos concienzudamente. Una frase tan sencilla, o al menos tan corta,  como “Someone knelt, and the blood came leaping out like banners”, me obligó a escribirla cinco veces cambiando el orden de las palabras, sopesando el significado de cada una en el contexto para llegar a una solución final que parece evidente: “Algú s’agenollava i la sang li brollava de la boca com serpentines” (“Alguien se arrodillaba y la sangre le brotaba de la boca como serpentinas”). O pienso también en una frase aún más corta, “I had the company”, la última frase a modo de epitafio de la autobiografía del poeta Robert Creeley, cuyo sentido está claro pero que me llevó a escribir 23 posibilidades (no exagero, eran variaciones de este tipo: “Sempre he tingut companyia”, “La meva vida ha estat acompanyada”, “Hi havia la companyia”, “Tenia companyia”, “He viscut en companyia”, “He tingut companyia”…) hasta decidirme por “No m’ha faltat companyia”.

Traducir es una manera de leer, una manera lenta, seguramente la más lenta posible, de leer lo que traducimos con mirada crítica, de profundizar en la lectura del original y leer y releer la versión que hacemos para dar con el ritmo perfecto y encontrar los significados ocultos. Es esta profundización del texto traducido, esta sensación de dar nueva vida a un texto para integrarlo en su nuevo sistema literario lo que alimenta la pasión del traductor. Enfrentarse a la traducción impresa después de dos, tres o cuatro revisiones del texto, es el momento sublime en que el oficio puede convertirse en arte. Hay libros que me emocionan como lectora y otros que me desafían como traductora, pero, cuando dedico el tiempo necesario a traducir y revisar un libro, siempre hay algo que me intriga y me hace sentir la satisfacción de dar nueva vida a un texto, de proporcionarle una nueva lengua y una nueva tradición donde habitar.

No es raro recibir el encargo de retraducir una obra (normalmente clásica) que alguien tradujo años atrás. Hace cinco o seis años tuve la suerte de escribir en catalán Mrs Dalloway, que había sido traducida en el año 1930 por Cèsar August Jordana, una obra fascinante que me hizo ver la importancia de ser lo bastante transparente en una traducción para mantener al lector en estado de alerta y tensión. El libro me obligó a establecer un diálogo con el texto –un diálogo en el que participaron varias versiones de la obra en francés, italiano y español– que me impulsó a traducir la escritura y no sólo el texto. Aunque consulté en algún momento la versión de Jordana, no me atreví a leerla antes de empezarla. Sólo al final, cuando ya estaba embebida en la obra y no temía dejarme llevar por su música, decidí leer la versión anterior para reconocer sus aciertos y los estragos que habían causado en ella los casi cien años transcurridos. Contar con algunas críticas de la traducción antigua me llevó a profundizar en aspectos de la mía. Traducir a Virginia Woolf, captar el sentido y el ritmo de sus palabras para repetirlas en otra lengua, provoca una sensación de desamparo: tienes delante la vida, con las incongruencias de la realidad, pero revestida de una belleza incomparable. El desamparo ante un libro tan brillante va acompañado del asombro ante la capacidad del lenguaje de producir tan alta literatura. Si en un libro digamos normal el número de veces que reviso el texto, en definitiva el número de versiones, es de cuatro o cinco, en el caso de La senyora Dalloway llegué hasta nueve. Sólo revisitando una frase una y otra vez podía dejar de repetir la pauta mental que me llevaba a soluciones ya pensadas y rechazadas y abrir la puerta a una nueva serie de posibilidades. Ha sido la experiencia literaria de traducción más apasionante e iluminadora de mi carrera.

