Italia frena la llegada de inmigrantes sobornando a las mafias libias

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

El Mediterráneo, “el mar de en medio”, se ha convertido en una gran fosa común. Es como si la materia líquida de repente se hubiese retirado para acoger en su útero cuerpos lívidos, sin peso y sin identidad.

Cada día, en las dos orillas que esperan la ola, llega la noticia de un nuevo desembarco finalizado con éxito o de una tragedia anunciada.

Leer los datos de Fortress Europe, un magnífico observatorio sobre migraciones a lo largo de las fronteras de Europa traducido en veintiún idiomas, significa tomar conciencia de la guerra silenciosa que, día tras día, se combate entre las olas. Desde 1988 al menos han muerto 27.382 migrantes intentando derribar la muralla de Europa: 4.273 solo en 2015, más de 3.000 en 2014.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right1m’).setAttribute(‘id’, ‘Right1’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right1’); }); }

En los conflictos precedidos por declaraciones formales de guerra mueren menos soldados.

No se recupera ni siquiera la mitad de los cuerpos; yacen en los fondos marinos del canal de Sicilia, en el fondo de las aguas entre Libia y Túnez.

En las rutas aparentemente menos transitadas, más de doscientos migrantes han perdido la vida navegando desde Argelia hacia Cerdeña.

Más al oeste, 5.000 personas han muerto en sus viajes hacia España en embarcaciones precarias, desde el Sáhara occidental y desde Senegal hacia Canarias, o desde las costas marroquíes atravesando el Estrecho de Gibraltar.

Desde 1988 al menos han muerto 27.382 migrantes intentando derribar la muralla de Europa: 4.273 solo en 2015, más de 3.000 en 2014. En los conflictos precedidos por declaraciones formales de guerra mueren menos soldados

No son estos los números que se convierten en noticia en Italia; los periódicos y las televisiones, principalmente aquellas controladas por la familia Berlusconi, airean cotidianamente otras noticias, reales o inventadas: los desembarcos en la costa siciliana, los contagios presuntamente causados por los africanos, la posible importación de delincuencia, el enorme flujo de dinero público que sería necesario para acoger a los inmigrantes…

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right2m’).setAttribute(‘id’, ‘Right2’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right2’); }); }

Este despliegue mediático se centra de manera morbosa en los efectos de la migración, rozando superficialmente las causas, con un objetivo clarísimo: plantearlo como un problema y exagerarlo hasta el punto de convertirlo en alarma social, en una inquietud gobernada no por la política sino por el instinto, por la irracionalidad.

Esto es lo que ocurre en Italia, donde, según una reciente investigación del Observatorio Europeo sobre la seguridad, el 47% de los ciudadanos cree que la inmigración es una emergencia.

Así, mientras en el pasado la pìetas encontraba espacio entre los sentimientos de la gente, en los últimos meses está enraizando la indiferencia, el miedo. Una señal distinta, captada inmediatamente por una política rapaz que no interviene sobre los fenómenos y que espera a percibir el estado de ánimo prevalente para adoptar las medidas consecuentes.

if (!isMobile) {googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Bottom’); }); }

Tras la derrota de Marine Le Pen, con la que Matteo Salvini, líder de la Liga del Norte, integra en el Parlamento de Bruselas el grupo Europa de las Naciones y de la Libertad, el partido xenófobo de la Padania ha dejado de lado el tema del euroescepticismo y del referéndum contra la moneda única –por otra parte irrealizable en Italia puesto que el artículo 75 de la Constitución no consiente consultas sobre los tratados internacionales ratificados por el Estado–. Da más frutos concentrarse en la cuestión de la inmigración.

Hacía mucho tiempo, desde los años setenta –cuando las protestas juveniles de la extrema derecha y la izquierda extraparlamentaria llenaban las plazas–, que los grupos extremistas de derecha no tenían tanta influencia sobre una parte tan importante de la población. Gritando eslóganes como “antes los italianos” o “cerremos las fronteras” intentan replicar el éxito de Amanecer Dorado en Grecia.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right3m’).setAttribute(‘id’, ‘Right3’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right3’); }); }

El Movimiento 5 estrellas de Beppe Grillo, que se ha mostrado esquivo en muchos temas decisivos con el objetivo de ganarse un electorado transversal y post-ideológico, ha adoptado una nítida posición de crítica hacia las políticas de acogida de migrantes.

Los pequeños movimientos de centro, vinculados al mundo clerical, como el minipartido del ministro de Asuntos Exteriores, Angelino Alfano, han dejado de lado los valores cristianos y muestran su rechazo a las propuestas de ampliación del ius solis a los inmigrantes residentes.

Incluso el Partido Democrático de Matteo Renzi corre a sumarse a la derecha en el resbaladizo terreno de la seguridad, encubre el proyecto de ley sobre la ampliación de la ciudadanía y consiente que el ministro del Interior, Marco Minniti, hombre de izquierdas, cierre tratos muy cuestionables con Libia.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right4m’).setAttribute(‘id’, ‘Right4’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right4’); }); }

Estabilizar el flujo migratorio –esa es la consigna del responsable de Interior– reteniendo a los migrantes en África. Poco importa si la expatriación es por motivos económicos, o si los migrantes se ven obligados a abandonar su casa por guerras o catástrofes naturales; poco cuenta la distinción entre apátridas, esclavos, solicitantes de asilo o refugiados.

Oxfam revela que el 74% de los refugiados ha presenciado asesinatos o episodios de tortura hacia compañeros de viaje, que el 84% ha padecido tratos inhumanos y que un porcentaje igual ha visto cómo le negaban comida y agua en centros de acogida libios

Es como si, de pronto, políticos de izquierda, católicos, ultranacionalistas y representantes de la “anticasta” hubiesen decidido pasar una esponja húmeda por la pizarra donde, laboriosamente, a lo largo de los años, se habían ido fijando los principios sobre los que se asientan las convenciones internacionales (Ginebra, 1951, sobre los refugiados, y Nueva York, 1954, sobre el estatuto del apátrida) que han asegurado un grado de civilización distinto y mejor.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right5m’).setAttribute(‘id’, ‘Right5’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right5’); }); }

El acoso a los migrantes es rentable: en pocas semanas, el acuerdo sellado por Interior con algunos jefes de las tribus locales libias ha dado frutos, y los desembarcos en Italia se han reducido a la mitad, según los datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas sobre los refugiados. Hemos pasado de 23.000 en julio de 2016 a menos de 11.000 en el pasado mes de agosto.

El resultado ha servido para colmar de elogios al ministro Minniti, también por parte de representantes de la derecha radical. Incluso Alessandra Mussolini, nieta del Duce y europarlamentaria de Forza Italia, el partido de Berlusconi, ha afirmado que ahora se está poniendo un dique al fenómeno migratorio, adoptando medidas que solo un gobierno de derechas hubiera podido adoptar.

Interesan mucho menos los datos sobre la violencia hacia los subsaharianos retenidos en tierras libias. Desde 2006, Human Rights Watch acusa a Trípoli de detenciones arbitrarias y de tortura en los centros de detención para extranjeros, algunos de ellos financiados por Italia.

Un informe reciente de la organización humanitaria Oxfam revela que el 74% de los refugiados ha presenciado asesinatos o episodios de tortura hacia compañeros de viaje, que el 84% ha padecido tratos inhumanos y degradantes y que un porcentaje igual ha visto cómo le negaban comida y agua durante la estancia en centros de acogida libios.

Los únicos que rompen el silencio de la política son exponentes de la sociedad civil. Gino Strada, médico e histórico creador de Emergency, una asociación humanitaria que gestiona hospitales en áreas de conflictos, ha definido a Minniti como un “poli” que declara la guerra a los pobres sobornando a unos cabecillas. Strada ha querido distanciarse de aquellos que tiran al mar o devuelven a niños, mujeres embarazadas y pobres a centros que infligen tratos inhumanos. Médicos Sin Fronteras ha denunciado que el tráfico de migrantes en Libia se ha convertido en un negocio, igual que la extracción de gas y de petróleo. La sospecha es que aquellos que hoy están frenando a los migrantes son los mismos que ayer favorecían el tráfico, sirviéndose del plan Minniti, que amenaza con institucionalizar a traficantes, clanes mafiosos y corruptos. De hecho, ya está pasando: varias investigaciones judiciales han revelado que una parte considerable de los fondos para la acogida se han desviado hacia cooperativas conectadas con la mafia o hacia grupos de poder corruptos.

