“Una buena manera de comprobar si funciona la democracia es midiendo su tolerancia con el humor”

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Stelios Kouloglou (Atenas, 1953) es periodista, director de documentales y eurodiputado por Syriza. Su larga trayectoria en la televisión pública griega –por la que fue premiado varias veces gracias a sus largos reportajes de investigación– y su polémico despido por haber realizado un documental sobre la “Generación de los 700 euros” le valió ser uno de los seis diputados elegidos en la lista del partido griego en 2015. “En Grecia no hay números en las listas y el ciudadano elige marcando una casilla preferencial; por eso fui elegido, de lo contrario, hubiera sido difícil que el partido me pusiera arriba de su lista”, matiza.

Activo tanto dentro como fuera del Parlamento Europeo, Kouloglou no duda en responder con humor a las críticas de sus compañeros en Bruselas. Cuando el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, criticó a los países del sur asegurando que se gastaban el dinero en mujeres y alcohol, el griego le contestó organizando las Soirées Dijsselbloem, a las que le invitó para disfrutar de buenos vinos y música. Su último documental, “Morir de risa”, analiza precisamente la relación entre el humor y la política y se presentó en el  CCCB de Barcelona el 17 de febrero.

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¿Aún se considera periodista?

Sí, claro, porque sigo trabajando como tal haciendo mis documentales y también escribo artículos.

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Aunque ahora es eurodiputado…

Intento evitar pronunciarme sobre cuestiones políticas griegas. Sólo escribo sobre este tema en artículos de opinión. Pero, por ejemplo, cuando cubrí las elecciones catalanas del 21D sí que trabajé como corresponsal.

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¿No es complicado combinar las dos facetas? ¿Se puede ser periodista y político?

Yo sigo haciendo las mismas cosas, pero en otro contexto, en otro lugar. Por ejemplo, hice un documental hace 13 años sobre los lanzadores de alertas y ahora llevo una campaña en el Parlamento Europeo para la protección de los lanzadores de alertas. Organicé un festival en Bruselas sobre este tema también. En este sentido, ser eurodiputado me abre más puertas, me permite organizar estos eventos, pero sigo diciendo la verdad. Aunque se trate de la política del Gobierno griego de Syriza.

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¿Critica al gobierno griego de la misma manera que antes?

De hecho, al no ser miembro de Syriza tengo cierta independencia. No saboteo al partido pero si hay errores lo digo públicamente, de manera más suave, puede ser, y sin armar una polémica pero lo digo.

ser eurodiputado me abre más puertas, me permite organizar estos eventos, pero sigo diciendo la verdad. Aunque se trate de la política del Gobierno griego de Syriza

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¿La elección de ir al Parlamento Europeo y no hacer política en su país es para acercarse más a los que critica en sus documentales?

No quería ocuparme de la vida política griega, y el Parlamento Europeo me da cierta distancia. Eso es importante. También puedo tener acceso a ciertas informaciones; por ejemplo, al ser miembro de la Comisión sobre los Panama Papers. Y, por otro lado, la profesión de periodista en Grecia, como en todas partes ahora, se ha vuelto muy difícil.

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¿Por qué?

Porque ya no hay dinero. Yo trabajé haciendo largos reportajes de investigación, pero con los recortes en la televisión pública eso ya no es posible… Ahora lo tengo más fácil para hacer mis documentales.

Justamente su último documental habla de cómo se utiliza el humor para criticar a la política y empieza con una frase de Cavanna, fundador de Charlie Hebdo: “El humor es un como un puño en la cara”.

Sí, me interesaba mucho la relación entre la sátira política y el poder. Creo que, en tiempos de crisis, de depresión necesitamos reír más que nunca.  

¿Se puede usar el humor para cualquier mensaje político o en cualquier contexto?

Podemos añadir humor en todas partes, sí. Estuve cubriendo el asedio de Sarajevo y me fascinó ver a actores, en condiciones increíbles, actuar en una obra de teatro con humor. Era la historia de un edificio donde los ricos vivían en los pisos superiores y los pobres en los bajos pero que, en tiempos de bombardeos, se invertía completamente los privilegios porque los que viven en los sótanos están más protegidos. Así empezaba: burlándose de lo absurdo de la guerra. El humor también es el antídoto de la depresión y de la guerra.

Dice que el humor tiene poder, pero parece que es más el poder de comunicar que el de cambiar realmente las cosas.

Obviamente, no creo que se pueda cambiar el mundo con una obra de teatro o con un documental, pero podemos hacer reflexionar a la gente. Es un contrapoder real y no es nada nuevo. En la Grecia antigua, Aristófanes hacía obras de teatro muy críticas con el poder y la oligarquía. Creo que es una buena manera de criticar al poder y hacer reflexionar a la gente, pero también hacerles reír porque la risa es un acto revolucionario.

En su documental pone en el mismo nivel a los activistas como los Yes Men que usan el humor para sus mensajes políticos y los caricaturistas profesionales como los de Charlie Hebdo.

Creo que es lo mismo si provoca risas y alegría al público. Es la misma dirección. Los activistas de Yes Men hacen también crítica de la sociedad y de mucha gente. Lo que todos tienen en común es este espíritu independiente y la voluntad de cambiar el mundo hacia uno mejor. Charlie Hebdo se burla de todo el mundo y al tener una línea editorial, en cierto modo, también transmite un mensaje político.

Entre las diferentes formas de humor desarrolladas en su filme están los happenings, las caricaturas, los hoax… ¿Alguna tiene más poder?

Depende sobre todo de la audiencia. Y de si la broma es buena, claro (risas). Los Yes Men consiguieron hacerse pasar por representantes de la Dow Chemical Company en directo en la BBC y dijeron que reconocían su culpabilidad en la muerte de miles de personas en el desastre de Bhopäl (India) además de aceptar indemnizaciones para las familias. Una hora después, la empresa había perdido dos mil millones en bolsa. Esto fue un poder real porque había mucha audiencia.

En España, muchos caricaturistas denuncian que la ley mordaza amenaza el humor…

Esta ley es completamente inaceptable. Creo que una buena manera de comprobar si funciona la democracia es midiendo su tolerancia con el humor. Si hay menos tolerancia con el humor significa que hay menos democracia. Más tolerancia, más democracia. Lo que he oído sobre España me hace pensar que la democracia española no funciona bien. Aunque, eso sí, no es la única (risas).  

Creo que una buena manera de comprobar si funciona la democracia es midiendo su tolerancia con el humor

Pero en la última entrevista que dio Charb y que sale en su documental, el caricaturista francés explica que los límites del humor de Charlie Hebdo son los que impone la ley francesa. ¿La ley es el límite del humor?

En Francia, sí. Porque en Francia, por ejemplo, no existe una ley contra la blasfemia. En Grecia, en cambio, no podemos burlarnos tanto de la religión porque existe esta ley. Pero creo que también hace falta tener cuidado con las sensibilidades de cada uno. Par mí, es mejor no hacer bromas sobre grupos minoritarios o caracterizando un grupo entero ya sea religioso o étnico o de países.

Pero esto también forma parte de la caricatura…

Sí, también. No digo que no se puede hacer. Los españoles pueden llamar polacos a los catalanes, los franceses hacen bromas sobre los belgas o los griegos sobre los griegos que vienen de Rusia… Pero digo que hay límites para los grupos religiosos o étnicos y que no se puede tratar a un colectivo como idiotas. Es una manera de respetar su sensibilidad.

¿Charlie Hebdo no debería haber herido la sensibilidad de estos grupos?