Es más raro –y no hay duda de que tener un buen número de años de dedicación lo propicia– que te encarguen una nueva traducción de una obra que ya tradujiste treinta años atrás. La obra es The Passion, de Jeanette Winterson, una de las primeras novelas que traduje apenas un año después de que se publicara el original (1987). Cuando recibí el encargo, pensé que sería fácil revisar la anterior, corregir algunos errores que pudiera haber y darle, por decirlo así, una nueva juventud, pero en el fondo me estimulaba volver a enfrentarme a un texto que tiene mucha sustancia (y mucha vida, diría) para ver cómo lo leía tantos años después. Es evidente que el momento y las circunstancias en que hacemos una traducción tienen incidencia en el resultado y me intrigaba descubrir cómo sería mi intervención en un mismo texto. Sin duda la traducción antigua decía lo mismo, o “casi lo mismo”, que el original; puede decirse que era una traducción correcta, pero al rehacerla sopesé mucho más cada palabra para reconocer la importancia que tenía dentro del texto y captar mejor el sentido general de la obra. En cuanto a la lengua, pude constatar cómo ha cambiado el catalán literario en estas décadas –en los años ochenta del siglo pasado, después de años de ser un idioma más familiar que de estudio, el catalán escrito quedaba un poco alejado del hablado, no había alcanzado el grado de naturalidad actual– y, desde luego, cuánto he aprendido personalmente, algo que en cierto modo compensa el disgusto de envejecer. Desde luego hay una diferencia entre traducir una obra justo cuando sale en el idioma original o hacerlo años después, cuando ya has leído varias obras de la autora y tienes más consciencia de su importancia dentro de la literatura de la lengua original, en este caso la inglesa. Pero creo que la diferencia principal entre la primera versión publicada y esta última a punto de ser publicada es la importancia que he aprendido a dar al proceso de revisión y a la necesidad de revisitar una y otra vez cada una de las frases para conseguir que una traducción pueda ser considerada una obra literaria y entrar a formar parte de una tradición propia.

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Dolors Udina es traductora y profesora asociada de traducción de la Facultad de Traducción e Interpretación de la UAB desde 1998. Ha traducido a una gran cantidad de escritores ingleses y norteamericanos, entre los cuales Jean Rhys, Alice Munro, J.M. Coetzee, Toni Morrison y Virginia Woolf. A veces escribe sobre traducción, la disciplina que más le apasiona y a través de la que ve el mundo. 

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Instinto y acción

¡Hola! El proceso al procés arranca en el Supremo y CTXT tira la casa through the window. El relator Guillem Martínez se desplaza tres meses a vivir a Madrid. ¿Nos ayudas a sufragar sus largas y merecidas noches de fiesta? Pincha ahí: agora.ctxt.es/donaciones

LA POLICÍA EN EL ARTE.Ramón es un genio. Y, en tanto que tal, un niño. Por lo que se me come cualquier cosa rebozada. Anoche, a falta de croquetas, le freí, debidamente rebozado, un florero. Coló. Hoy, renovados de proteínas, atravesamos el Madrid gélido rumbo al TS, que testifican todas las policías, salvo la Montada del Canadá. Por el camino, Ramón, sentado en el trineo de huskies siberianos que guío, me lee en voz alta fragmentos de Viva mi dueño: “La policía es instinto. Ni tesis filosófica, ni fórmula matemática, ni tropo retórico. Instinto y acción. ¡Atributos viriles! ¡Pelotas!”. Hoy, vamos, será un día de instinto y acción, que es el pensamiento profundo de la policía, aquí y en Lima. Llevamos, más o menos, toda la semana así. Con el Estado/GC/PN explicando su instinto y acción emitidos durante el 20-S y el 1-O. Una juerga.

LECTURA. REALIDAD. ESOS DÍAS. La sesión del día del TS empieza con el ya habitual cóctel de gambas, al que siguen las declaraciones de Sebastián Trapote y Ángel Gozalo. Las declaraciones vertidas tienden a enhebrarse en la lógica fundada, hace un par de días, por Pérez de los Cobos y Nieto. Esta semana, de hecho, el Estado está explicando su lectura de los hechos. Es una lectura que se organiza, si se unen todos los puntos expuestos, en torno al pack rebeldía-sedición. A saber: se establece un grupo criminal, un cuerpo de policía rebelde, una jerarquía, unas asociaciones necesarias, y una organización vertical capaz de transmitir órdenes, que culmina en violencia organizada en los días 20-S y 1-O. La violencia, a su vez, se describe de una manera endeble, pero contemporánea. Vamos, que da risa, pero puede llegar a ser, glups, un hecho efectivo. La violencia es, de esta manera, cualquier intento, incluso pacífico, incluso no pacífico, de impedir una actuación policial. No implica a las policías, que, sic, “siempre hacen un uso congruente, racional y proporcionado de la fuerza”, incluso, se supone, cuando no es así. Las defensas, por su parte, tienden a intensificar la violencia policial, los excesos. El abogado Xavier Melero tiende, a su vez, a hacer hincapié en el hecho de que las policías –todas– no siguieron las instrucciones recibidas, que sus actuaciones y planes estuvieron diseñados con lo que en Westpoint denominamos culo. Porque los planes carecían de lógica y no podían satisfacer ninguna instrucción jurídica. Y porque el resultado, en términos de violencia, no supera, a los de cualquier altercado en cualquier manifestación. No hay chicha, cuando PN/GC responden a esos itinerarios de Melero, para una rebelión apañada, o una sedición campeona o finalista en el concurso Miss Sedición. 