Libia e Italia parecen unidas, además de por razones históricas, por el negocio de los migrantes, de los desesperados, de los refugiados y por el nombre del dios dinero.

Resuenan en el aire las palabras de Benito Mussolini, que, en 1934, en pleno éxtasis colonialista, definió a los libios como “musulmanes italianos de la cuarta orilla de Italia”.

———–

Traducción de Elisa Mora.

from ctxt.es http://ift.tt/2yckiMj
via IFTTT

Anuncios

“Si hay un abuso de fuerza, sería muy difícil para el PNV apoyar al Gobierno”

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

En los miradores acristalados de las casas del Casco Viejo de Bilbao se ven más banderolas en solidaridad con los refugiados que por el reagrupamiento de los presos. Pero, cada tanto, en las Siete Calles, destacan los carteles anunciando una manifestación en apoyo del Procés catalán, la que tuvo lugar el 16 de septiembre. En Gara las primeras páginas las ocupa la visita de Arnaldo Otegui a Barcelona. Y en Madrid cada vez se habla más de lo que puede hacer el PNV con su apoyo al Gobierno de Mariano Rajoy y sus presupuestos según lo que vaya sucediendo en las próximas semanas. Por el paseo a lo largo de la ría frente al Guggenheim –museo que cumple ya veinte años, como la profundísima transformación de la ciudad–, camina Iñaki Anasagasti, diputado en el Parlamento vasco en los primeros años ochenta, portavoz del PNV en el Parlamento español durante dos décadas y luego senador. Ahora no ocupa ningún cargo en el partido y habla, días después del paseo y por teléfono, a título personal, como insiste en aclarar.

Una enmienda del PNV al texto constitucional durante la Transición podría haber evitado el problema con el que ahora nos encontramos en Cataluña, según ha escrito en un artículo en Deia.

El PNV no participó en la ponencia constitucional y fue Miquel Roca quien introdujo los términos “nacionalidades” y “regiones”. La Constitución no desarrolló esos conceptos y quedaron en la indefinición. Nuestro grupo parlamentario presentó una enmienda sobre la soberanía, para plantear que ésta reside en los diferentes pueblos que componen el Estado español. No se admitió y lo que se adoptó fue lo que se puede leer en el artículo 2 según el que la soberanía reside en el pueblo español, patria única e indivisible. A España no le ha venido mal tener un Estado autonómico, pero con su creación no se abordó en serio la solución a las demandas de autogobierno catalán y vasco.

¿Qué le parece la propuesta de Pedro Sánchez de reconocer la existencia de naciones en el Estado español?, ¿ayuda a resolver el problema?

Hay dos personas que me parecen clave, dos ponentes constitucionales: Miquel Roca y Herrero de Miñón. Me gustaría que el Consejo de Estado les pidiera un dictamen y que buscaran salidas

Es un cambio sustancial respecto a lo que ha defendido en los últimos años el PSOE. Pero está sin definir e inmediatamente ha salido Susana Díaz diciendo que Andalucía también es una nación. Me llama la atención que una persona como Susana Díaz, que es andaluza y por tanto española, no quiera aceptar que puede haber gentes en Cataluña y en el País Vasco que puedan ser españolas de nacionalidad, pero que se sientan catalanas o vascas. Es esa convivencia la que se plantea y si no se admite, pues se encuentra uno un 1 de octubre con la independencia como salida: si usted no me acepta como soy, me voy. Es un tema muy difícil, porque la nación se plantea como un status de privilegio, pero si España quiere soluciones, tiene que abordarlas.

Tal como quedó la Constitución, el referéndum de Cataluña es ilegal.

Según la legalidad española, sí. Según lo que los independentistas dicen, tiene legitimidad tras un acuerdo del Gobierno catalán, aunque no se dan cuenta de que Puigdemont es el representante ordinario del Estado en la Cataluña. El Estado tiene la fuerza coercitiva y el Gobierno catalán tiene la bandera y eso es muy difícil de casar si no hay un acuerdo como en Escocia, con el referéndum pactado que perdieron los nacionalistas, con lo que se arregló el problema, y a otra cosa.

¿Cómo valora el proceso, desde el año 2010, con el dictamen del Tribunal Constitucional sobre el Estatut hasta la aprobación de la Ley de Referéndum y la de Transitoriedad?

Durante cuatro años el PP tuvo mayoría absoluta y no quiso abordar el problema: ni a partir de la Diada de 2012, la que puso en marcha todo este proceso, ni con la consulta del 9 de noviembre de 2014. A ello hay que sumar que cuando se planteó la reforma del Estatuto Catalán el PP lo llevó al Tribunal Constitucional y éste no admitió que Cataluña se considerara una nación. Se cometieron muchas torpezas. También cuando Artur Mas propuso un pacto fiscal que tampoco se aceptó. Los portazos de Madrid han dado alas a una posición que no existía o que era minoritaria: el sentimiento independentista. El electorado catalán, el ciudadano, está agraviado, está supurando por la herida: si no me aceptas, si no me quieres, si no me solucionas el problema, pues yo me voy, ¿no?

¿Podría explicar también su visión sobre lo que ha hecho el Gobierno de Cataluña?

Con lo que no estoy de acuerdo es con hacer política con la CUP. Es como si en Euskadi hiciéramos política con Sortu. Los ámbitos tienen que ser más amplios, más ciudadanos, más de país, para no romper su cohesión. Se me puede contestar que si no se hace así no se logra poner en marcha nada, pero cuando no se tienen todas las cartas, hay que tener cuidado con cualquier movimiento. Respecto al debate del Parlament, los que hemos sido parlamentarios sabemos que hay un reglamento que hay que cumplir y lo que ocurrió no me gustó absolutamente nada. Pero también se argumenta que no ha habido posibilidad de hacer nada más que eso. En el fondo, este proceso ha puesto encima de la mesa que España se tiene que tomar en serio qué hacer con el País Vasco y con Cataluña.

Ha señalado algo a lo que no se da la suficiente importancia: que el clima de convivencia se esté deteriorando en Cataluña y comience a parecerse, salvando las distancias, al que reinaba en el País Vasco de los años ochenta y noventa.

La situación del País Vasco durante cincuenta años ha servido de vacuna y para decir a los demás lo que no hay que hacer. No creo que en Cataluña haya nadie con sentido común que esté pensando en utilizar los mismos métodos violentos que se usaron aquí, porque ya se ha visto en qué ha quedado todo. Al final, la propia ETA ha tenido que anunciar su disolución porque por ese camino lo único que lograba eran muertos y absolutamente nada. Lo que sí es cierto es que la sociedad tiene que convivir y todo esto lo que provoca es que se enfrente. Conozco gente que está deseando volver a la situación anterior, pero también que políticamente se tengan en cuenta las reivindicaciones catalanas.

¿Cómo se puede llegar a ese objetivo?

Hace falta mucha negociación discreta y no confrontación pública. Hay dos personas que me parecen clave, dos ponentes constitucionales: Miquel Roca y Herrero de Miñón. Me gustaría que el Consejo de Estado les pidiera un dictamen y que buscaran salidas. Ellos fueron redactores de la Constitución y podrían hallar una salida jurídica, política, administrativa, institucional, a la situación.

Ha dicho que Madrid ha dado muchos portazos a Cataluña. ¿Qué efectos podría tener otro?

no me obsesiono con eso de ser un Estado independiente en una Europa unida, porque esos son planteamientos del siglo XIX. Lo que nos interesa es una Europa fuerte y que en esa Europa tengamos nuestro encaje y que lo podamos tener también en el Estado español

Un enconamiento de la situación. Azaña decía que no se puede detener un torrente con una espada y esto se está convirtiendo en un torrente. Por muchas medidas de fuerza, de inhabilitaciones, de multas que el sistema judicial español establezca, esto no se va a solucionar así, esto hay que resolverlo negociando, negociando, negociando.

¿Cree que finalmente se va a celebrar el referéndum?

Se celebrará, pero habrá que ver la lectura que se puede hacer de un referéndum para el que no se puede hacer campaña, para el que las papeletas se tienen que llevar de casa, para el que no se sabe dónde están las urnas, para el que no se sabe cómo va a funcionar el censo, y, sobre todo, si la mitad del censo no vota. Podrá ser una victoria pírrica, pero no tendrá consecuencias políticas importantes.

