“Vivimos una trivialización de la cultura”

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“Hay un precio que se paga con la música, que es la incertidumbre. Con otros estudios hay previsiones más realistas, pero el arte es como la lotería; a ver si me toca…”. Como con un premiado en la lotería nacional, se puede ir tranquilamente con el hombre que habla, encaminándonos a una plaza arbolada del Madrid de los Austrias, sin que nadie sospeche de su fortuna (claro que el hombre que habla tampoco saldría a la calle a bailarlo con champán). Pero bien es cierto que esa lotería, como tantas, suele tener un truco mucho más lógico: se trata de hacerse con los mayores números posibles, con ganárselos a pulso. 

Alfredo García es madrileño, es joven (hoy, día cualquiera de junio, cumple años, aunque no nos va a decir cuántos, que cada quien es dueño de su propio enigma); gasta risa fácil, trato cálido, y también una melena negra, furiosa, como de director de orquesta, o cantante de ópera. Y resulta que sí, que es cantante, o cantor, de ésa y de otras variables clásicas. Alfredo García es barítono, uno de los cantantes líricos españoles de mayor proyección en nuestros días. Su currículum, que vamos a omitir por meras cuestiones de espacio –consúltese aquí–, lo ilustra mejor que cualquier ditirambo. Baste decir que viene, hace apenas un mes, de cantar en México junto a Plácido Domingo, en un encuentro internacional de zarzuela, que el compositor Tomás Marco le dedicó un Tenorio operístico para su interpretación, y que acaba de editar un álbum con material de Manuel de Falla, grabado en Nueva York con una orquesta de allí mismo, “con solistas extraordinarios, y unos musicazos”. 

“Me ha gustado mucho”, dice, “esa sensación de que Falla sea tan internacional; ir a Nueva York y plantarlo allí”. Otro hito ilusionante: haber montado El barberillo de Lavapiés en Viena, “la primera obra clásica hecha íntegramente en español allí. Fue un privilegio que me eligieran para eso”. Ya conocía Viena, Alfredo García, porque consiguió entrar en su Hochschule tras formarse en la Escuela Superior de Canto de Madrid. Siempre soñó con ser músico, pero sólo “a los veintipocos” se dio cuenta, y se lo confirmaron, de que podía convertirse en cantante profesional: “aquello me pareció milagroso”. Pero el milagro (la “lotería”), tenía detrás horas y horas de entrega, de compromiso, de afinación del talento. Como reza el proverbio chino: Reza, pero no dejes de remar a la otra orilla.  

“Yo creo que los seres humanos estamos hechos para muchas cosas, somos muy flexibles. A mí me interesaban mucho también la literatura y la astrofísica…  Pero nunca imaginé, nunca, que iba a cantar con los solistas con los que he cantado, en los lugares en que he cantado. Es cierto que siempre fui muy trabajador y muy perfeccionista; en mi familia somos todos así. Es difícil que yo dé algo por cerrado. Siempre pienso que se puede hacer mejor”. 

Es lo que diferencia a muchos artistas a la postre, ¿verdad?; están los que se conforman antes y los que se conforman después. 

Es una buena reflexión. Creo que en el trabajo de cualquiera tiene que haber un punto de conciencia sobre lo que haces. También creo que hay que vivirlo tranquilamente, sin angustia. Porque en la persecución del buen trabajo está el placer. Es una parte muy bonita de la profesión. La enseñanza, el camino que te lleva a formarte, tiene que tener un punto de ilusión; un punto de fe en lo que haces; otro de placer… Es verdad que uno sufre cuando las cosas no salen bien. Pero con todos estos elementos, si los profesores te ayudan a abonar eso, el resultado es maravilloso. 

Si se dedicara a otra disciplina artística, con ese historial, seguramente le pararían para hacerse fotos por la calle. ¿Qué sucede con la música clásica, por qué esa (quizás sólo aparente) distancia con el gran público? 