EL MELERISMO. Tras la movida de 1934, los presos salieron un par de años después. Gracias al empeño político de personas que no habían participado de aquellos hechos y que no simpatizaban con ellos. Melero es, en parte, un fenómeno parecido. O, al menos, y en otra escala, está aportando la mejor defensa a su defendido y, por extensión, al resto de acusados, y todo desde una lógica no procesista. Abogado nacido no abogado en la Esquerra de l’Eixample, un barrio, entonces, de clase media justita/apañada, estudió Historia y Derecho. Para ello tuvo que trabajar. Uno de sus trabajos fue funcionario de prisiones. Compaginó la docencia con el ejercicio del derecho, pasó por varios bufetes y se estableció, junto a Judith Gené, en Molero&Gené, abogados, con despacho en BCN y MAD. Pertenece, generacional y culturalmente, a un socialismo tranquilo que durante tres décadas fue el contrapunto al pujolismo. Un estado de ánimo relajado frente al esencialismo y al casticismo, y un carácter lúdico frente a la vida. “Tiene la sensibilidad solucionada”, me dice el fantasma de Pla, que de pronto, zas, se me aparece. Injustamente, para el 48% de la sociedad, esto es, tras el tsunami propagandístico de los últimos años, esos perfiles son interpretados como derechismo y españolismo. Lo que tiene guasa. Practica el boxeo, con sus amigotes, en un gimnasio I+D de BCN. Asistió a las primeras cenas gamberras que luego dieron pie a C’s, esa cosa tan poco gamberra. “Desaparecí rápido. Eran unas cenas aburridas. Bueno, Felix de Azúa, no”. Melero está ubicado, en todo caso, en las antípodas del procesismo, por carácter y cultura política, diría. O, incluso, por cierto vitalismo que insensibiliza ante la propaganda: “Tengo un amigo que tuvo responsabilidades políticas. Me decía que cada mañana iba al trabajo, y se creía todo eso del procés. Cuando, agotado, volvía a casa por la noche, se preguntaba fríamente cómo podía habérselo creído”. Fue el abogado de Artur Mas cuando su juicio por el 9-N. Me sorprendió que aquella defensa no fuera épica, sino que venía a explicar lo ocurrido/el procés en términos ajustados. Es decir, como un movimiento sin anhelos políticos y jurídicos. Me sorprendió, también, que eso no apareciera en la prensa. Hoy he quedado con él para comer, modalidad plis-plas. Hablamos del juicio. Le expongo que este juicio no supondrá una restitución de la verdad –concepto restitución de la verdad: un Govern mintió, lo que no es propiamente un delito, y no hizo un golpe de Estado, lo que es un delito; me preocupa, en ese sentido, la no percepción de lo ocurrido, ni en Cat ni en Esp, y el drama social que puede suponer eso en Cat, donde se vive una realidad muy sentimental, es decir, estrecha, algo dramático en países pequeños, que no pueden asumir más reducciones, o desaparecen–. “El juicio no restablecerá la verdad, pero espero que restablezca una verdad lo suficientemente válida para garantizar la convivencia durante 25 años”, contesta.

ORACIÓN Y CIERRE. La jornada finaliza con el testimonio de un mosso. Expresa otro instinto y acción. El de los Mossos. Explica una reunión –Puigde, Junqueras, Forn–, antes del 1-O, en la que hizo un dibujo de lo que ocurriría. El dibujo también fue subestimado por unos políticos que no podían dar marcha atrás, pues no había nada adelante, tan solo la sospecha de que todo acabaría en desobediencia. Tenían otro instinto y acción: seguir vivos en la política. Mañana más. “¿Qué cenamos, Martínez?”. ¿Ve ese florero Ming que hay en el recibidor del TS? “Lo veo”. Cójalo. 

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