No digo que Charlie Hebdo se equivocara con las caricaturas de Mahoma, pero ahí caminaba sobre la cuerda floja.

Charb también habla de la autocensura en el documental: ¿es peor que la censura?

Creo que sí porque la censura podemos combatirla o someternos, pero la autocensura es algo que viene de dentro y al final destruye el espíritu periodístico. Hay que evitarla a toda costa. Es una lucha diaria y nunca está ganada.

No digo que Charlie Hebdo se equivocara con las caricaturas de Mahoma, pero ahí caminaba sobre la cuerda floja

Usted fue víctima de la censura, intentaron censurarle un reportaje y finalmente le echaron por realizarlo. ¿Alguna vez se autocensuró?

No, nunca. He tenido mis momentos de dudas, pero siempre acabé apostando por mi libertad de expresión. No he hecho renuncias importantes. Lo que siempre digo es que hay que evitar los ataques muy personales: hablar más de las instituciones que de una persona en concreto, aunque hay casos en los que es necesario.

¿Es más fácil para un Estado censurar el humor que no algo serio?

No creo porque justamente el humor nos permite escondernos y decir ciertas cosas que los artículos serios no se atreven a decir. Me parece más fácil denunciar con humor que en serio. Esto también es una herencia de Aristófanes o de los bufones de la Edad Media. El bufón era el único que podía criticar al rey porque le hacía reír. Es la gran ventaja del humor. En Grecia, tuvimos dictadura del 1967 al 1974 y los caricaturistas, el teatro o la música eran los únicos lugares donde se podía criticar a la Junta sin ser arrestado.

En 2015 todos decían “Je Suis Charlie” pero hoy parece que no todos tenían la misma definición. ¿Cómo definiría el “Je Suis Charlie”?

Yo lo modificaría un poco diciendo “Je Suis Charlie pero no hipócrita” porque la mayoría de los líderes políticos que desfilaron en su día lo son. Muchos están peleados con el humor o incluso a veces ni lo toleran. Y no hablo sólo de los que pensáis. Por ejemplo, Merkel dio luz verde a una persecución penal de un cómico alemán que escribió un poema sobre Erdogan. Y yo, personalmente, fui víctima de la censura en el propio Parlamento Europeo: me quisieron censurar 12 caricaturas [las que representaban a Merkel] sobre 28 que tenía seleccionadas para una exposición.

¿Cómo se justificó esta censura?

Decían que era para no influir en las elecciones alemanas cuando, en realidad, la exposición tenía que empezar al día siguiente de los comicios. No me podía creer estos argumentos. ¿Qué significa esto? Dos años después de los asesinatos de caricaturistas de Charlie Hebdo, el propio Parlamento Europeo me censura por unas caricaturas. Me parece que la hipocresía es la que no tiene límite.

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¡A la mierda!

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Un chico de unos veinticinco o treinta años como mucho avanza corriendo hacia mí por la estación de Atocha. Me pongo en alerta, lleva cara de muy mal genio y bufa como un toro, pero pasa de largo, ni siquiera repara en mi presencia. Me giro para ver hacia dónde va y observo cómo arroja su maleta lejos y corre hacia ella para patearla con mucha rabia. Luego tira la mochila y la patea también varias veces. Está furiosísimo. El guardia de seguridad, desde el otro extremo del vestíbulo, se lleva la mano a la porra, pero se queda quieto, sin saber qué hacer. Supongo que el chico ha recibido un disgusto enormísimo, una de esas noticias que te parten la vida en dos. Algo más que un despido o un divorcio. Le han dicho que se ha muerto su hermano, me imagino. O su madre. Si no estuviera tan bravo y diera tantas coces, más de uno nos acercaríamos a darle un abrazo.

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Le dejo con su rabia y me marcho a mi tren. He llegado pronto, algo raro en mí, y me siento a tomar un café. Al rato, reconozco al chico de antes. Está sentado, junto a su maleta y su mochila, y habla por teléfono a grito pelado, muy enfadado. Es imposible no oírle: “¡Ya no vuelvo a España! ¡Este país no tiene arreglo! ¡Venía con ilusión y ya me han jodido todo, este país no va a salir nunca de la crisis! Mira, primero, el avión llega con retraso; luego, mogollón de rato hasta que salen las maletas, y colas en el metro para las putas máquinas, y cuando llego a la estación, sólo hay dos taquilleros. Sólo dos, en este país no curra nadie, todo funciona como el culo. ¡Claro que he perdido el tren! ¡Y he tenido que coger el siguiente! Puto país, yo no vuelvo en la vida, que le jodan a España, que le jodan bien. ¡A la mierda ya, hombre!”.

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Remuevo el café tratando de no asombrarme mucho. O sea, que toda esa tragedia, toda esa violencia homérica, se debía a que no había llegado a coger un tren porque le había costado un rato desplazarse desde el aeropuerto (la frecuencia de los trenes es de una hora, más o menos, no es que tenga que esperar un día a coger el siguiente). Supongo que estaría cansado. Tal vez hecho polvo después de un viaje largo. Seguramente, también, atribulado por otros muchos problemas y preocupaciones que vete tú a saber. Pero no dejó de sorprenderme cómo sacó un discurso político de un contratiempo que los viajeros habituales sufrimos a menudo. Si tuviera que enfadarme así cada vez que pierdo una conexión o se me retrasa un vuelo, no habría cardiólogos en España para tratarme los infartos.

no dejó de sorprenderme cómo sacó un discurso político de un contratiempo que los viajeros habituales sufrimos a menudo

Sin tanto grito, golpe ni exageración, bien mirada, la reacción del chico es muy habitual. No sólo en la vida cotidiana, sino en la pública. Tiramos de costumbrismo para elaborar teorías generales a partir de una anécdota mínima. Somos hijos de Larra y de aquel Vuelva usted mañana. Tenemos un mal día con un funcionario y escribimos airados que la administración se hunde. Nos cruzamos con un profesor vago, y toda la universidad está podrida de indolencia. Pillamos a un escritor en acto de nepotismo, y toda la cultura está infectada de la misma corrupción que la política. Yo mismo observo un comportamiento raro en un desconocido en una estación de tren, y deduzco de ello una actitud nacional, casi un rasgo de carácter. Nadie nos libramos. Lo sensato sería limitarme a celebrar que aquel tipo no quiera volver a España nunca, porque así son menores las posibilidades de cruzármelo de nuevo en uno de sus arrebatos de furia (si se pone así por perder un tren, imaginen su fuerza destructiva el día que le pase algo de verdad).

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Deberíamos desconfiar mucho más de nuestra percepción, que sólo suele ser útil en términos literarios. No es raro que los datos contradigan creencias muy arraigadas. Por ejemplo, mucha gente cree que vivimos en una sociedad cada vez más violenta, cuando las estadísticas dicen justamente lo contrario, que el mundo de nuestros padres y abuelos era muchísimo más violento. Tenemos muy arraigada la idea de decadencia, y no hay una sola generación de la historia que no haya visto a su sucesora como destructora de todo lo bueno y justo. Un análisis sereno y documentado suele desmentir ese prejuicio.

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Pero desmentirlo no es romperlo. Como es en realidad una creencia, no se deshace por muchas tablas y gráficos que se pongan delante de las narices del creyente. Son cuestiones de fe, anteriores a cualquier racionalización y perfectamente comprensibles, pero inaceptables para quien se dedique a observar y compartir reflexiones. Incluso aunque sean pensamientos dispersos y a vuelapluma, como los que hacemos los juntaletras. Habría que ir más allá. Porque tal vez haya motivos para tirar la maleta y patearla, pero el día que nos pongamos burros y bramemos contra dios, la patria y el rey, hagámoslo por un motivo incontestable, no porque se nos fue el tren (sobre todo, porque el hecho de perder el tren contradice el aserto de que en España nada funciona: si así fuera, no lo habría perdido; lo perdió porque salió a su hora y él no estaba allí para cogerlo).