Es un público más restringido, pero creo que es un defecto de nuestra sociedad. Porque todo el mundo sabe que es algo bueno. Si preguntas a cualquiera, aunque no haya ido nunca a un concierto, sabe que Beethoven, Shumann, Brahms, son grandísimos músicos; pero no se toman la molestia de acercarse a ellos. Antes era más complicado, pero ahora lo tienes todo en internet, a tu disposición. Creo que vivimos una trivialización de la cultura, un alejamiento. Y es triste porque esas personas que no se acercan a los auditorios se están perdiendo algo grandioso, que podría hacer más hermosas sus vidas, sin duda. Estoy seguro de que les encantaría. Porque sucede algo: nos hemos acostumbrado a escuchar la música con dispositivos electrónicos, que es sólo eso, lo que el dispositivo puede dar. Pero cuando vas a una sala y hay setenta personas tocando a la vez, con setenta impactos distintos, la experiencia es totalmente distinta. Ojalá todo el mundo se diera esa oportunidad. 

Es cierto también que esa frivolización cultural de las últimas décadas tiene que ver con leyes mercantiles que miden todo cada vez más por las cifras. 

Es una sociedad absolutamente competitiva que extiende ese afán de concurso a todos los ámbitos. No se escucha ya a la gente sin clasificarla, sin ponerle números. Luego, esos programas de la televisión [Operación Triunfo, Got Talent…] que crean personajes a los que luego no se da salida. Se trivializa también mucho el esfuerzo. Porque el músico que se dedica a la música clásica ha estudiado más que cualquier licenciado de cualquier carrera. Un pianista puede estudiar quince años, pero luego tiene que seguir estudiando; y puede tener setenta años y cuando dice que se va a casa “a ensayar”, en realidad se va a estudiar, porque no se termina nunca. Estas academias de televisión que parece que trasforman a alguien sólo crean un producto. Lo único que hacen, en mi opinión, es trivializar el esfuerzo de los artistas. Es verdad que hay gente de mucho talento ahí también, receptiva, pero… 

Y la homogeneización cada vez mayor de la oferta, derivado de esto en gran parte. Antes convivían tranquilamente en los altavoces Chayanne y los Héroes del Silencio, y no pasaba nada. Últimamente parece todo lo mismo, reggaeton y canciones clónicas de centro comercial. 

Es que ahora se hacen muchas canciones cocinándolas, previendo qué éxito pueden tener. Hay mucha industria metida. Si hacemos una comparación, los concursos de los comienzos de Eurovisión eran muy poco efectistas. Ahora tienes que dar brincos y tal… 

Algo que habrá influido mucho es cómo ha tratado la educación reglada a la música, y quizá la clásica se lleve la peor parte. Eso de llamar asignaturas marías a la música, a la expresión artística…

Eso es terrible. Como con el inglés, que te tirabas quince años con él y salías del instituto sin saber nada. Estudiar música durante años para luego no entender un pentagrama… Han faltado muchas cosas; medios, planificación, profesionales… Se hizo una apariencia de asignatura, cuando quienes tendrían que impartirla son músicos. Es como dar literatura sin saber leer ni escribir. Y ahora se ha quitado como asignatura y me parece dramático, porque acabaremos pagándolo. 

Con la ironía de que no habrá persona en este mundo a quien no le guste, incluso necesite la música para vivir. 

Es que la música es algo que nos da hondura como seres humanos, que amplía nuestra felicidad, nuestro horizonte. Que se le llame a eso maría, con desprecio, es tremendo. Y lo que debería hacer la educación es fomentar la curiosidad; que alguien tenga ganas de saber, de seguir conociendo… Es irónico también que vivamos en una época en que el conocimiento sea tan accesible, tan barato, y estemos tan alejados de él. Si les hubiesen dicho a los del Medievo que en el futuro todo el mundo podría tener acceso a las bibliotecas, los museos, las composiciones, les habría parecido una especie de renacimiento, que viviríamos en un edén cultural. Y fíjate dónde estamos; en un desierto… No pasa nada si hay un programa cultural en la televisión pública con poca audiencia: tu obligación como entidad pública es ofrecer calidad. Es tu obligación, extender esa mano. Cuando yo era pequeño había entrevistas larguísimas a escritores, intelectuales, científicos… El otro día estuve con Antonio Muñoz Molina. Cuánto hace que no escucho en la televisión a un escritor al que dé gusto escuchar… Sabiduría de ésa con la que te quedas pegado a la pantalla.

¿Cree que puede haber, de forma voluntaria o no, una especie de conspiración contra las humanidades? 

