Europa busca reconciliarse con su violento pasado del siglo XX

¿Qué tienen en común los restos de fusilados tras la Guerra Civil exhumados hace unos años en el cementerio de Guadalajara con las fosas de guerrilleros anticomunistas de los años cuarenta en el camposanto militar de Powazki, en Varsovia, y con las de las víctimas civiles de la masacre de Srebrenica, en Bosnia, en los noventa? Que, cuando un país se tiene que enfrentar a la memoria de un pasado violento, resulta inevitable afrontar la espinosa decisión de qué hacer con las fosas comunes, probablemente su recordatorio más tangible. “Incluso no hacer nada es ya una decisión”, explica de forma casi aforística el antropólogo del del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Francisco Ferrándiz, que acaba de escribir, junto a la profesora de la Universidad de Warwick (Reino Unido) Marije Hristova, un artículo sobre cómo se afronta esa conflictiva memoria en los tres países. Esto es, entre los enconados debates públicos en torno la huella franquista en España, la instrumentalización institucional de la resistencia anticomunista en Polonia y las heridas que todavía supuran en Bosnia por más que se le apliquen recetas de justicia internacional y derechos humanos.

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Las otras transiciones de la Transición

“Mi vida comenzó a ser una vida moderna, pero muy bonita”, declaraba Josette, mujer transexual que en el Madrid de los ochenta actuaba en salas de fiestas como Centauros, Sacha’s, Gay Club y Minotauro, en un momento del documental Vestida de azul (1983) de Antonio Giménez Rico, perla anómala en el cine de la Transición que, frente a la inercia de los chascarrillos tránsfobos y homófobos que proliferaban en las comedias de la época, marcó la diferencia dando voz a un colectivo silenciado y maltratado. La película de Giménez Rico centra el ensayo Vestidas de azul. Análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la Transición española (Dos Bigotes), donde la periodista Valeria Vegas no solo se sumerge en la excepcionalidad de esa obra cinematográfica de imponente valor testimonial, sino que la utiliza como punto de partida para rastrear los destinos de las seis mujeres trans que la protagonizaron y, también, analizar el contexto legal, social y cultural que condicionaba las existencias y reivindicaciones del colectivo en esos años.

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La era del linchamiento

En otros tiempos, había cierta épica en los intentos de regular lo que podíamos leer, ver, escuchar. Los procesos contra El amante de Lady Chatterley, Ulises o —permítanme una referencia generacional— la revista Oz seguían un guion estimulante: fiscales cenutrios contra expertos cultos y elocuentes, con finales reconfortantes en primera o segunda instancia.

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Ricky Gervais dice lo que quiere. Pese a quien pese

De estrella y revolucionario de la televisión a principios de este siglo con The Office a fichaje millonario en Netflix. Entre medias, series y películas de mayor o menor calado, varias polémicas en los Globos de Oro y un paso por Twitter arrollador entre acérrimos seguidores y personas que le odian. El británico Ricky Gervais, de 57 años, sabe que tiene su público, el que entiende que ser un provocador forma parte de su oficio de cómico. Y también sabe que hay una multitud que no comprende por qué tiene que decir las cosas que dice y cómo las dice cuando él solo pretende ser honesto. Pero le da igual. Él siempre sigue con lo suyo.

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Agentes

Probablemente, uno de los síntomas más civilizados de una sociedad, o de un gremio, es su capacidad de reírse de sí mismo. Con la serie francesa Call My Agent comprobamos que los actores y actrices franceses son muy civilizados. Una primera temporada de seis capítulos (Cosmo) permite comprender una parte habitualmente desconocida de la industria cinematográfica: los representantes o, como se llamó originalmente la serie, “diez por ciento”, y siempre con un tono de humor, aunque sin acritud.

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El reto hercúleo de frenar al desierto

El avance del desierto es silencioso. Sin apenas testigos, la erosión del suelo en España se come cada año más cultivos y bosques. En las zonas más castigadas, la población huye del campo a la ciudad en busca de futuro y oportunidades. Sin embargo, en uno de los extremos más áridos de Europa —el sudeste interior que comparten Almería, Granada y Murcia— ha surgido un movimiento para revertir esta creciente devastación de la biodiversidad. El territorio es inmenso y abarca un millón de hectáreas [como Asturias] repartidas en cinco comarcas.