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El Boca del Logo de hoy: ARCO/Colección Gürtel (24/2/2018)

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

 

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La innovación verde, motor del empleo de calidad

Espacio realizado con la colaboración del
Observatorio Social de “la Caixa”.

Mejorar la reputación de las compañías y, por supuesto, reducir los efectos de la contaminación y del impacto del cambio climático. Las empresas que desarrollan estrategias e innovaciones verdes tienen muchos motivos para activar planes corporativos basados en el respeto al medioambiente. Además, el desarrollo de estas estrategias también contribuye a la creación de empleo de calidad, según recoge el artículo Medio ambiente y empleo ¿jugar limpio tiene premio?, de la profesora e investigadora Ester Martínez-Ros.

En términos laborales, la innovación de las empresas no solo repercute en un empleo de mejor calidad, sino en los propios ratios de ocupación y generación de trabajo: las empresas que incorporan estas estrategias crean más empleo que las que no lo hacen, más aún si la innovación tiene una orientación medioambiental.

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Según el estudio de Martínez-Ross, la conocida como ecoinnovación tiene un impacto todavía más alto en empresas de sectores especialmente contaminantes. La lógica es sencilla: si estas compañías se comprometen, la sociedad responde de forma más positiva y receptiva.

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Una de las razones que explica el impacto positivo de las estrategias de innovación medioambiental en el empleo, incluso en épocas de crisis, es el ahorro de costes en material o energía en los procesos de producción. Ocurre lo mismo si estas iniciativas se dirigen a los productos finales que acaban vendiendo las empresas.

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En este sentido, e independientemente de los motivos que guían la introducción de ecoinnovaciones, la relación entre su aplicación y las tasas de empleo es generalmente positiva. Pese a esto, existen diferencias en la importancia que dan las empresas a motivos externos para poner en marcha los desarrollo medioambientales. 

De esta forma, en España, la principal motivación externa tanto para empresas grandes como para pymes es concentrarse en cumplir con las normativas y regulaciones, antes que hacer cambios en el propio proceso productivo.

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Ocurre lo mismo si se ponen en comparación las industrias más contaminantes y las menos: sus principales preocupaciones pasan por rebajar el impacto medioambiental y cumplir las ordenanzas, si bien aquellas compañías que más contaminan suelen dar más importancia que el resto a las cuestiones relativas a su procesos de producción.

La integración de las iniciativas de innovación verde en las empresa puede ocurrir de forma gradual o desde perspectivas más esenciales: desde la incorporación de sistemas de gestión medioambiental hasta estrategias más amplias, con objetivos económicos, uso de energías renovables en la producción o procesos de reciclado en las operaciones. Según el Laboratorio de EcoInnovación, este tipo de gestiones puede producir hasta un 18% más de retorno en las inversiones de las compañías. 

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Según el índice del Marcador de Ecoinnovación en la Unión Europea de 2016, España se encuentra en el puesto 14 de la UE en desarrollo de procesos de innovación en sus empresas. El indicador está ligeramente por debajo de la media europea, y ha empeorado desde 2015, cuando España se encontraba en el puesto undécimo y con una mejor calificación.

———————–

Este artículo ha sido elaborado a partir de lo expuesto en el texto Medio ambiente y empleo ¿jugar limpio tiene premio?, de Ester Martínez-Ros, de la Universidad Carlos III de Madrid, publicado en el Observatorio Social de “la Caixa”.

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Javier Marías y la contumacia

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“Berta Isla”, la última novela de Javier Marías, fue recibida por la prensa generalista como una de las mejores obras de su autor y elegida por Babelia como el mejor de los libros publicados en España en 2017. Todo ello ante la indiferencia feroz de varias generaciones de lectores. Lejos de querer atraer su atención, la novela se sitúa obstinadamente en un territorio cultural delimitado por sus exclusiones. Habiéndonos quedando fuera, ¿tenemos forma de hacerla inteligible?, ¿tiene sentido sospechar que Javier Marías está empezando a escribir “contra mí”? 

I

Berta Isla comienza en una cama, de noche. Asistimos a las divagaciones de su protagonista, que evalúa la prolongada ausencia de su marido, un espía al servicio del gobierno británico desaparecido durante la guerra de las Malvinas; de paso, reflexiona sobre algunas cuestiones trascendentales para la novela europea del siglo XX.

El primer capítulo consta de apenas dos páginas, escritas con un nivel de esfuerzo estilístico que solo se repetirá intermitentemente: los hipérbatos se acumulan sobre todo en los inicios de capítulos y se diluyen a medida que la novela avanza y la fatiga apremia. En estas páginas iniciales, la subjetividad de Berta Isla está, inevitablemente, enajenada: la convención que permite hacer pasar una voz narrativa en tercera persona por la reflexión subjetiva de un personaje (el estilo indirecto libre) queda desbaratada por la forma en que la intensidad de los formalismos reclaman atención sobre el autor: se diría que Berta está por fin completamente dormida y que es el texto el que se contorsiona, unas veces obligándonos a rastrear hasta veinte líneas más arriba el sustantivo al que se refiere un adjetivo, otras repitiendo un recurso en el que se apoya gran parte de la escritura de Marías y que a menudo genera la falsa impresión de que incurre en anacolutos: poner comas donde todo parece indicar que debería ir un punto. 

Es difícil imaginar un lector capaz de leer este comienzo sin hacer un juicio a la totalidad que no coincida punto por punto con el que hará si termina la novela. En dos páginas escasas y suntuosas, Marías consigue poner ejemplos suficientes como para rellenar un catálogo de recursos retóricos y mencionar todos los términos que sus críticos afines van a celebrar como los asuntos que explora en su narrativa: “tiempo”, “espera”, “conciencia”, “incertidumbre/certeza”, “real/imaginario”, “sospecha” o “recuerdo”. No es demasiado relevante que decidamos ahora si el peso conceptual acumulado por todos ellos, sumado al virtuosismo decorativo, confirma la pertenencia de Marías a la alta literatura o la ansiedad kitsch por esa pertenencia, aunque el género de la crítica literaria parece hacer impensable que la presentación de un juicio no vaya acompañada de una declinación del gusto.

En dos páginas escasas y suntuosas, Marías consigue poner ejemplos suficientes como para rellenar un catálogo de recursos retóricos y mencionar todos los términos que sus críticos afines van a celebrar como los asuntos que explora en su narrativa

En su crítica para El País, el crítico J escribió un término que quisiera usar en estas líneas como herramienta de análisis. Al referirse a la repetición de las constantes temáticas y estilísticas de la obra de Marías con las que se encontró al leer Berta Isla, celebraba su “feliz contumacia”. Llamemos contumacia a la presencia constante y disruptiva de una voz autoral que, de avasalladora presencia en el campo cultural, hace imposible imaginar la lectura de sus obras si no es en relación a su figura; dicho de otra forma: sería lo que convierte en ingenua la decorosa disociación entre autor y narrador. Por ejemplo, Berta Isla está plagada de referentes culturalistas high-brow, reflexiones generales sobre la cortesía, la buena educación, las malas traducciones y las esencias contrapuestas de lo español y lo inglés, además de diagnósticos de época que lamentan la mundanidad reinante y añoran una excelencia que solo sale a la luz cuando es crepuscular. La mayoría de estos excursos están tan poco vinculados con el relato que aparecen a veces entre paréntesis (se menciona una película y Marías opina en un aparte) y tienen un acople directamente catastrófico cuando se le asignan a un narrador personalizado como es la propia Berta Isla, cuya voz está tan poco cuidada que el autor ni siquiera se ha molestado en cambiar al femenino el genérico “uno” cuando ella reflexiona sobre sí.