¿Habrá una declaración de independencia?

Si uno quiere ser independiente, tiene que ser reconocido por otros Estados, y eso no va a ocurrir. Insisto en que hay que buscar soluciones, pero no soluciones traumáticas, porque estamos en Europa y eso no se puede olvidar: cuando tenemos una moneda única, cuando han desaparecido las fronteras, lo que hay que buscar es un encaje adecuado tanto en el Estado como en Europa.

Al Gobierno vasco también se le dio un portazo con el rechazo al Plan Ibarretxe, y ni los vascos ni el PNV se han sentido agraviados e incluso han moderado sus posiciones. ¿Por qué?

El Plan Ibarretxe se propuso en un momento de violencia aguda de ETA y buscaba una salida para acabar con ella. Zapatero y Rajoy se pusieron de acuerdo y no lo admitieron a trámite y el lehendakari disolvió el Parlamento, lo que quitó presión a la situación porque la gente se pudo expresar libremente. Por otra parte, estamos viviendo una convalecencia: tras un fenómeno tan duro como la violencia, poner las cosas en su sitio es complicado. Y ahora el lehendakari Urkullu tiene un Gobierno de coalición y la situación económica es muy grave. Aunque no hay que olvidar el debate de fondo, que afecta al País Vasco, y nuestra posición es que hay que dialogar y pactar.

¿Tiene que romper el PNV con el PP en Madrid?

Somos un partido nacionalista con 122 años, hacemos política y respetamos la catalana. Pero si hay un abuso de fuerza, sería muy difícil apoyar al Gobierno de Madrid. Por eso le pedimos al Gobierno central que actúe con seriedad y con la cabeza fría. Si pudiéramos hacer algo para que la situación catalana se resolviera, lo haríamos encantados. Siempre hemos sido partidarios de que Cataluña tenga una financiación adecuada. Y hemos puesto como modelo nuestro concierto económico, que creemos que es válido y necesario para Cataluña. Podemos aportar experiencia y datos.

Dice que si hay un abuso de la fuerza por parte del Estado central, entonces el PNV podría romper con el PP. ¿Qué se consideraría un abuso de la fuerza?

Una inhabilitación del Gobierno catalán, una inhabilitación de personas clave en la sociedad catalana. Hoy en día otro tipo de fuerza no la concebimos.

¿Su apoyo al PP tiene que ver con las posturas del PSOE y de Podemos?

Siempre hemos sido partidarios de que Cataluña tenga una financiación adecuada. Y hemos puesto como modelo nuestro concierto económico, que creemos que es válido y necesario para Cataluña

Nosotros siempre hemos podido pactar con el PSOE. Lo que pasa es que ha estado durante dos años sometido a problemas internos muy destacados; no se aclaraba. Pero en el caso catalán, por ejemplo, Sánchez y Rajoy parecen la misma persona. En cuanto a Podemos, Pablo Iglesias está aprendiendo mucho en muy poco tiempo. Y también Ada Colau: de ejercer la desobediencia civil ha pasado a no permitir que se usen las dependencias del Ayuntamiento para el referéndum. Una cosa es estar en la oposición y otra estar en el Gobierno.

¿Es el modelo social vasco, con unas tasas de pobreza más parecidas a las nórdicas que a las meridionales, una vacuna contra procesos como el catalán?

Las bolsas de pobreza cronificadas rompen la cohesión. Por eso la renta de garantía de ingresos que se paga en el País Vasco es fundamental para no dejar a la gente en la cuneta.

También me refería a uno de los primeros lemas del Procés, a ese “España nos roba”.

Es copia del “Roma nos roba” de Umberto Bossi. Yo creo que eso se arregla con un pacto fiscal. Y es lo que tiene que hacer fundamentalmente el Gobierno. Incluso lo ha planteado el propio exministro Margallo. Desde el 2 de octubre se tienen que poner a trabajar en estas cosas.

En el punto en el que estamos, ¿todo se arreglaría con un pacto fiscal?

Yo me imagino que el empresariado y el ciudadano catalán que está aburrido de tanto debate, que está cansado, quiere soluciones y que esto se encauce, y si yo pido diez y me dan cuatro, pues mira, al menos gano cuatro. Antes, con la mayoría absoluta del Partido Popular, uno pedía diez y le daban cero y, además, con una sensación de agravio in crescendo.

Ha trascendido que el PNV propone que el Rey ejerza un papel de árbitro. ¿Está de acuerdo?

El Rey tiene atribuido por la Constitución española un papel de árbitro y moderador. Aunque, para que pueda mediar, las dos partes tienen que aceptarlo, si una no lo hace, como ocurre con José Luis Rodríguez Zapatero, a quien la oposición venezolana no admite, éste no hace nada salvo ser un instrumento, en el caso que apunto, del Gobierno de Maduro.

El PNV mantiene un perfil bajo en este conflicto. En cambio, la izquierda abertzale ha dado su apoyo directo al independentismo catalán.

Tenemos una relación bastante fluida con el Gobierno catalán. Lo que pasa es que no hacemos declaraciones rimbombantes. En cuanto a la izquierda abertzale, mucha gente que ahora quiere hacer política y es independentista, durante cuarenta años ha estado apoyando que se matara. Por eso tampoco tiene mucha autoridad moral. Cuando veo a Otegi en Barcelona recibiendo aplausos me acuerdo de que hace un mes se celebró un acto de reconocimiento a las víctimas de Hipercor y Otegi no estuvo. Y hace poco se organizó un homenaje a Ernest Lluch y tampoco acudió.

¿Y si tuviera éxito en sus propósitos el independentismo catalán con este camino que ha emprendido, sería un modelo a seguir para el País Vasco?

No me gusta hacer futuribles y además yo lo veo muy difícil: conozco lo suficiente España como para decir que no lo va a tolerar nunca. Me da la impresión de que se puede negociar y de que se puede buscar un encaje, pero la independencia catalana, como la vasca, yo no la veo en esta década.

¿Qué forma tendría ese nuevo encaje? Su enmienda constitucional se asemejaba más a un estado confederal que a uno federal. Y también el Plan Ibarretxe y su estado libre asociado.

La izquierda abertzale se pone el disfraz de abertzale y con eso movilizan, pero en realidad ellos son como Podemos, pero con txapela. Nuestro modelo de sociedad no tiene nada que ver con el suyo

Yo soy partidario de un Estado confederal. Es algo que la España moderna tiene que tener en cuenta. Éste no ha de ser un estado unitario y absolutamente centralizado: en un Estado moderno, la política exterior, la monetaria, la fiscal… tienen que ser europeas. Por eso no me obsesiono con eso de ser un Estado independiente en una Europa unida, porque esos son planteamientos del siglo XIX. Lo que nos interesa es una Europa fuerte y que en esa Europa tengamos nuestro encaje y que lo podamos tener también en el Estado español.

Por la posición del PNV y por la actuación de la izquierda abertzale en el tema catalán, ¿cree que esta última puede capitalizar el sentimiento nacional vasco más ambicioso?

La izquierda abertzale tiene un disfraz nacionalista, que es motivador y movilizador, pero detrás del planteamiento abertzale, siempre se ha definido como marxista-leninista. Se ponen el disfraz de abertzale y con eso movilizan, pero en realidad ellos son como Podemos, pero con txapela. Nuestro modelo de sociedad no tiene nada que ver con el suyo.

¿Qué cree que pasará el día 2 de octubre?

El escenario del día 2, tal como yo lo veo, es una gran protesta porque no se ha podido celebrar el referéndum de una manera consensuada, un intento de Madrid por comenzar a hablar y una presión de las fuerzas políticas a nivel estatal y a nivel catalán de que hay que ponerse a buscar soluciones. Las diferentes fuerzas no deberían buscar satisfacción al cien por cien a sus aspiraciones. Por lo menos, debería moverse el tablero. Tendría que involucrarse todo el mundo, porque éste no es un problema estrictamente catalán, sino que tiene ramificaciones en todo el Estado español.

¿En ese buscar soluciones tendría que entrar un referéndum pactado?