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Acerca del criticado Thomas Lemar

Ahora que Simeone ha renovado, que su compromiso sigue intacto y que, más allá de los resultados, haya quien sigue echando espumarajos por la boca porque sus famosos huevos – con perdón–, son los que señalan el camino, los fiscales han desviado el tiro. Hubo regodeo – lógico– con el KO copero, pero la alegría no duró demasiado cuando Diego Costa volvió a los entrenamientos. Hubo quien se frotó las manos – normal– cuando el Atleti cayó en casa ante el Madrid, pero con el paso de los días y las jornadas, la anécdota no se elevó a categoría y el segundo puesto vuelve a ser colchonero. Y hubo quien menospreció al Atleti – como siempre–, diciendo que no estaba a la altura de la Juve y que Don Imprescindible y compañía iban a triturar a los chicos de Simeone, un tiro que salió por la culata en la ida, y que espera a la vuelta – aún no está dicha la última palabra. Así que ahora que la enfermería se despeja, ahora que Morata ha caído de pie en Chololandia, que Lucas parece que pronto podrá volver, que el Atleti recupera la pelota parada y que el equipo está en una forma física aceptable, ahora que el Atleti carbura, el francotirador de turno se gira sobre los fichajes. Y el nombre propio, el señalado habitual, el sospechoso haga lo que haga, el tipo que ocupa el primer lugar en la lista negra del personal es Thomas Lemar. No hay día en que los que no quieren al Atleti no le fusilen al amanecer tras cada partido y no hay choque en el que no salga a la palestra algún atlético descontento con su rendimiento. Nada nuevo bajo el sol. Era de esperar.

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Al grano. En primer lugar, conviene juzgar deportivamente al francés teniendo claras varias premisas que, por alguna razón ignota, se ignoran, bien por desconocimiento, bien por desinterés: Lemar no sólo llegó al Atleti como un fichaje deportivo, sino también como parte de una estrategia político-económica para diseñar una campaña en la que la gran estrella del equipo no sólo pedía dinero – que lo pidió, porque Antoine no cobra en Sugus de piña, como Cristiano, Coutinho, Jesé o Vinicius– , sino también proyecto. Y Lemar, pieza clave en su club, estrella en su campeonato y campeón del mundo, era una pieza cotizadísima en el mercado. Alguien que tenía la confianza de Antoine, dentro y fuera del campo. Alguien para aumentar la zona de confort del crack del Atleti. Un jugador por el que al Barcelona le pidieron 100 “kilos”, sin anestesia, y que llegó al Atleti previo acuerdo con su club, bajo condiciones económicas que todos los medios dicen conocer pero ninguno consigue publicar, mire usted. ¿Cuánto costó realmente Lemar? ¿Tiene algo que ver con lo que nos dicen los medios o su fichaje depende de otras variables que nunca llegaremos a conocer? Por simple experiencia, quien esto escribe está más cerca de lo segundo que de lo primero. Pregunten por Carrasco y después, hagan memoria con Nico Gaitán. Y luego, culpen al chico de lo que no es su negociado. Lemar no tiene la culpa de lo que se pagó por él, ni de en qué condiciones llegó. Eso, en otra ventanilla.

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Ahora, vayamos con lo que depende de Thomas Lemar. En el caso del “camarón de Guadalupe”, se trata de un jugador talentoso, liviano, asociativo, que carbura en equipos con mucha posesión y que funciona a fogonazos cuando el estilo de su equipo se basa más en el robo que en la tenencia. Es decir, en el modelo de Simeone, Lemar es un jugador contracultural, alguien que está buscando su rol en el equipo, alguien que está afrontando el enorme desafío de brillar en un equipo donde un jugador de sus características parece condenado a brillar mucho menos. Es fácil ser una estrella en el Mónaco, donde el talento está por encima del trabajo, pero es más complicado triunfar en un equipo como el Atleti, un grande de Europa que no espera a nadie, un equipo que tiene una competencia interna feroz, que lleva ocho años jugando a lo mismo y en el que, quien no trabaja, no juega. Lemar está tratando de sacar la cabeza emparedado entre Koke, Correa y Vitolo, otros tres jugadores de un potencial enorme, de distintas características, a los que unas veces supera y otras, no. Hay quien, apoyado en el presunto alto precio de su fichaje, considera que Lemar está defraudando, porque las expectativas que había generado son altísimas y su rendimiento está por debajo de toda esa púrpura. Es posible. Y hay quien, después de la exhibición monumental de este chico en la Supercopa de Europa, esperaba que el jugador alcanzase esa regularidad en todos los partidos. Error. Lemar es un jugador fantástico, pero un talento discontinuo. Un jugador que vive de la conducción, del regate, de la asociación y del disparo. Alguien que no está habituado a pelear en cada balón dividido, a potenciar al equipo, a tirar coberturas al compañero, a esprintar por una pelota imposible cada dos minutos. Es alguien forjado en la cultura del talento, no en la ética del trabajo. Que Lemar hubiese encajado como un guante en el Atleti habría sido un milagro. Y eso, en fútbol, no existe. Todo jugador necesita un proceso de adaptación, un rol pleno de continuidad, un estatus en el vestuario y sobre todo, lo más importante, necesita sentirse importante. Hasta ahora, Lemar es un cuerpo extraño en un equipo programado para cualquier guerra. Es un violinista en mitad de un ejército de percusionistas. Como en su día lo fue Antoine, por cierto.