Quizá lo que hizo “feliz” al crítico de toda esa contumacia sea, sencillamente, una cuestión de familiaridad: encontró temas que excitaron su locuacidad (ya los conocía, así que le permitieron trabajar más deprisa) y además un mundo afín, una comunidad de intereses y una macrovisión ideológica compartida. Pero tanto el crítico J como Javier Marías parecen convencidos de que Berta Isla no puede ser leída en términos culturales o ideológicos porque, al no ser pensada como la expresión cultural de una minoría, no está condenada a hablar en nombre de esta, sino que su cultura es global y, de hecho, no se trata de cultura, sino de Literatura: al fin y al cabo, el mundo que se describe garantiza las condiciones necesarias para que los personajes puedan departir largamente sobre Shakespeare. La crítica recoge la apuesta de Marías y corrobora su pertenencia a un campo inmanente y sacralizado, como si fuera necesario invocar a la “Literatura” para proteger una pureza que no es de este mundo: “todos los matices de lo que nunca podrá decirse fuera de la gran literatura” (crítico P, ABC), “una idea de la literatura que vuelve a mostrarse arraigada, imperturbable, fatal” (crítico N, El Mundo), o, al borde de la cháchara indescifrable: “la novela se sumerge además en la mejor literatura” (¿?) (crítica B, Zenda). La posición prominente en las listas y resúmenes anuales de Javier Marías se da por mera necesidad: es lo único que prueba el compromiso de los críticos con una Literatura sin más atributos que ella misma. 

En Berta Isla, una tardía novela programática, la contumacia revela como su reverso una agresiva autosuficiencia cultural que ayuda a entender que el novelista se sienta tan cómodo al imponer a los personajes y a las voces, prolongaciones naturales de su sentido común, sus opiniones de articulista. Después de todo, en el marco de sus novelas, y teniendo en cuenta cómo la crítica repite los argumentos literarios que él mismo propone, cualquier cosa se vuelve difícilmente revocable. Así que aquellas dos primeras páginas no eran el ritual de iniciación del lector en las prácticas retóricas que guiarán el texto, sino un pacto propuesto por el autor para que aceptemos como claves de lectura (y motivos de excelencia) el peso conceptual (o los conceptos al peso) y la elevación estilística. La esencia de este pacto nos obliga a leer a la contra en cuanto subrayemos cualquier aspecto relativo a su visión de las clases, los roles de género (la dependencia de la mujer de la mirada del hombre, aspecto que no cambia la débil voz de Berta: “Un barbero siempre puede cortar sin querer, un dentista tocar una encía o un nervio, un médico cambiar de expresión y mostrar preocupación, un hombre hacer daño a una mujer, y si ella es inexperta más aún”), la política (“El pueblo no es sino el sucesor de aquellos reyes arbitrarios, volubles, solo que con millones de cabezas, es decir, descabezado”) o la jerarquización de la cultura. O a rechazar la misma idea de lo novelesco si nos rechinan los dientes con descripciones tan aleatorias como esta: “Berta Isla era netamente madrileña…, una belleza morena, templada, suave o imperfecta. Si se analizaban sus rasgos, ninguno era deslumbrante, pero su rostro y su figura en conjunto resultaban turbadores”, que, incapaces de establecer ninguna conexión con el mundo que conocemos, solo pueden ser inteligidas en el marco de cierta literaturización de lo femenino. 

II

En el año 2000, Fernando Sánchez-Dragó dedicó uno de los episodios de su programa Negro sobre blanco a La fiera literaria, el boletín difamatorio dirigido por Manuel García Viñó, que quiso probar la indigencia expresiva de una serie de escritores de prestigio aupados por el grupo Prisa. Para ello, la revista practicaba la “crítica acompasada”, una forma de close reading que quería denunciar el uso impreciso del léxico (guiado casi siempre por la elevación del tono retórico), las repeticiones indecorosas o el incumplimiento llano de las normas gramaticales.

En el plató se dio un conato de discusión en torno a Marías finalmente abortado por la estricta incapacidad de los presentes para hablar en términos comunes. La situación es la siguiente: de un lado García Viñó con chaquetilla de lana y dos señores con jerséis enfáticamente anticuados y limitadas habilidades dialécticas: los tres dicen haber sido enviados por la revista en sustitución de los autores para que estos mantengan el anonimato. Del otro lado, tres críticos, a los que llamaremos, en progresivo nivel de beligerancia, A, B y C, convocados para defender la honestidad y buena praxis crítica de los suplementos culturales de la prensa nacional. Los críticos B y C están muy enfadados y asumen que han sido llamados para hacer una enmienda a la totalidad de las actividades de La fiera…, a sus posturas disidentes y a la indisciplina académica de su lenguaje. Por desgracia, García Viñó es un hombre destemplado que se enreda en los detalles menos relevantes del discurso de sus contendientes y que para serenarse cuenta con la ayuda de aquellos dos señores, que a cada frase refrendan la grisura de sus atuendos con criterios de valor que no se corresponden exactamente con la postura atrabiliaria de La fiera…. Así, por ejemplo, el que lleva el jersey más extravagante llega a decir que el hecho de que Marías cometa laísmos es prueba suficiente de sus deficiencias literarias. Este criterio nos sumiría en una irreversible tristeza, y amenaza con hacerlo, si no fuera porque sirve para poner de relieve que, del otro lado, no hay criterio alguno, sino la afirmación tautológica de un puñado de aserciones del gusto camufladas como juicios de valor. El crítico C tiene como único argumento su propia perplejidad. “Pero, ¿cómo se puede decir que Javier Marías escribe mal el castellano?” es, digamos, su alegato final (y el único).

La forma en que el crítico C parte de la validez de sus posturas y confía en la autoridad que otros le han conferido se extiende a sus modales y a la elección de una americana azul marina demasiado holgada y torpemente combinada con otros azules en el chaleco y la corbata que disuenan por su proximidad tonal y que son, en todo caso, bastante elocuentes respecto a la relevancia sociocultural que el crítico asigna a su trabajo. El efecto es cómico porque los presentes parecen completamente ajenos a la atildada extravagancia del atrezzo. Independientemente de la distancia emocional que el concepto “año 2000” genere en cada una de nosotras, es difícil no ver en el vídeo uno de los reductos de la realidad en ruinas en el que ese asumió la posición de privilegio literario que ocupa hoy Marías, y que se compone, al parecer, de fotocopias enmarcadas de grabados con escribas y ropa de Cortefiel. 

Hay una continuidad estricta entre la forma en que el crítico C se siente seguro a la hora de identificar la excelencia literaria y en la que elige, sin que medie ninguna sensibilidad estética (quizás sí su gusto), una ropa que cree que reafirma la dignidad de su labor. Esa misma seguridad es la que está en la génesis de Berta Isla, una novela hecha de asertividad cultural que reflexiona obsesivamente sobre los temas que dice estar tratando y especula con los significados de sus elementos narrativos, todos ellos dispuestos para reiterar la importancia de la forma-novela a la hora de pensar la Conciencia, la Historia y el Acontecimiento. Y, en efecto, Berta Isla continúa el trabajo de Marías a la hora de producir modulaciones originales de algunas preocupaciones centrales de la novela europea. En ella, un narrador omnisciente abre y cierra la novela que, en su mayor parte, la central, está narrada por la voz (diferenciada exclusivamente por el uso de los pronombres) de Berta Isla. El narrador omnisciente encuentra, no obstante, un límite en su labor y comparte con la protagonista el desconocimiento de la actividad como espía del maridoen la medida en que este no está autorizado a configurar su actividad de detective como experiencia pública, esta permanece inaccesible para ambos narradores.