Podría entrar. A mí sí me gustaría. Pero Ibarretxe y yo fuimos una vez a ver a Rajoy cuando era ministro de Administraciones Públicas para plantearle un referéndum para el Condado de Treviño, que ya es parte de Álava, y nos dijo: “Mirad, si esto estuviera en Ciudad Real, y no entre Burgos y Álava, estaría resuelto, pero da la casualidad de que está entre Burgos y Álava. Ni hablar. No va a haber referéndum”. Para algo como Treviño, nos respondió así. Y es el mismo Rajoy, yo creo que no habrá cambiado mucho. He puesto este ejemplo porque me parece muy gráfico.

from ctxt.es http://ift.tt/2xfv8SA
via IFTTT

¿Cómo reconstruir la clase media en tiempos de globalización y robotización?

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

La importancia creciente de la “economía emocional”

La ley de la oferta y la demanda ha muerto. Bueno, no en todos los mercados de bienes y servicios, pero sí en un número creciente de ellos. En todos los mercados en los cuales una ciega confianza de los consumidores sobre la supuesta calidad de los productos es lo que determina el precio que estamos dispuestos a pagar por ellos. En estos mercados los consumidores confían en que el precio es la señal más potente sobre la calidad de los bienes: “si es tan caro es que será bueno”.

Esto no es algo nuevo, numerosos economistas han resaltado desde hace bastantes años que en algunos mercados, en los cuales hay información asimétrica entre consumidores y vendedores (los vendedores saben lo que están vendiendo de verdad mientras que los consumidores no sabemos realmente lo que estamos comprando), los precios son fundamentales para que el consumidor se oriente sobre la calidad del bien.

Eso no quiere decir que la calidad de esos productos siempre esté en relación con su precio, ya que en la mayor parte de los casos los consumidores no estamos en disposición de acceder a esa información, o nos es muy costoso adquirirla. Cuando estamos dispuestos a pagar un precio elevado por la supuesta mayor calidad de un producto sin que tengamos una idea fehaciente de sus verdaderas características, en esos casos estamos hablando de los bienes superiores. La demanda de bienes superiores crece a pesar de que sus precios se incrementen, lo que pone en cuestión la ley de oferta y de demanda.

El ejemplo más utilizado es el del mercado de los coches de segunda mano. Si un vendedor de vehículos usados baja los precios de sus coches lo más probable es que venda menos, ya que la mayor parte de los posibles compradores pensará que la reducción de precios tiene que ver con una peor calidad de los coches ofertados.

Tal como indicó Joseph Stiglitz en su artículo The causes and consequences of the dependence of quality on price, publicado hace ya treinta años, en los mercados de bienes superiores la tradicional competitividad vía reducción de precios, y costes de producción, no es una garantía de que las empresas eliminen a los competidores con mayores precios y salarios y, por tanto, aumenten su cuota de mercado.

Para crear mercados de bienes superiores las empresas desarrollan innovadoras “tecnologías de comercialización” cuyo principal objetivo es crear valor emocional para sus productos, mediante la valorización de la marca, la creación de intangibles o la diferenciación del producto. Cuando un producto consigue “algo de valor de obra de arte” ello significa que los consumidores dejamos de tener criterios objetivos-racionales sobre la relación precio-calidad de dichos productos. Cuando el principal criterio para comprar un bien es subjetivo-emocional -“lo compro porque me gusta”-, los precios de venta, como en las obras de arte, se desconectan de los costes de producción.

Olvidando gran parte de la estúpida economía que nos enseñan

¿Qué ha cambiado en relación con los mercados de bienes superiores en los últimos treinta años, desde que Stiglitz escribiera dicho artículo?

El principal cambio ha sido el enorme volumen que han adquirido los mercados de bienes superiores en las sociedades desarrolladas. Ya no es algo propio de mercados marginales como el de coches usados, ocurre en multitud de bienes y servicios que consumimos habitualmente: lavadoras, coches, zapatos, vacaciones, formación, telefonía móvil, ropa, hostelería, restauración, etc. En las Sociedades de la Abundancia de los países desarrollados consumimos un porcentaje creciente de productos y servicios cuyos precios no vienen determinados por los costes de producción, sino por nuestra capacidad de gasto, y por la confianza emocional que depositamos en su supuesta calidad.

Resulta obvio que los mercados de bienes superiores no pueden crecer si de forma paralela no se incrementa el volumen de consumidores con una creciente demanda sofisticada, esto es, la clase media. A partir de los años cincuenta del siglo XX la clase media creció en la mayor parte de los países desarrollados gracias a que se produjo un reparto más equilibrado de la riqueza, en ello tuvieron un papel crucial los sindicatos. En las últimas dos décadas también se ha podido observar un notable incremento de la clase media en un número creciente de países emergentes: según un estudio del Credit Suisse la clase media china la conforman ya 109 millones de personas, mientras que la clase media de EE.UU. está compuesta por 92 millones. Ello ha permitido la creación de una robusta demanda sofisticada global, que en sus decisiones de consumo no se guía solo por el precio.

La evolución de las ventas de fideos instantáneos en China es un buen ejemplo de cómo los hábitos de consumo se modifican, de cómo la demanda se hace más sofisticada cuando mejora la riqueza de los ciudadanos de un país. Entre 2011 y 2015 el consumo de este producto de alimentación low cost –un paquete puede costar 40 céntimos de euro–, de escasa calidad y valor nutricional, se ha desplomado en un 25%, reduciéndose en 12.130 millones de euros, de forma paralela a la mejora de las condiciones de vida de decenas de millones de chinos.

La existencia de los mercados de bienes superiores también tiene efectos importantes en los mercados de trabajo, nos dice Stiglitz. En países con un elevado porcentaje de consumo de bienes superiores las bajadas de los salarios no reducen sustancialmente el desempleo, ya que el resultado de esas políticas será el empobrecimiento de la clase media y una consiguiente contracción de la demanda sofisticada, lo que generará más desempleo, principalmente en sectores cualificados. A la vez puede producirse un incremento de la importación de productos low cost para los nuevos consumidores empobrecidos. Es lo que ha sucedido en España, como se puede ver en los gráficos adjuntos.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

Por un lado en el gráfico 1 se puede observar cómo las políticas de devaluación salarial aplicadas a partir de mayo de 2010 han incrementado la desigualdad y la pobreza en España, la consecuencia del empobrecimiento global de la sociedad española ha sido que la tasa de desempleo se ha mantenido por encima del 20% durante más de cinco años.

Como se puede comprobar en el gráfico 2 las políticas que empobrecen a los trabajadores nacionales y reducen la demanda sofisticada nacional, terminan angostando la complejidad económica del país, esto es, disminuyen su capacidad de producción de bienes superiores y, por tanto, de mejorar su productividad por esta vía. Esto sucede en todos los países, excepto en el caso de economías muy dependientes de los mercados exteriores (de la demanda sofisticada de otros países), que no es el caso de nuestro país.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Observatory of Economic Complexity, OEC.

Este es un proceso inverso al que impulsó Henry Ford hace 103 años cuando dobló el salario, hasta los 5 dólares la hora, de sus trabajadores de la planta de montaje de Michigan que fabricaban el famoso modelo T de Ford. Dicha subida salarial incrementó la demanda sofisticada entre sus propios trabajadores, permitiéndoles comprar los mismos coches que fabricaban.

Sindicatos más fuertes y modernos

En los países más desarrollados, los incrementos de productividad experimentados en los últimos años han tenido cada vez en menor medida como origen la automatización de las cadenas de producción industrial, debido a que la mayor parte de estos procesos industriales ya fueron mecanizados con anterioridad, o deslocalizados a países emergentes con salarios más bajos.

Es cierto que en los países desarrollados se está produciendo una notable mejora de la productividad de los servicios, debido en gran medida a la digitalización e informatización de muchos procesos productivos repetitivos, que hasta hace poco se consideraban propios y exclusivos del conocimiento racional de los seres humanos. Sin embargo, por ahora, los incrementos de la productividad de los servicios están siendo muy inferiores a los obtenidos hace unas décadas en la industria. Hay que tener en consideración que la mayor parte de las actividades de servicios suponen una actividad económica que requiere una profunda interacción humana (entre vendedor y comprador, entre alumno y profesor, entre enfermo y personal sanitario) por lo que los bruscos incrementos de la productividad en muchos casos pueden suponer un deterioro de la calidad del servicio ofrecido.