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Quien quiera seguir criticando a Lemar por su precio, que gire el cuello al palco. Quien quiera creer que no es válido para el equipo, que mire al banquillo. Quien dude de su calidad, que piense cómo es posible que el Barça estuviese negociando su fichaje hasta el último día. Y quien dude del gran esfuerzo que está haciendo por encajar en un equipo que juega a algo que a él le cuesta un mundo que imagine qué se siente siendo un velocista al que le piden que empiece a correr maratones. Es posible que Thomas Lemar no triunfe en el Atleti, desde luego. Lo que nadie puede negarle es que trabaja como una bestia en los entrenamientos, que se mata a correr en los partidos, que no deja de intentarlo, que jamás ha tenido una mala palabra hacia nadie y que respeta el código del vestuario. Lemar quiere, sabe y puede dar más. Sin duda, él es su mayor crítico. Eso sí, lo que está intentando exige y merece respeto: ser una estrella con alma de gregario. Mejor por dentro que por fuera, letal en el regate y sobresaliente en la conducción, Lemar está haciendo todo lo que le pide Simeone. Y cuando uno dice todo, es todo. Hasta lo que no le gusta. Tendrá más o menos acierto, pero no hay jugada, partido o semana en la que no intente integrarse para sacrificarse por el bien del equipo. Habrá quien siga criticando a Lemar y se sienta defraudado por lo que le está dando al Atleti, pero quien esto escribe sólo tiene palabras de agradecimiento hacia su trabajo: desde el primer día, ha puesto su talento al servicio del equipo y siempre se ha preguntado qué puede hacer él por el Atleti y no qué puede hacer el Atleti por él. Simeone no le pone por gusto, ni por decreto, ni por capricho. Confía en él, sabe qué le puede dar a su equipo y sabe que, con confianza, cuando llegue la hora de la verdad, es un jugador que puede marcar la diferencia. El Cholo no se casa con nadie. Y cuando pone a Lemar es por algo muy sencillo: está dando lo mejor que tiene. Con eso, basta y sobra.

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Sobre la igualdad

¡Hola! El proceso al Procès arranca en el Supremo y CTXT tira la casa through the window. El relator Guillem Martínez se desplaza tres meses a vivir a Madrid. ¿Nos ayudas a sufragar sus largas y merecidas noches de fiesta? Pincha ahí: agora.ctxt.es/donaciones

Sin duda hay pocas aventuras tan largas, misteriosas e infructuosas como la de la búsqueda del Paso del Noroeste. Empezó muy pronto. Tras los primeros pactos papales al respecto, las potencias comerciales europeas –Inglaterra, Holanda– se quedaron sin ninguna ruta, propia y segura, para poder acceder a Oriente. Era preciso encontrar un paso, que bordeara América, y que no estuviera en manos españolas. Lo lógico era situar ese paso al norte de Canadá. Ya desde finales del siglo XV empezaron las expediciones inglesas, como la de John Cabot, un fracaso. Le siguieron las de Martin Frobisher y Willem Barents. Todas acababan igual. Iniciaban el viaje en verano, pero al poco comenzaba el frío, el mar se congelaba y los barcos quedaban atrapados en el hielo. En el siglo XVI, un español, Lorenzo Ferrer de Maldonado, afirmó haber encontrado el paso, pero tras dar razones y parámetros se consideró que mentía. A principios del XIX el Gobierno Británico ofreció una recompensa de 20.000 libras a quien diera con el paso. John Franklin aceptó el reto. Murió, con el resto de su tripulación, congelado, en un barco envuelto en olas petrificadas de hielo. Se sucedieron los intentos hasta el siglo XX, todos infructuosos. Tan tarde como en 1906, Roald Amundsen consigue cruzar el temido y legendario Paso del Noroeste. Lo hace en un pequeño barco velero, en el momento justo, ni antes ni después, evitando la muerte. El viaje sirvió para constatar que nunca jamás un barco comercial podría cruzar aquellas aguas. Se cerraba y se sellaba un sueño imposible. Y se hacía con un éxito, que era en cierta medida un fracaso.