Berta Isla continúa el trabajo de Marías a la hora de producir modulaciones originales de algunas preocupaciones centrales de la novela europea

El carácter inaprensible del acontecimiento y la pertenencia problemática de lo acontecido al territorio de lo real, en la medida que depende de la habilidad y buena fe de los narradores, son temas rectores de las novelas de Marías. De hecho, si todas ellas tematizan que estamos condenados a hacer depender nuestra percepción de lo real de la fiabilidad de los narradores, es más fácil explicar, quizás, que la inestabilidad de los significantes o los retorcimientos de la sintaxis en los que incurren los suyos (la sinuosidad, rayana por momentos en lo estridente, de su prosa) puedan considerarse aspectos integrales del contenido de verdad de su obra. Podemos convenir que refrendar laudatoriamente los argumentos que explican su excelencia y que va desvelando el propio autor, e incluso destacar (en listas o con ditirambos) que la primacía de estos por sobre otros criterios, acaso más secretos, acaso menos literarios, es una inclinación del gusto que no depende tanto de nuestro juicio o perspicacia crítica (que poco trabajo tiene que hacer) como de nuestra convicción cultural. 

Para los críticos A, B y C, la abrumadora evidencia con que la que se sienten arrebatados por la calidad de la obra de Marías es un criterio de valor suficiente. E incapaces de asumir la particularidad de sus encuentros con los textos, han sido invitados a asumir que a esa evidencia llegan guiados por el trabajo implacable de su intelecto y en ningún caso determinados por la cultura que comparten con el autor. La incapacidad, de un lado, o la voluntad, del otro, para evaluar la propia posición cultural explica en gran medida el sentido de la batalla generacional y ayuda a entender la preeminencia que las nuevas generaciones de lectoras hemos dado a los instrumentos de la crítica cultural (que esa generación, aunque no esos señores, articuló): ante la resistencia de aquellos a aceptar que su cultura también es minoritaria y que su gusto es político y afectivo, esos instrumentos nos siguen sirviendo para desvelar parte de la lógica que subyace a la inmediata validación de una literatura por incluir unos y no otros rasgos (que no solo afectan a los temas o a un determinado sensus communis ideológico, sino también a la editorial o a los medios en que se difunde). Si pensamos la cultura en términos de apropiación de los espacios disponibles, parece sensato intentar sobreponercriterios de los que sí somos capaces de dar cuenta y que estamos dispuestos a someter a debate a la naturalización aculturizada de sus juicios. Tanto es así que, frente a la celebración endogámica de la propia elocuencia, casi puede parecer sensata la paupérrima propuesta de salir a la caza de laísmos.

Cualquiera que hable un lenguaje ligeramente disonante (yo: tengo 31 años, soy homosexual, odio –asumo que por envidia las formas previstas de prestigio social…) respecto a los esperantos naturalizados de un sector cultural de hombres que ocupan todo el espectro que va desde las americanas que ya no se cierran a las que compraron demasiado holgadas, correrá el riesgo de vivir como una afrenta la visión global y el tono altivo de esta novela troll. Así, en la medida en que nuestros presupuestos críticos soslayen otros elementos de co-pertenencia cultural (yo: uso americanas, a menudo debo de leer libros parecidos, con frecuencia tiendo a esparcirme por los espacios discursivos con ocurrencias irresponsables y generalizaciones vacías) y privilegien, para ganar la batalla, las disensiones, las novelas de Marías serán no solo inaceptables, sino también incomprensibles. 

Quizás con Berta Isla Javier Marías haya conseguido una victoria contra la que era difícil prevenirse: una novela que es la obra perfecta de Javier Marías tanto para sus críticos naturales (su propia selección cada vez más excluyente) como para sus contendientes en la batalla, que seremos incapaces de leerla sin señalar todo aquello que confirma nuestro resentimiento.

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¿Así que estos son los ‘libros del año’?

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Como Papa Noel, las imágenes de ciudades nevadas, las campanadas, los turrones, los propósitos de año nuevo y las cartas a los Reyes Magos, las listas de los mejores libros del año constituyen ya un ingrediente indispensable del prolongado periodo conocido como “las navidades”.

Aunque se adelanten un poco al fin del año (para contribuir a las últimas ventas de la temporada), y aunque cada vez tengan más competencia de particulares y de negociados digitales, las listas de “lo mejor del año” son el gran momento de los suplementos culturales tradicionales, quizás el único momento en que concitan una atención parecida a la que recababan en el pasado. Se espera algo de ellos, se los lee con curiosidad, incluso cabe pensar, siquiera pasajeramente, que el escrutinio crítico influye, por una vez, más que la publicidad. Hasta se diría que, para la ocasión, los críticos emplean un criterio más estricto, más ceñido a los estándares convencionales de calité literaria (lo que explica, por ejemplo, que, llegado el momento, se olviden reiteradamente de un autor como Pérez-Reverte, que ha conseguido entrar antes en la Academia que en una de esas listas).

La curiosidad que despiertan estas listas no está exenta de suspicacias, expresadas a menudo en términos más o menos jocosos. ¿Cómo olvidar que en una de ellas entraron, años atrás, las memorias de Casanova, dos gruesos tomos de más de mil páginas publicados apenas dos semanas antes de las votaciones?

No pocas veces la responsabilidad de escoger los “libros del año” se sustrae del control de los críticos propiamente dichos, diluyéndose en una cantidad cada vez más amplia de votantes

Algunos de los disparates a que dan lugar estas listan son resultado de los procedimientos con que se elaboran. No pocas veces la responsabilidad de escoger los “libros del año” se sustrae del control de los críticos propiamente dichos, diluyéndose en una cantidad cada vez más amplia de votantes, muchos de los cuales no ejercen el reseñismo de novedades, por lo que no es esperable que, por buenos lectores que sean, estén en condiciones de emitir un juicio cabal, ni siquiera aproximado –sino solamente antojadizo, o de oídas–, sobre el caudal amplísimo de los libros publicados ese año. 

¿Qué es lo que se les pregunta, en rigor? ¿Cuál es el mejor libro que han leído ellos –los votantes– ese año? Pero podría tratarse de un libro publicado años atrás. ¿El mejor libro que han leído entre los publicados ese año, entonces? Pero, si no son profesionales del reseñismo (y aun así), sus lecturas estarán muy mediadas por sus intereses y ocupaciones; y su curiosidad, por otra parte, muy prejuiciada por las campañas de publicidad y las opiniones dominantes. ¿El mejor libro que han leído entre los publicados ese año dentro de su especialidad, cualquiera que ella sea? Esto parece más plausible, pero determina la confección de listas, a su vez, especializadas…

He aquí otro aspecto que da lugar, en conjunto, a importantes distorsiones: la indefinición del tipo de listas que se proponen. Éstas no adoptan siempre el mismo patrón. ¿Los mejores libros del año en cualquier género? ¿En cualquier lengua? ¿Listas mixtas o específicas por géneros? ¿De literatura nacional y extranjera? 