Lo más relevante en la actualidad en estos países es el nuevo tipo de “productividad emocional” generada en los mercados de bienes superiores, en la que es más importante vender caro que fabricar barato. Esta nueva “productividad emocional” depende de dos factores: 1) de la capacidad de las empresas para crear valores intangibles-emocionales en sus bienes y servicios; 2) del poder de mercado de esas mismas empresas en las cadenas globales de producción, para imponer precios baratos en el suministro de piezas y componentes estandarizados.

Una parte importante de los procesos de producción industrial de los bienes superiores se ha trasladado a los países emergentes, sin embargo, el grueso de su comercialización y, por tanto, del proceso de creación de valor sigue teniendo lugar en los países desarrollados. El caso del valor de Iphone es paradigmático: en 2009, con un precio de venta al público de 500 dólares, el valor de la producción que se retribuía a los fabricantes chinos de piezas y componentes era de tan solo de 7 dólares, un 1,5% del valor final del producto, mientras que EE.UU. se quedaba con el 64% del valor del teléfono, 320 dólares, donde apenas se producía nada físicamente del teléfono móvil. Es indudable que en esos bajos salarios influye el hecho de que los 280 millones de trabajadores afiliados a los sindicatos chinos no tienen derecho a la negociación colectiva. En China no hay sindicatos libres.

Esta nueva “productividad emocional” tiene unas características muy diferentes. En el pasado las inversiones de capital físico en “tecnologías de la producción” tenían como principal objetivo mecanizar los procesos productivos, de forma que los fuertes incrementos de productividad alcanzados permitían retener, durante un largo periodo de tiempo, las ventajas comparativas que se obtenían en los precios. Las empresas eran capaces de fabricar productos homogéneos a precios más bajos que sus competidores durante varios años, hasta que nuevas inversiones en “tecnologías de la producción” permitían mayores reducciones de costes. Sin embargo, en la actualidad gran parte de las inversiones de capital se concentran en “tecnologías de la comercialización” cuyo objetivo es crear confianza emocional del consumidor en el producto de forma que el precio deje de ser el elemento determinante de su competitividad.

Resulta evidente que es mucho más difícil retener por un largo tiempo la confianza emocional de los consumidores frente a las ventajas de costes que se obtenían en el pasado después de afrontar fuertes inversiones en capital físico para mecanizar los procesos productivos. Por tanto, las ventajas competitivas obtenidas mediante las “tecnologías de la comercialización” son mucho más efímeras y volátiles que las obtenidas en el pasado a través de las inversiones en “tecnologías de la producción”.

Asimismo para los trabajadores, y para sus sindicatos, resulta mucho más difícil disputar los incrementos de productividad en la actualidad, en procesos productivos muy segmentados y localizados en varios países, que en las grandes fábricas fordistas donde la mayor parte del proceso productivo estaba integrado verticalmente y donde la propia homogeneidad del trabajo incorporado al proceso productivo era mucho mayor.

No obstante, donde se ha conseguido, como puede observarse en el gráfico 3 en el caso de Suecia, los incrementos de los salarios reales (líneas discontinuas) han sido superiores a los de la productividad (línea continua). En Suecia esto ha sucedido ¡!Durante los últimos veinte años!!, sin que se haya visto afectada la competitividad de su economía, que durante la última década se ha mantenido entre los diez países más competitivos del mundo, según el Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial de Davos.

Gráfico 3. España y Suecia. Evolución de los salarios reales y la productividad en el periodo 1995-2016.

Fuente: OECD Compendium of Productivity Indicators, May 2017

Mientras que en España el resultado de que los crecimientos salariales hayan sido inferiores a la productividad durante las dos últimas décadas ha sido que se ha generado pobreza, desigualdad social y se ha favorecido un modelo productivo basado en el low cost. La posición española en el Índice de Competitividad Global en la última década ha estado entre el puesto 29 y el 42.

Es imprescindible reforzar el mermado poder de negociación de los sindicatos, pero no se trata solo de recuperar capacidad de negociación pérdida, sino de afrontar una profunda modernización de las relaciones laborales que democratice la empresa, con el objetivo de incrementar la participación, y corresponsabilidad, de los trabajadores en su gestión.

Los sindicatos, también en España, ya están afrontando estos cambios productivos mediante una rearticulación de su acción sindical, y de su estructura organizativa, de forma que les permita cubrir un universo laboral mucho más segmentado y diverso, fruto tanto de la creciente complejidad de nuestras sociedades como de la externalización productiva y dispersión geográfica de los procesos de creación de valor.

Asimismo, la robotización y digitalización de una parte creciente de los procesos productivos debe ser un estímulo para que los sindicatos pongan en valor la inteligencia emocional que los trabajadores aportamos al trabajo, cuya remuneración a menudo está infravalorada por parte de las empresas. Las empresas, como el conjunto de nuestra sociedad, suelen reconocer en mucha mayor medida, sobre todo en términos retributivos, la inteligencia racional que ha sido validada a través de un sistema de formación reglado. De esta forma los sindicatos lograrán alcanzar un reparto más igualitario de la nueva “productividad emocional”.

Una política industrial que permita una nueva inserción de las empresas españolas en la globalización

Una política de extrema devaluación salarial, como la que ha vivido España durante los últimos años, genera negativas consecuencias en la capacidad de inserción de las empresas de un país en los procesos de globalización productiva y comercial existentes. No olvidemos que las cadenas globales de producción implican ya a más de 400 millones de trabajadores en todo el mundo.

El problema de las empresas españolas no es tanto una especialización en sectores con bajo valor añadido, sino que, independientemente de que en qué sector operen, tienen muchas dificultades para producir bienes superiores. No obstante, la creación por parte de las empresas de intangibles emocionales mediante la utilización de “tecnologías de la comercialización” es una condición necesaria, pero no suficiente, para incrementar de forma sostenible la productividad de las empresas de los países desarrollados.

Como hemos visto, debe ir acompañada de una política industrial moderna que incremente el poder de mercado de las empresas nacionales. Que les permita disputar los precios a los proveedores extranjeros de componentes homogéneos y estandarizados de los bienes superiores. Sin una adecuada política industrial, el “mantra” del fomento de la economía del conocimiento es una apuesta insuficiente para la mejora de las condiciones de vida del conjunto de la población en países medianos-pequeños como el nuestro.

Una moderna política industrial, cuyo objetivo debe ser que el valor añadido generado por las empresas españolas, gracias al desarrollo de las “tecnologías de la comercialización”, no se pierda, como el agua entre las manos. Que permita que las empresas españolas se enfrenten a la creciente capacidad que tienen cada vez más empresas de países emergentes para imponer sus precios en las cadenas globales de producción, debido a sus continuas mejoras en la innovación productiva y comercial que son propias de mercados muy dinámicos.

Un país con un elevado volumen de empresas capaces de crear bienes superiores, con una política industrial que facilite que esas empresas retengan su poder de mercado, y con unas relaciones laborales más democráticas y modernas, entrará en un círculo virtuoso que permitirá una mejora de las condiciones salariales del conjunto de sus trabajadores y de las condiciones de vida de sus ciudadanos.

Por el contrario, en un país cuya estructura productiva se caracterice por un creciente peso de empresas precio-aceptantes posicionadas en mercados low cost, en los que el elemento determinante de la competitividad sea el precio y que estén caracterizadas por un modelo autoritario de relaciones laborales donde se haya cercenado gran parte de la capacidad negociadora de los trabajadores, entrará en un círculo vicioso en el que se incrementará extraordinariamente la cantidad de trabajadores, y ciudadanos, pobres.

La creciente especialización productiva de las empresas españolas en aquellas partes de los procesos que menos complejidad incorporan, que menos productividad añaden, está haciendo que estemos saliendo de la crisis asemejándonos cada vez más a los países emergentes y no al club de los países desarrollados, al que aún creemos pertenecer.

Una crisis internacional, como la vivida en 2007, significa también una alteración de las relaciones de poder, esto es, de la capacidad de imponer precios que hasta ese momento han tenido determinadas empresas y países. La evolución de nuestro país dentro del contexto internacional indica que la recuperación de España no va por el camino adecuado para garantizar el bienestar presente y futuro de sus ciudadanos. Como hemos visto, en los últimos veinte años la productividad en Suecia se ha incrementado en más de un 40%, y los salarios reales cerca de un 50%, mientras que en España el aumento de la productividad ha sido inferior al 20% en ese mismo periodo, y el de los salarios reales no ha llegado al 10%.