Pero, de pronto, en 1969, un petrolero gigantesco, el SS Manhattan, atravesó el paso del Noroeste. Iba precedido por otro barco, a escasos metros. El CCGS John A. McDonald. Un barco rompehielos, que le abrió el camino. Tras casi cinco siglos de exploraciones, todo el mundo pensaba que el Paso del Noroeste era una ruta, un espacio, un recorrido. Y no, no era nada de todo eso. Era una máquina. Un rompehielos.

Casi todas las cosas que no se cumplen, es que eran otra cosa. Casi todas las búsquedas infructuosas parten de un error, o necesitan, para verse cumplidas, de algo inimaginable, que aún no existe. Desde hace tres siglos apostamos por cambiar el Estado, por ejemplo. Pensábamos que ahí transcurría la democracia, la igualdad. Pero todas nuestras aventuras y búsquedas han finalizado atrapados en olas de hielo, o llegando a la meta en barcos tan pequeños que son anecdóticos. Es posible que la democracia, la igualdad, sea otra cosa y transcurra en otro sitio. No sé. Dentro de tus zapatos. Los zapatos, a su vez, son una suerte de máquina, como el rompehielos.

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Lo han politizado

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Es definitivo: algunas han decidido politizar el feminismo. Qué lástima. Las cosas bonitas e inocentes, como el deporte o las mujeres, nunca deberían ser politizadas. ¿Qué necesidad había? El feminismo se ha vuelto loco, viendo machismo por todos lados. Qué pena. Están siendo manipuladas para atacar a los hombres. Son como los nazis. Hubo otro tiempo, yo lo recuerdo, en el que –eso sí era feminismo sano- las mujeres protestaban cuando eran asesinadas. Aquellas quejas frente a los ayuntamientos, hechas con moderación y de forma discreta, estaban bien. Un minuto de silencio de vez en cuando no hacía daño. Pero lo de ahora… Esto es ensordecedor. El viernes 8 de marzo, millones de mujeres dejaron de ir a trabajar por segundo año consecutivo, dejaron de cuidar sus casas, sus niños y sus enfermos, ¿para qué? Para irse a la calle a pegar gritos –la que montaron– sin motivos de peso, como antiguamente el de ser asesinadas. Si esto no es sacar las cosas de quicio y politizar, que baje Dios –hombre todopoderoso– y lo vea. Además, ¿qué quieren? Es que ni ellas mismas lo saben. Unas, que si no sé qué de poder andar por la calle, como si no hubiera aceras para ellas; otras, que si las violaciones, cuando es al revés: una tía se inventa que la has violado y vas a la cárcel cuarenta años sin pruebas ni nada; otras, que si sus maridos no saben encender la vitrocerámica, pobres hombres lo que tendrán que aguantar; otras, que ni siquiera tienen vitro porque son migrantes pobres y que las migrantes blablablá; otras, que si cobran menos que sus compañeros hombres, que eso es un bulo que se han terminado creyendo. Un sindiós, vamos. Les encanta mezclarlo todo. Y tan mal no estarán. Sólo había que verlas en las fotos del viernes, tan monísimas todas, todas pintadísimas de morado, color nada casual. Claro: esto lo organiza Pablo Iglesias. Publicidad subliminal se llama, pero ellas no se dan cuenta de lo manipuladas que están por gente como Pablo o Pedro. Además, ¡si es que están súper protegidas! Que vayan a quejarse a otros países, donde a las mujeres no se las deja conducir. Las de aquí se quejan por puro vicio. Están histéricas y odian a los hombres. Y el problema es que cada vez son más.