En la última lista de Babelia, los Cuentos completos de Henry James y la Poesía completa de Robert Frost ocuparon posiciones muy destacadas. Pero si se enredan las recuperaciones de clásicos más o menos indiscutibles con las novedades propiamente dichas, la tendencia a la confusión se incrementa exponencialmente. ¿O es que cabe en la cabeza de nadie que la competencia incluya a los grandes clásicos de la literatura mundial? ¿Habrá que competir con Shakespeare, Cervantes o Kafka los años en que se publiquen nuevas ediciones de estos autores? 

El recuento de estas u otras frecuentes “anomalías” puede resultar divertido o deprimente, pero casi todas han sido señaladas ya en otras ocasiones, y son muchos los lectores que están, como suele decirse, “al cabo de la calle”. Lo que está claro es que no todas las listas se confeccionan igual, y que distinguir el grado de disparate, acierto o inconsistencia de cada una llevaría un trabajo que a estas alturas quizá no valga la pena tomarse. Alguien, por otro lado, podría replicar: “Mire usted, todo esto son cuestiones de procedimiento. Y bueno, es cierto, sí, que a menudo se cuela algún libro que…, en fin, ya se sabe; pero, ¿y si esos cuatro o cinco libros que se repiten de una lista a otra, los que con más amplitud se postulan como los libros del año, los que están en boca de todos, fueran, en efecto, los mejores?”. 

La propuesta que presentamos no pasa tanto por impugnar las listas de los mejores libros del año como por tomárnoslas en serio. Se trata de abordar los “libros del año” considerados como tales

La propuesta que presentamos no pasa tanto por impugnar las listas de los mejores libros del año como por tomárnoslas en serio. Se trata de abordar los “libros del año” considerados como tales, es decir, a la luz de la relevancia que les otorga el haber sido destacados como “los mejores” entre cientos, miles de otros libros potencialmente susceptibles de esa consideración. Bajo el foco de tan comprometedora calificación, los aciertos y las limitaciones de esos libros adquieren relieves distintos que los observables a la media luz de la lectura corriente. También los adquieren los juicios críticos que arroparon a esos libros en una primera instancia, y que ya forman parte del vestuario, por así decirlo, con que esos libros se presentan ahora al lector. 

El Ministerio aspira a promover, dentro de sus posibilidades, nuevas modalidades críticas. Esta vez se trata de ensayar una evaluación retrospectiva de determinados títulos publicados en España en 2017 que tiene en cuenta la recepción de que han sido objeto por parte de los medios que los han consagrado como los “mejores” de ese año.

El ensayo se limita a solo cuatro libros de narrativa española. Más concretamente, a las cuatro novelas españolas que han obtenido las cuatro primeras posiciones en una lista resultante de combinar las listas de “los mejores libros del año 2017” propuestas por los suplementos culturales supuestamente más leídos en el ámbito español: Babelia (El País), El Cultural (El Mundo), Culturas (La Vanguardia), iCult (El Periódico de Cataluña) y ABC Cultural (ABC). Las novelas son Berta Isla de Javier Marías (Alfaguara), La vida negociable de Luis Landero (Tusquets), El monarca de las sombras de Javier Cercas (Literatura Random House) y Clavícula de Marta Sanz (Anagrama). El orden se corresponde, de mayor a menor, al número de “votos” obtenidos por cada título. (Destaquemos, entre paréntesis, el hecho en absoluto azaroso de que las cuatro novelas pertenecen a autores ampliamente consagrados, publicados por editoriales literarias que se cuentan entre las más conspicuas. Constatemos, sin adelantar conclusiones, la presencia de una única mujer frente a tres hombres, y la pertenencia de los cuatro autores a una franja de edad que va de los cincuenta años que tiene Marta Sanz a los setenta de Luis Landero.)

Lo de circunscribirnos únicamente a novelas se explica con facilidad si se conviene en que la novela es, desde hace mucho, el género hegemónico, el que de manera más amplia estimula la capacidad imaginativa del lector, y el que contribuye más eficazmente a ilustrar –ya sea promoviéndolas o resistiéndose a ellas– las tendencias que en cada momento configuran la ideología dominante. Las novelas trazan –de manera caprichosa, sin seguir un plan deliberado– una suerte de reverso distorsionado de esa ideología, incluso cuando pretenden sustraerse a ella. Arrastran una sombra de debate político que se desprende inevitablemente de sus cualidades estéticas o artísticas. De ahí que, mucho más que del nivel más o menos consensuado de calidad literaria alcanzado ese año por la “novelística” del país (esa institución que despertaba en Juan Benet tantas y tan justificadas aprensiones), las “novelas del año” sean indicadores fiables de la sensibilidad estética que comparte el público que las lee, y más que eso: de su susceptibilidad hacia los problemas que esas novelas señalan o enmascaran. Desde este punto de vista, la revisión de las que se han entronizado con más o menos unanimidad como “novelas del año” adquiere un interés más que literario. 

A lo que nuestra iniciativa aspira, siquiera tentativamente, es a contrastar la propuesta de lectura de los suplementos culturales, a reconsiderar el valor social, artístico y cultural de los “libros del año”, más allá de que el haber sido seleccionados renueve su presencia en la mesa de novedades, o refrende los intereses y estrategias de la industria editorial. Lejos de ofrecer un diagnóstico “cerrado”, una suerte de examen final o juicio sumarísimo, quisiéramos incentivar nuevas lecturas tanto de los libros tratados como, eventualmente, de otros que asimismo hayan sido destacados por cualquier razón; lecturas que consideren los textos –novelas o no– más allá de sí mismos, responsabilizándolos, al menos hasta cierto punto, de la fraseología a que dan lugar. 

Los abordajes que proponemos –uno por semana, a partir de hoy mismo, durante un mes– son personales y se alejan de los moldes convencionales del reseñismo al uso. Cada uno de los críticos ha tenido libertad para afrontar la novela por las vertientes que más le interesaban. Por nuestra parte, contamos con hacer un balance del ensayo una vez concluido.

A ver.

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Llevando el cambio del barrio a Europa

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Tan frenético es el ciclo político que estamos viviendo que parece que hace muchos más años y, no cuatro, que Podemos irrumpió en las elecciones europeas. Su resultado sorpresa –1,2 millones de votos y 5 eurodiputados– fue de tal trascendencia que generó interés mediático alrededor del mundo. En Le Monde la noticia se tituló El éxito de Podemos causa ardor de estómago entre otros partidos”, mientras que en The Guardian, Paul Mason advirtió que la aparición de Podemos tendría que servir como “toque de atención para la izquierda europea“, para que abandonara su apoyo a las políticas de austeridad.

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Lo cierto es que aquellas elecciones marcaron un punto de inflexión en la política española. Más allá de Podemos, se presentaba una amplia gama de candidaturas alternativas, algunas de las cuales, como Primavera Europea o Izquierda Plural, sacaron escaños y otras, como el Partido X, se quedaron a las puertas de conseguirlos. La consecuencia fue que, por primera vez, el PP y el PSOE sumaban menos del 50% de los votos, una tendencia que se ha visto confirmada en las convocatorias electorales posteriores. Sin duda, ese fue el principio del fin del bipartidismo en España.