—————————————

Bruno Estrada. Economista, adjunto al SG de CCOO.

Este texto está publicado en Economistas Frente a la Crisis.

from ctxt.es http://ift.tt/2xfv0CA
via IFTTT

Primavera

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

Con el cambio climático, negado por Trump y Compañía, el tiempo meteorológico ya no es lo que era, se ha vuelto loco, y ahora puede prolongarse el verano hasta los Santos y llegar el invierno hasta Semana Santa y haber unas navidades cálidas y una primavera bajo cero, que dura hasta los primeros calores de junio. A esta nueva primavera no debe referirse la señora Báñez, ministra de Empleo, cuando habla de que España vive una permanente primavera. La señora Báñez debe estar encerrada en una burbuja estratosférica, a cientos de años luz de la tierra de los fines de mes, de los contratos basura, del trabajo juvenil precario, del paro fijo de los parados de más de cincuenta años, de la pérdida de los derechos laborales, del despido libre, de las limitaciones del derecho de huelga, con servicios mínimos del 90% y laudo obligatorio, de las pensiones insuficientes, prácticamente congeladas desde hace años, compartidas con los nietos en paro, del cierre continuo de las pequeñas tiendas y el aumento de los beneficios de los grandes almacenes, de las vacaciones de verano reducidas al mínimo, por falta de recursos, de la proliferación de los talleres dedicados a reciclar la ropa vieja, de la avalancha de los pedigüeños por la calle, con sus carteles infamantes, del desprendimiento de las queridas joyas de la tradición familiar para sobrevivir, de las insistentes colas de las oficinas del paro, de los improvisados camareros del verano. La señora Báñez debe referirse a la primavera antigua, la de las minoritarias Juntas de Accionistas, que se celebran por abril y junio, para certificar los balances optimistas de las Cuentas de Resultados y hacer los felices planes de expansión, para el futuro, de las nuevas inversiones, de rentabilidad asegurada, al amparo del Ministerio de Economía.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right1m’).setAttribute(‘id’, ‘Right1’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right1’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right2m’).setAttribute(‘id’, ‘Right2’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right2’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right3m’).setAttribute(‘id’, ‘Right3’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right3’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right4m’).setAttribute(‘id’, ‘Right4’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right4’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right5m’).setAttribute(‘id’, ‘Right5’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right5’); }); }
if (!isMobile) {googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Bottom’); }); }

from ctxt.es http://ift.tt/2xjJnHn
via IFTTT

“Rajoy ha subcontratado a los jueces un problema que es político”

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right1m’).setAttribute(‘id’, ‘Right1’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right1’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right2m’).setAttribute(‘id’, ‘Right2’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right2’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right3m’).setAttribute(‘id’, ‘Right3’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right3’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right4m’).setAttribute(‘id’, ‘Right4’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right4’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right5m’).setAttribute(‘id’, ‘Right5’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right5’); }); }
if (!isMobile) {googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Bottom’); }); }

from ctxt.es http://ift.tt/2f7QwAP
via IFTTT

El paro masculino tampoco reduce la brecha de género

Espacio realizado con la colaboración del
Observatorio Social de “la Caixa”.

El estallido de la crisis en 2007 y el inicio de la recesión supuso una reducción de los ingresos medios de la gran mayoría de la población española, independientemente del género o del nivel de estudios que posean. Entre otras razones, por el crecimiento imparable de la tasa de paro, especialmente concretado entre la población masculina. Pese a ello, y de forma desagregada, siguen existiendo importantes diferencias entre estos grupos: la brecha de ingresos entre los distintos niveles de estudios –básico, medio y superior– es similar al periodo precrisis, y se mantiene en algo menos de 9.000 euros entre la población con educación básica y la que tiene superior, según datos de Eurostat para el año 2014. Si se tiene en cuenta el género, la caída de los ingresos tampoco ha supuesto un descenso importante de la desigualdad entre hombres y mujeres en el país: entre 2009 y 2014, la brecha de ingresos se ha reducido unos 500 euros entre hombres y mujeres con educación básica y media, mientras que ha crecido en cerca de 700 entre los que tienen educación superior.

Ni siquiera un crecimiento del paro masculino mucho más elevado que el femenino ha afectado significativamente a esta brecha en los ingresos: entre 2007 y 2013, el porcentaje de hombre de entre 20 y 64 años que trabajaban se redujo cerca del 17%, por menos del 4% entre las mujeres.

Las diferencias entre España y sus socios comunitarios son, una vez más, grandes. Entre 2010 y 2013, el nivel de ingresos de las mujeres españolas, en cualquier de los grupos formativos, ha pasado de ser superior a la media de la Unión Europea de los veintiocho a ser sensiblemente inferior. En el caso de los hombres, ocurre los mismo si estos tienen un nivel de estudios medio, mientras que entre los que contaban con educación básica y superior se partía de una situación similar en 2010 y en 2013 ya estaban al menos a 1.500 euros de distancia.

Todo ello pese a que, en 2015, el 41% de la población española tenía un nivel de educación superior, tres puntos por encima de la media de la UE-28.

——————

Este artículo ha sido elaborado a partir de lo expuesto en el infodato Jóvenes y participación, publicado en el Observatorio Social de “la Caixa”.

from ctxt.es http://ift.tt/2w57E10
via IFTTT

Antonio Machado, el Memorial Democrático y los abusos de la historia

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

Hay un dato que hace de Cataluña una comunidad singular: es la única que ha concebido una institución para reconocer la memoria del antifranquismo, el Memorial Democrático (MD). Y constituye una vergüenza sin paliativos que los gobiernos españoles –y los españoles a secas– no hayan/hayamos logrado establecer, por encima de siglas y querencias, un espacio dedicado a evocar los horrores de la Guerra Civil y el franquismo del modo en que lo han hecho otros países de nuestro entorno con sus memorias traumáticas. Como escribe Montserrat Iniesta, que jugó un papel protagonista en su concepción, “por primera vez una entidad del Estado asumía la responsabilidad de restituir la memoria de cuantos hicieron posible la reconstrucción del sistema democrático como patrimonio cultural colectivo” (Instrumentos para una política de la memoria). Ricard Vinyes, el otro arquitecto del proyecto, señala que su objetivo “es asumir como patrimonio de la nación los esfuerzos, los conflictos, las luchas y las memorias que han hecho posible el mantenimiento de los valores éticos de la sociedad y de la organización política que nos hemos dado, y sobre los que se sostienen sus expresiones institucionales, la Constitución y el Estatuto de Autonomía” (El asalto a la Memoria). Los dos textos son de 2011, hace 6 años. En 2013, el Museo Memorial del Exilio (MUME), de cuyo consorcio forma parte el MD, programó una actividad sobre las rutas del exilio con Walter Benjamin y Antonio Machado como figuras centrales. La actividad se cerraba con la visita a la tumba de Machado en Collioure. El 17 de julio del año pasado tuvo lugar un acto conmemorativo de los 80 años de la Guerra Civil en el Palau de la Música, con la presencia de Carles Puigdemont, Carme Forcadell y Raül Romeva. Durante el acto, impulsado por el MD y organizado por el Departamento de Romeva, se proyectaron vídeos de varios testigos que se alternaban con textos, entre ellos de Antonio Machado. Eso pasó el verano pasado. Este verano, en cambio, el historiador Josep Abad, en un informe encargado por la regiduría de Cultura del ayuntamiento de Sabadell (ERC) gobernado por un alcalde de la CUP, recomendaba borrar a Machado del callejero por “anticatalanista” y “españolista”; a la vez que proponía la misma medida para Goya, Quevedo, Larra, Góngora y Lope de Vega por su perfil “franquista”. Sobre la calidad de la producción historiográfica de tracción nacionalista está todo dicho y volveré sobre ello. Lo que aquí me interesa destacar es el silencio del MD sobre las incalificables palabras de Abad sobre Machado, habida cuenta de su objetivo de guardián de la memoria y del lugar de Machado en ella. Es un silencio que Freud calificaría de elocuente como enseguida señalaré.