Si has conseguido leer hasta este punto sin tirar el ordenador, la tablet o el móvil contra la pared, por la ventana o al váter, te lo agradezco. Así me da tiempo a explicar que lo anterior era una caricatura. O no tanto. Una caricatura provoca risas sin más y el discurso anterior, además de risas por lo ridículo, también provoca algo de incomodidad, de rabia, de miedo. Toda esa selección anterior de gilipolleces es, lo parezca o no, el cuerpo teórico que combate con cierto éxito la lucha por la igualdad real. Lo hace con armas muy, muy poderosas y efectivas como la ignorancia, la pereza o la resistencia al cambio. La ignorancia de no ver, que vive de la pereza de no querer esforzarse en entender, que a su vez vive de la resistencia a que las mujeres marquen el ritmo de la conquista de sus propios derechos. Cuando, a día de hoy, algunos siguen equiparando en sus discursos feminismo y machismo, no es que no entiendan el concepto “feminismo”: el concepto que no entienden es “igualdad”. Ahí está la trampa. Y enseñarles la definición de la RAE un millón de veces no servirá de nada.

El primer párrafo de esta carta –por el que pido perdón si tiraste la tablet al váter (mira en el cajón donde guardas los papeles, que seguro que todavía está en garantía) – es también el motivo por el que existen medios como CTXT, que tú apoyas y financias económicamente. Al final del día, lo que queda, cuando acabamos de trabajar, es haber intentado enfrentar como buenamente podemos la ignorancia y la trampa. Es por esa cosa tan básica por lo que tú nos das tu apoyo en el fondo del fondo. Desde los medios que entendemos la prensa como un bien común, tenemos la obligación de colocar en el centro de nuestro trabajo la que consideramos es la lucha más necesaria y beneficiosa de la historia, la que afecta a la mitad de la población. Y defenderla. Y combatir las trampas y las ignorancias que se lancen sobre este avance social. En CTXT, como dirían algunos, también estamos politizados. Pues claro, ¿no te jode? El viernes, CTXT se quedó cojo, con las mujeres que lo hacen parando por la huelga y manifestándose en la calle. Y con los hombres, también politizados, surfeando marrones y acompañándolas.

Como creemos que el feminismo es básico y urgente, intentamos aplicarnos el cuento siendo autocríticos y honestos con el propio medio. El 8M del año pasado nos marcamos un objetivo: que los textos publicados en CTXT fueran paritarios, la mitad firmados por mujeres, la mitad por hombres. No lo hemos conseguido. Y estamos aún lejos de hacerlo. Aproximadamente, el 70% de los textos publicados en CTXT a día de hoy son de hombres y sólo el 30% de mujeres. Tenemos brecha, aunque no es salarial. La mayoría de propuestas de publicación que nos llegan a la redacción son de hombres, especialmente artículos de opinión. Cuando buscamos una persona experta en cierto asunto, sucede de nuevo que nos encontramos con mayor número de hombres disponibles que de mujeres. Si, de entre todas las posibilidades, se le pregunta a una mujer, pasa que, en muchas ocasiones, esta no dispone por motivos que tienen que ver con el problema del que hablamos, del tiempo suficiente para realizar el encargo. A pesar de habernos marcado el objetivo, de momento, el problema estructural se cuela y se refleja también en CTXT.

En otros ámbitos sí estamos logrando mejoras. En las firmas fijas, las colaboraciones semanales habituales del medio, sí estamos en parámetros normales y sanos: mitad y mitad. En el Consejo de Administración de CTXT hay 5 hombres y 4 mujeres, y el Consejo Editorial está formado por 20 personas: 11 hombres y 9 mujeres. Paridad técnica con ligera inclinación hacia los hombres. En el día a día de la redacción física trabajan 4 mujeres y 2 hombres. La dirección de CTXT está formada por 2 mujeres y 1 hombre. Seguiremos intentando corregir el problema estructural exterior para mejorar estos datos internos. Mientras tanto, mientras el feminismo en general y CTXT en particular avanzan el terreno necesario, gracias por seguir ahí empujando con tu suscripción. Gracias por apoyar este servicio público, por ser parte de la reivindicación feminista también desde el frente de los medios de comunicación. Y por último, disculpad que haya sido yo y no una mujer quien os haya contado todo esto en la carta posterior al 8M. Pero es que mis compañeras estaban de huelga. Las muy politizadas. Feliz lucha diaria.

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