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Poco más de un año después, en mayo del 2015, las elecciones municipales representaron un gran salto cuantitativo y cualitativo para el espacio del cambio. En muchas ciudades, candidaturas ciudadanas conseguimos poner los objetivos por delante de las siglas y, con un gran dosis de generosidad colectiva, sumar para ganar. Hoy día las llamadas ciudades del cambio son el principal baluarte institucional en la lucha por la radicalidad democrática y la defensa del bien común; nos han enseñado que es a través de las pequeñas victorias –las multas a los bancos que mantienen viviendas vacías o la prevención de miles de cortes de luz en defensa de los derechos energéticos– que se puede mostrar que hay alternativas al status quo

Ahora bien, el régimen está mostrando una capacidad formidable para restaurarse y poner trabas a las medidas impulsadas en las ciudades del cambio. Tanto en Cataluña como en Madrid, Convergència y el PP están recurriendo al nacionalismo para blanquear la corrupción y los recortes, y fortalecerse en base al miedo y el odio a otro. Para colmo, tenemos a Ciudadanos intentando ganar al PP en españolismodesde la oposición. Esta polarización alrededor del eje nacional se ha mostrado extremadamente dañina para los proyectos de transformación democrática.

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Si levantamos la cabeza y miramos más allá de nuestras fronteras, el panorama europeo no es más tranquilizador; la ciudadanía alrededor del continente sigue sufriendo los efectos de casi una década de políticas de austeridad y recortes en derechos, después de más de 14 años liderados por Partido Popular Europeo. Y, lo que es más grave, en muchos países la derecha xenófoba es quien mejor se está apropiando de las ganas de ruptura que hay entre la población. 

Es urgente volver a construir horizontes de cambio reales si no queremos que se consolide la deriva reaccionaria global y de repliegue nacionalista que nos envuelve. La  coincidencia de las elecciones municipales y europeas en el 2019, por primera vez desde hace 20 años, es una oportunidad excepcional para hacerlo.

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En primer lugar, se podrán conjugar las dimensiones locales y europeas a fin de superar el marco nacional y poner en valor las alianzas entre municipios y territorios a nivel estatal y europeo. En segundo lugar, ambas convocatorias deberían servir para poner en valor los puntos fuertes del espacio del cambio: la política de la proximidad y del avanzar haciendo, la articulación de identidades colectivas que vayan más allá de lo nacional o lo étnico y la solidaridad entre pueblos, entre otros.  

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Asimismo, hay mucho margen para elaborar una agenda municipalista para Europa; las lecciones aprendidas durante este primer mandato de la izquierda transformadora en los ayuntamientos y el Parlamento Europeo nos dan las herramientas para hacerlo. Debemos confeccionar una agenda que busque palancas de cambio en las instituciones europeas para conseguir mejoras en la vida cotidiana. Una agenda que apueste por el trabajo en red entre ciudades para construir alternativas democráticas a las estructuras europeas actuales desde abajo. Por ello, desde Barcelona En Comú impulsamos una agenda de debates para abordar cómo llevar las principales batallas municipalistas  –el derecho a la vivienda, la calidad del aire o la remunicipalización del agua– a la Unión Europea.

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Las ciudades del cambio se han convertido en un faro de esperanza para mucha gente que desde toda Europa está expectante de su evolución. En el próximo año y medio se podrá comprobar si la nueva ola municipalista va más allá de un mero fenómeno circunstancial de indignación y es la demostración del éxito y la consolidación del “sí se puede”. Fortalecer estas experiencias y llevar las preocupaciones y propuestas de los barrios al Parlamento Europeo, permitirá dar voz y reforzar un movimiento que aspira a cambiar las relaciones de poder con un inequívoco compromiso internacionalista. 

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Kate Shea Baird y Marta Junqué.  Comisión Internacional de Barcelona En Comú.

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La libertad de expresión es para los enemigos

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En 2018 se cumplirán aniversarios redondos de muchos eventos históricos pero ninguno de un calado tan radical como el 70º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. Con esta Declaración la humanidad en su conjunto asumía como universal un catálogo de derechos sin cuyo cumplimiento íntegro una comunidad humana ha fracasado como tal. 

La radicalidad de la Declaración Universal de Derechos Humanos consiste en asumir el fin de la validez de aquella pragmática y machista frase de un secretario de Estado de EE.UU. sobre el dictador nicaragüense Anastasio Somoza: “es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”. La consideración de los Derechos Humanos como universales es lo que hace que sean importantes: entender que su validez consiste, precisamente, en valer para todos y todas, es lo que le da la vuelta a esa detestable frase a la que habría que contestar precisamente que “los derechos humanos son para los hijos de puta”.

La reciente sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenando a España por tratos inhumanos y degradantes a los etarras Portus y Sarasola nos pone un espejo desde el que vale la pena reflexionar sobre la universalidad de todos los derechos humanos. Nadie está a favor de torturar a un amable joven que ayuda a cruzar la calle a los ancianos y no deja un envase sin reciclar. Cuando se demuestra que se está contra la tortura es cuando renunciamos a ella al detener a unos asesinos que, además de matar a dos seres humanos, dieron al traste con la esperanza de paz de todo un país. Avergüenza ver retratados a miembros de instituciones judiciales y policiales que anteponen una falsa razón de Estado a los principios democráticos y liberales que deberían estar fundamentando tal Estado. Y resulta un bochorno contemplar cómo determinados medios de comunicación señalan como enemigos del país no a quienes lo han hecho fracasar como Estado garante de los derechos humanos sino a quienes han rechazado tal ataque. Defiende a España quien se niega a que en España se produzca ningún trato degradante y quien exige sanción si llega a producirse. Porque como país fracasamos si ganan quienes defienden, como aquél pragmático y machista secretario de Estado, a “nuestros hijos de puta”.

La tortura suele ser el síntoma más grave y evidente de que una sociedad ha dejado de entender que los derechos humanos son universales. Pero este caso extremo permite elevar la mirada más allá y reflexionar sobre la precaria situación de los derechos humanos que sufren una regresión muy preocupante. En las últimas fechas se han acumulado noticias sobre ataques a la libertad de expresión: el secuestro judicial de un libro como Fariña, la censura de una obra en ARCO y el inminente ingreso en prisión de un rapero por sus letras han llevado incluso a Amnistía Internacional a mostrarse preocupada por la libertad de expresión en España, deteriorada en los últimos meses con instrumentos jurídicos basados en “categorías vagas”.

Las leyes mordaza y la expansión de la persecución de la libertad de expresión bajo el pretexto de estar luchando contra el odio está estrechando preocupantemente los márgenes de lo que se puede decir. De nuevo el principio es el mismo. La defensa de la libertad de expresión se demuestra cuando defendemos que se pueda decir justamente aquello que no nos parece bien: aberraciones, opiniones que están en nuestras antípodas morales o que incluso nos puedan resultar repugnantes. A todos nos resulta muy fácil defender que nuestras opiniones y las de nuestros afines se deben poder expresar, por eso justamente demostramos nuestro compromiso con la libertad de expresión cuando queremos que hablen, no quienes expresan nuestras opiniones, sino quienes defienden las contrarias. La libertad de expresión es para nuestros enemigos, la defendemos cada vez que protegemos la expresión de quienes dicen algo que nosotros o nosotras nunca diríamos. Y por eso un Estado demuestra defenderla allí donde permite que se diga no lo inocuo, no lo inofensivo, no lo que no cuestiona al poder, sino justamente lo que lo hiere, lo señala, lo critica.

Todos podemos pensar que ciertas opiniones son preocupantes pero lo que merece preocupación no es nunca la expresión de una idea sino la existencia del pensamiento que es expresado. ¿Es que acaso desaparecen los pensamientos cuando no pueden ser dichos en público? ¿No es normalmente más bien al contrario? Lo que revela un artículo machista es un clima, un sentido común, un tipo de opinión que debemos combatir con inteligencia, una manera de ver el mundo que no se elimina con el borrado por decreto del artículo sino, seguramente dando respuestas y argumentos para desactivarla. Los prejuicios, sobre todo los más arraigados, nunca se combaten mandándolos callar sino obligando a que se muestren a la luz, permitiendo que se expresen y haciendo posible, por tanto, que puedan ser rebatidos y desmontados.  