El mutismo del MD es ilustrativo de la marcada trayectoria de su corta vida, apenas diez años. Sus avatares recientes son inseparables de las torsiones que el procés ha imprimido al tejido institucional y social. Primero por el lado cuantitativo: se reduce la plantilla y el presupuesto (un recorte del 60% entre 2010 y 2014, año en el que se vende la sede de Via Laietana 69; el edificio fue adquirido por 11,9 millones por la familia Espelt, propietaria de la cadena de hoteles de lujo H10 y es hoy el Hotel Cubik). En marzo de 2015 la nueva sede en alquiler en el Raval estaba cerrada y el visitante frustrado recibía respuestas evasivas de una empleada que había salido a fumar. En noviembre de ese año la web institucional no brindaba materiales en otras lenguas que el catalán.

Más seria es la metamorfosis cualitativa de la institución, que la lleva desde el espacio ético ecuménico (un término que solía usar Vinyes) a las tierras pantanosas de la geometría gentilicia. Sabemos que una de las tareas prioritarias del primer gobierno de Mas –cuando gobernó con apoyo del PP, parece que esto ocurrió en el paleolítico superior– fue encargar a su vicepresidenta, Joana Ortega, que recondujera la orientación antifascista del MD. En el segundo gobierno, el cambio de rumbo queda evidente con la exposición itinerante Catalunya en Transición, inaugurada en julio de 2013 en el castillo de Montjuïc (clausurada el 28 de febrero de 2014). Esta iniciativa se cierra con el III Col.loqui internacional, con este mismo título –Catalunya en transició– celebrado en el Museu d’Història de Catalunya a mediados de noviembre de 2013, un mes antes del Simposio España contra Cataluña. En el coloquio participó, en representación de ICV, Raül Romeva. El mismo que, previo cambio de atuendo ideológico, organizó el acto del MD de 2016 en el Palau y encargó la exposición recién inaugurada, entre la Diada y el 1-O, de esa misma institución titulada Une Catalogne indépendante? Geopolítica europea i guerra civil espanyola (1936-1939). (El papel de Romeva es difícil de exagerar; ha llegado a decir –no es el único– en reuniones con familiares de los fusilados y represaliados que la situación política de Cataluña se asemeja a la del franquismo: algunos han optado por no acudir más a estos encuentros).

Estábamos en diciembre de 2014, en el momento del simposio que abría el intenso programa de fastos del tricentenario. Dos meses después, en febrero de 2014, el Instituto Francés de Barcelona organizó unas jornadas (los días 13, 14, 15, y 25) tituladas Antonio Machado y el exilio republicano. Ninguna representación institucional, ni autonómica ni municipal en el programa. El cargo más alto, salvo error por mi parte, fue académico, la decana de la Facultad de Letras de la UAB que inauguró la jornada del 25 en la Sala de Grados de esa Facultad. El tricentenario parecía absorber todas las energías institucionales. La distancia entre la agenda pública del MUME y la implicación de las autoridades mostraba, una vez más, esa variante política de la ley de Gresham que sostiene que cuando la agenda social o cívica compite con la étnica, la última suele imponerse. Vemos ahora mismo cómo ha sucumbido a ella una persona tan emblemática como Aung San Suu Kyi. La falta de implicación en la celebración de una figura tan cargada de simbolismo como Machado tiene otras esquirlas. En su asamblea general de 2011 la Red de Ciudades Machadianas confiaba en que Madrid, Valencia y Barcelona se sumaran a ella. Solo lo ha hecho Valencia. Sería de esperar que se incorporaran las otras dos y sería paradójico que cuando en 2018 se cumplan ochenta años de la estancia terminal de Machado en Barcelona, los Comunes no reivindicaran y celebraran a Machado como patrimonio común, marcando las necesarias distancias con los cruzados de lo propio.

Las mutaciones biográficas acompañan a las metamorfosis institucionales. Vinyes describió el Museo de Historia de Cataluña como la “nau capitana de Catalunya”; había anticipado la deriva etnogravitacional de esta institución dirigida a hacer, de ciudadanos catalanes; en sus palabras: destinada a “consolidar los mecanismos de consenso nacional de centroderecha, la cohesión ciudadana en torno a una explicación históricamente coherente de por qué somos como somos” (Vinyes, L’Avenç, nº 247, 2000). (De paso, porque no toca, la visión de R. Vinyes, como Comisionado de Programas de la Memoria del Ayuntamiento de Barcelona, sobre la exposición conmemorativa del 30 aniversario del atentado de Hipercor, merecería un análisis).

la exposición citada violenta crudamente los principios inspiradores de una institución dedicada a la pedagogía de la memoria, en cuanto que esta se construye desde la ética universalista que inspira la figura de la víctima

Dos puntos cabe considerar aquí: la congruencia entre los objetivos del MD y la exposición sobre la Cataluña independiente (el signo de interrogación no pasa de retórico), por una parte, y los usos de la historia, por otro. Para quien escribe, un contenido como el de la exposición citada violenta crudamente los principios inspiradores de una institución dedicada a la pedagogía de la memoria, en cuanto que esta se construye desde la ética universalista que inspira la figura de la víctima. Recuerdo las críticas de ERC a Mas por el “poco interés en la política de la memoria” que reflejaban los recortes del MD y las más contundentes del catedrático de Historia Andreu Mayayo, miembro de la Junta del Gobierno del Memorial, en 2013. Y lo que debería sorprender ahora si las sorpresas no hubieran agotado su repertorio es que no se haya levantado ninguna voz significada contra este abuso, un abuso que no es ajeno al silencio condescendiente del MD sobre las expectoraciones de una parte del secesionismo contra Antonio Machado.

En un artículo en el que ataca a un crítico y que comienza con una anécdota sobre la ceguera, el comisario de la exposición, Arnau González Vilalta (El Periódico, 11/09/2017), ni siquiera ve el problema. Por el contrario, basa su escrito en dos estrategias complementarias: una desautorización del crítico cercana a las técnicas que usan los devotos de los sistemas cerrados –con la delicadeza de identificar al crítico con un mono con orejas, boca y ojos tapados–, y una apelación a la historiografía de la que deduce, trop vite en besogne, que “gobiernos, diplomáticos y prensa occidental creyeron probable que Cataluña se independizara durante la guerra”. El comisario reprocha al crítico emitir un juicio antes de haber visto la exposición, en lo que tiene razón. Pero no es honesto cuando oculta que el contenido de la exposición remite a un libro suyo publicado el año del tricentenario bajo el título Amb ulls estrangers, en el que se sostenía la tesis de que las principales naciones europeas daban por descontada la independencia de Cataluña en los años 30. Es difícil rehuir la acusación del razonamiento analógico: si entonces sí… El propio autor constataba las semejanzas entre los años treinta y la aventura emprendida por Mas en 2012. La analogía tenía un corolario implícito: entonces la independencia no se consiguió por falta de claridad y valentía de las fuerzas catalanistas, de modo que no repitamos el error.

No soy historiador así que me contentaré con sugerir que esa interpretación de la sensibilidad de las potencias europeas, por no hablar de las prioridades de la agenda internacional, me parece poco plausible. En cambio, este abuso de la historia, que consiste en utilizarla como mancha de Rorschach para hacerla decir lo que ahora queremos escuchar –lo que he llamado ventriloquia o teleología inversa– está bien registrado como una de las patologías más frecuentes de la historiografía nacionalista. “Como queremos ser tuvimos ser”, aunque lo que digamos es “seremos porque fuimos”. No solo nos inventamos la tradición sino que, además, incorporamos los instrumentos para certificar la autenticidad de los artificios. En estos asuntos uno no puede pasarse de la sociología del conocimiento, una disciplina que invita a mirar a las motivaciones de los actores. Me contentaré con recomendar al lector o lectora la lectura de una tribuna de González en los momentos inaugurales del procés (“Diguem-ne Catalunya Espanyola”, Ara, 11/10/2012). Allí el autor obtenía la misma conclusión que en Amb ulls estrangers desde premisas distintas: tras la independencia de Cataluña en 2014 (el hito que marca un antes y un después), los años entre 1714 y 2014 debían denominarse como sugiere el título, para diferenciarlos de la “Historia de Cataluña (nacional o independiente)”. No falta el elemento mágico que resolverá la carencia ontológica de la historiografía catalana: “Perquè el dia després de la baixada de la bandera espanyola del Palau de la Generalitat o del Parlament tot prendrà sentit, perquè llavors farem història pròpia”. ¿Es esta una actitud consecuente en términos epistémicos? Y, más importante, porque va de sociología: ¿es puro azar que el autor de este artículo y del libro subsecuente haya sido el elegido por Romeva para comisariar una exposición inaugurada en estos momentos para los que los mentores del procés derrochan superlativos?