No creo que sea voluntaria, consciente. Pero sí es cierto que se está produciendo una rebaja de las expectativas, de la exigencia. Y es un drama, porque lo más grande que tiene un país es su ciencia y su cultura; sus humanidades. Eso es lo que hace que un país progrese o no. Y en eso creo que estamos un poco peor. La música que se elabora con tanta facilidad ha venido a sustituir cosas que siguen teniendo una gran verdad dentro de sí. Y la gente está cada vez más lejos que ese tipo de mensaje.  

Ésa es una palabra clave, la verdad. El arte, cuando es verdadero, revela al mundo, empezando por uno mismo. 

Y en el caso de la música es muy especial, porque nos transmite cosas que sólo pueden ser conocidas a través de ese medio y que no permiten la traducción a la palabra. Estar lejos de ese lenguaje supone estar lejos de una verdad que subyace en nosotros mismos. La emoción que nos produce es intransferible. 

¿Cuál sería en su opinión el lastre mayor respecto a los prejuicios que existen en torno a la música clásica? 

Para mí un discurso erróneo es que haya que “acercar” la música clásica al público. Parece que tienes que ir a sus casas, cuando lo único que podemos hacer los músicos es nuestro trabajo, lo mejor posible; que haya auditorios, conciertos; algunos son caros pero los hay baratos e incluso gratuitos. Lo único que podemos decir es que vengan a escucharnos, que van a salir ganando. No dejen que su vida transcurra sin conocer a los grandes compositores. Háganse ese favor. Sean creativos, no dejen que su vida navegue sin eso. La cultura está ahí. Igual que vas al fútbol, al cine o al Zara… Otro error: que sea “elitista”. No hay ningún cartel en ningún sitio que diga prohibido entrar a nadie. Y nadie tiene que ir en frac, puedes ir en vaqueros. Es cierto que si vas a un estreno del Real puede ir gente vestida de manera más especial, pero a nadie se le impide entrar ahí. ¿Por qué no vienen ustedes? En muchos teatros hay subtítulos en español y en inglés para las óperas. ¿Tú quieres que tu felicidad tenga un tamaño mayor? Haz un pequeño esfuerzo. Tienes los libretos de las obras en internet, igual que miras el argumento de una serie. Y se lee muy cómodo. A veces, incluso sin entender del todo lo que se dice, te va a encantar, igual que mucha gente oye las canciones en inglés sin entenderlas. Da igual si has leído esto o lo otro; la música habla sin intermediarios a lo más auténtico que llevas dentro. 

Su caso particular tiene todo de eso, de esfuerzo consciente por romper los supuestos límites. ¿Cómo ha sido el camino de largo, de zigzagueante, de trabajoso…? 

Ha sido de poco a poco. Empecé con papeles pequeños. Luego he tenido la suerte de que he gustado a los críticos. Pero mi esfuerzo ha sido siempre el mismo, tanto si cantaba lo más pequeño como lo más grande. Siempre he tenido la mayor exigencia para intentar dar lo mejor de mí. En la escuela de Viena tuve mucha suerte también porque me admitieron sin saber alemán, aunque luego aprendí; los profesores tuvieron el detalle de hablarme en italiano o inglés los primeros meses. Fue una experiencia muy bonita, estar en una de las capitales de la música, ver cómo se estudia allí. En España se estudia maravillosamente, no tiene nada que envidiar la Escuela Superior de Canto de Madrid a la de Viena. Lo que te aporta irte fuera es ver mundo, eso te enriquece. Ojalá toda la gente que está fuera de España trabajando, formándose, muchos que no han tenido más remedio que irse, puedan volver, porque es una riqueza que se trae de vuelta a tu propio país.  

Debiera ir reformulándose lo que se entiende por ‘riqueza’, ¿verdad?

Yo creo que hay cosas que la gente tiene que hacer una vez en la vida. Una de ellas, ver un concierto sinfónico en directo; y si es posible de los grandes compositores, Mozart, Beethoven, Brahms. Que sepan, al menos, a qué renuncian; una sola vez. Hace unos meses leí que se iba a dar en Francia 500 euros a los jóvenes para que los gastaran en cultura. Tenemos que tomar conciencia todos de que lo más grande que tiene un país es su cultura y su ciencia, y sus valores éticos como ciudadanía. De eso depende nuestro futuro, también económico, y que vivas en un entorno donde te sientas feliz.

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