Pero, además, la universalidad de los derechos humanos y de la libertad de expresión nos conviene tomárnosla muy en serio justamente a quienes no tenemos el poder. Si se admite que las opiniones repugnantes pueden ser censuradas estamos dando licencia al poder para censurar a sus enemigos: se escucha una enorme indignación contra cada tertuliano xenófobo, cada artículo machista, cada autobús del odio… pero, ojo, porque a quienes condenan a prisión es a los tuiteros que se mofan de Carrero Blanco o a los raperos que se burlan de la corona. Nunca se protegen los derechos de los menos poderosos reforzando la idea de que hay que censurar las opiniones que nos ofenden sino, más bien, entendiendo que la libertad de opinión suele siempre ofender a alguien y que ese no puede ser nunca un motivo legítimo para limitarla. La universalidad de los derechos humanos es una garantía para los de abajo, para las de abajo, para quienes no estamos en el poder, para quienes defendemos una sociedad más libre, democrática y emancipada. Más nos vale pecar de puritanismo en esto. 

Recordemos siempre que oponerse a que se torture a un criminal no supone defender al criminal sino defender una sociedad democrática y decente. En tiempos en los que se mete en la cárcel a raperos y tuiteros recordemos también que defender que se pueda publicar un artículo, un tuit o una canción con contenidos que nos pueden parecer machistas, homófobos o racistas no supone defender lo publicado en tal artículo sino garantizar la capacidad de discutir con él y argumentar por qué nos repugna. El aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos nos brinda la ocasión de exigir con máxima atención el cumplimiento íntegro del catálogo de derechos que recoge. No existe sobre la mesa un programa político más ambicioso que ese. La Declaración es hoy un programa político revolucionario que tiene una ventaja sobre cualquier otro: que toda la humanidad ha asumido el compromiso con ella. Exijamos que se cumpla que tenemos mucho que ganar.

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Clara Serra y Hugo Martínez Abarca son diputados de Podemos.

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España, capital Ankara

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Uno ya no sabe si es miopía, torpeza o mala baba. Lo que parece inapelable es que existe una predilección congénita por la mordaza y la picota, por calzar un capirote al disidente y arrastrarlo al pilón de la plaza del pueblo para que cundan el ejemplo y el miedo. Así son los mecanismos ancestrales de esta democracia de baratillo a la que nos hemos ido acostumbrando entre el estupor, la indignación y la impotencia por no ser capaces de conquistar las calles y restablecer el sentido común, si es que tal virtud existió en algún momento.

Este martes pasado, el mismo día en que se cumplían quince años del cierre ilícito del periódico Egunkaria a manos de la Guardia Civil, el Tribunal Supremo propinaba tres años y medio de prisión al rapero mallorquín Valtònyc. Incapaces de detectar un solo rastro de dinamita en sus canciones, la hinchada ultra ha llevado el debate al terreno del escándalo y el mal gusto, como si fueran cometido de la justicia las consideraciones morales y las valoraciones estéticas. Valtònyc enaltece el terrorismo aunque no exista terrorismo que enaltecer. Valtònyc injuria a la Corona porque el Código Penal concede a la familia real un rango divino de especie protegida. Qué más da que en 2011 el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo condenara a España a indemnizar a Arnaldo Otegi por haberle imputado de forma “desproporcionada e injustificable” este mismo delito. Y es que Otegi había señalado al rey Juan Carlos como “responsable de los torturadores” que interrogaron durante cinco días de incomunicación al director de Egunkaria, Martxelo Otamendi, durante la clausura y desguace del periódico. Para cerrar este círculo de arbitrariedades y bochorno internacional, Estrasburgo volvió a condenar a España en 2012 por no investigar aquellas torturas.

El mismo martes en que se confirmaba la sentencia contra Valtònyc, una jueza concedía al ex alcalde de O Grove, Alfredo Bea Gondar, el secuestro cautelar del libro Fariña, de Nacho Carretero. Fariña es un fresco despiadado del narcotráfico gallego y a Bea Gondar, que defendió las siglas de Alianza Popular en Pontevedra durante los años de pujanza de Sito Miñanco y Laureano Oubiña, no le ha gustado figurar entre sus páginas. Lo cierto es que en 1991, cuando quedaban apenas tres días para el pleno de su última investidura, Bea Gondar fue arrestado por narcotráfico. La Audiencia Nacional le condenó a cuatro años de cárcel y 600.000 euros de multa, pero el Tribunal Supremo terminó anulando aquella sentencia por un defecto de forma. Sí fue condenado, en cambio, a cuatro años de prisión por un delito de blanqueo de capitales con agravante de pertenencia a organización criminal. Nacho Carretero se limita a reproducir unos hechos probados en el sumario que instruyó Baltasar Garzón, pero Bea Gondar apela a su derecho al honor después de una carrera política muy poco honorable.

A la mañana siguiente de conocerse la orden de secuestro de Fariña, el presidente de Ifema mandaba retirar una obra de Santiago Sierra de la feria de Arte ARCO de Madrid. Sierra había cometido la osadía de colgar veinticuatro retratos pixelados bajo el título de Presos Políticos en la España Contemporánea. Entre el galimatías de píxeles era posible discernir los rostros de Andrés Bódalo y Alfon junto a la anarquista Noelia Cotelo, el vicepresident Oriol Junqueras, Jordi Sànchez, Jordi Cuixart, los titiriteros de Alka-ETA y los jóvenes de Altsasu. El mural resultaba tan apabullante que la institución ferial prefirió descolgar las piezas y exhibir una pared desnuda. Nunca una superficie en blanco había resultado tan elocuente. Al fin y al cabo, han tenido que transcurrir 37 ediciones de feria desde 1982 para que alguien se atreva a silenciar un proyecto artístico.

Si la sentencia contra Valtònyc ha servido para difundir sus letras proscritas y multiplicar las contrataciones en festivales, la cacería contra Fariña ha resucitado las ventas de la pequeña editorial Libros del K.O. igual que se ha prodigado en las redes el panel carcelario de Santiago Sierra. Este efecto Streisand es el resultado paradójico de la censura en la era de la viralidad, y sin embargo, corremos el peligro de la complacencia en las victorias menores. La realidad más descarnada es que un escritor de canciones va a ser devorado durante tres años y medio por el superpoblado enjambre de los centros penitenciarios españoles. Que este régimen cuartelario de charanga y peineta en que se ha convertido España persigue delitos políticos con una saña directamente proporcional a la clemencia que dispensa a los corruptos. Que este estado de excepción encubierto en que vivimos nos impulsa cada vez más arriba en el ránking de la infamia inquisitorial, lejos de cualquier democracia avanzada y mordiéndole los talones a Turquía.

Valtònyc, Nacho Carretero y Santiago Sierra no son iguales pero son lo mismo. Porque en este hat-trick de censura y cerrojo hay castigos de distinta severidad pero persiste el hilo común de la persecución contra toda forma de discrepancia política. Por supuesto que el artículo 20 de la Constitución reconoce y protege el derecho a expresarse libremente. El problema es que de esa Constitución ya solo queda el artículo 155 para secuestrar gobiernos enemigos y el 135 para entregar el sistema público a los bancos alemanes. Para humillar al débil y humillarse ante el poderoso sí que son patriotas.

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