Con una desconsiderada ingenuidad el autor señala en su artículo defendiendo la exposición (“La decencia intelectual”, lo titula) que la muestra “no está hecha para satisfacer una posición en el debate actual”. Los latinos hicieron famoso el adagio Excusatio non petita… y Freud sacó oro de formulaciones de esta naturaleza. El mensaje principal de la exposición –según ha reconocido el autor en varias entrevistas–es que entonces no se logró la independencia por falta de decisión. Ahora, los promotores del 1-O han pisado el acelerador de la voluntad hasta el límite. La implicatura no puede ser más elocuente y solo la falta de familiaridad con los rudimentos de la pragmática puede dar cuenta de esa negación insolvente. Pero la perversión es más grave que la impostura porque ilustra hasta qué punto el secesionismo no se para en barras ante nada e instrumentaliza lo que encuentra a su paso. Lo que, por cierto, no es un buen augurio para esa república independiente en el horizonte; pero esa es otra historia. Puesto que el autor aprovecha la historia para su abuso de la analogía, cabría invitarle a una analogía de otro tipo: ¿es imaginable que una institución memorial sobre el nazismo en Baviera o Flandes fuera utilizada para reivindicar la independencia de esos territorios? Decía Primo Levi que cuando se atropella al hombre antes se atropella al lenguaje. Y nunca faltan oficiantes para hacerlo con el excipiente noble de la ciencia. Hay poderosos antecedentes, también en los años que González analiza y en los que, por cierto, una proporción notable de alemanes comulgaba con el mito tribal de la raza aria. Tras las sucesivas diálisis el MD está más cerca de El Born que del Camp de la Bota/Nou Barris. ¿Se reconocerán las víctimas y familiares de socialistas, anarquistas, comunistas, republicanos y antifranquistas a secas en el espíritu de esa última exposición organizada por el MD?

En resumen, esta historia no es más que un síntoma de lo que podemos llamar el principio de (Mario) Onaindia: los prejuicios burdos engendran perjuicios brutales. Entre tales perjuicios figura la mutación de democracias reales o tentativas en etnocracias: ocurrió después de Weimar, en la ex Yugoslavia y, en un ejemplo más envidiado, Israel, donde el “nunca más” ecuménico se transformó en un “nunca más a nosotros”, étnico. Y si bajamos del palacio a la calle, observamos esa misma pendiente deshumanizadora desde la identidad moral de la víctima sin acepciones a la identidad gentilicia de quienes se erigen en señores del pueblo o de la tierra. La omnipresencia del adjetivo democrático es algo peor que puro nominalismo; la realidad a pie de calle desvela los enormes abusos cometidos en su nombre. Ante lo que estamos es más bien algo que podría denominarse parademocracia, que es a la democracia lo que la parapsicología a la psicología.

——————-

Martín Alonso Zarza. Coordinador de El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática (Bakeaz) y miembro del Colectivo Juan de Mairena.

from ctxt.es http://ift.tt/2f7i614
via IFTTT

El Malagón de hoy: Parásitos (19/09/2017)

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

if (!isMobile) {googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Bottom’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right1m’).setAttribute(‘id’, ‘Right1’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right1’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right2m’).setAttribute(‘id’, ‘Right2’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right2’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right3m’).setAttribute(‘id’, ‘Right3’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right3’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right4m’).setAttribute(‘id’, ‘Right4’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right4’); }); }
if (isMobile) {document.getElementById(‘Right5m’).setAttribute(‘id’, ‘Right5’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right5’); }); }

from ctxt.es http://ift.tt/2fxmtDf
via IFTTT

La democracia restauradora y la cuestión catalana

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

A veces las casualidades sirven para comenzar un diálogo. Nos encontramos con Antoni Domènech un 18 de julio, fecha emblemática como pocas para España, pues ese día en 1936 las tropas del general Francisco Franco dieron el golpe de Estado que desembocará en la sangrienta Guerra Civil española.

Pero la elección de incorporar a Domènech a este libro no fue casual. Hace cuatro años que Cataluña, y toda España, está convulsionada por el crecimiento del deseo independentista de una parte importante de la población, rechazado una y otra vez desde Madrid. Si durante décadas el independentismo vasco monopolizó la temática nacional en España, de la noche a la mañana el eje se trasladó a Cataluña.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right1m’).setAttribute(‘id’, ‘Right1’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right1’); }); }

Necesitaba para este libro alguien que tuviera la capacidad de articular la historia de Barcelona desde la Segunda República y la Guerra Civil hasta nuestros días, y que conociera al dedillo todas las aristas del debate acerca de la cuestión nacional en Cataluña. Las posturas a favor y en contra de la independencia están atravesadas por la pasión y cuesta encontrar voces que estén dispuestas a analizar todas las aristas del tema sin caer en posturas maniqueas. Una de ellas es sin dudas Antoni Domènech, editor de la revista electrónica Sin Permiso, lectura obligada para cualquiera que quiera analizar en profundidad la política española desde diferentes puntos de vista. Y por eso fui hasta Barcelona para encontrarme con él.

no creo en las perspectivas de éxito de este movimiento independentista catalán: sería la primera vez en la historia que triunfa un movimiento rupturista protagonizado y dirigido por clases medias

El encuentro con Antoni Domènech transcurre en el centro de Barcelona, en diagonal a la plaza Sant Jaume donde están el Ayuntamiento de la ciudad y la sede de la Generalitat, el gobierno de Cataluña. Domènech vive fuera de la ciudad y elige para nuestro encuentro el bar Paraigua –un antiguo local de tapas– para comer un buen bocadillo de jamón y una cañita, como no podía ser de otra manera. En España nunca puede faltar esa cañita, la cerveza tirada. Domènech, además, conoce muy bien a la nueva generación de políticos españoles y en particular a los principales dirigentes de Podemos e Izquierda Unida, por lo que su mirada también nos ayudará a comprender el nuevo escenario político surgido con el 15-M y Podemos.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right2m’).setAttribute(‘id’, ‘Right2’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right2’); }); }

Antoni Domènech (Barcelona, 1952). Estudió Filosofía y Derecho en la Universidad de Barcelona, y Filosofía y Teoría Social en la Universidad Goethe de Fráncfort y en el Instituto de Filosofía de la Universidad Libre de Berlín. Desde 1994, es catedrático de Filosofía del Derecho Moral y Política en la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. Como conferenciante ha sido invitado a numerosas universidades europeas e iberoamericanas. Es autor de numerosos trabajos publicados en diversas revistas académicas (Arbor, Das Argument, Isegoría, Révolution Française, Basic Income Studies, Revista Internacional de Filosofía Política, Sistema, La Balsa de la Medusa, etc.) y es el editor general de la revista política internacional Sin Permiso. Entre sus libros se encuentran De la ética a la política. De la razón erótica a la razón inerte (1989) y El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista (2004).

No faltó quien advirtiera desde 1978 que el problema del encaje de Cataluña en el Reino presentaba problemas más graves, más estructurales, que los del País Vasco. El País Vasco es un pequeño país de dos millones de habitantes, mientras que Cataluña representa más del 15% de la población española y su economía, más exportadora y crecientemente orientada al exterior, significa un 20% del PIB del Reino.

Desde 2011, en Cataluña existe un asombroso y masivo estado de movilización, ¿cómo se explica lo que ha sucedido?

Lo de Cataluña ha sido impresionante, particularmente si se tiene en cuenta que estalló en 2011, en un momento de reflujo de la protesta y la contestación en toda Europa, incluidas Grecia y Portugal. Y la movilización sostenida durante 2013 y 2014 todavía está viva, a pesar del indudable reflujo experimentado luego del cuasirreferréndum del 9 de noviembre de 2014. Hasta la victoria electoral de Syriza, en enero de 2015, lo de Cataluña fue un verdadero curiosum de la política europea, porque era el único lugar en que movimientos de contestación de signo democrático sacaban a masas entusiastas a la calle, muy lejos del sopor, reflujo y desmoralización –y hasta sensación de derrota– que se estaba experimentando en Portugal o en Grecia. Fue impresionante la movilización repetida de más de medio millón de personas en una ciudad que no llega a los dos millones de habitantes. Sí, fue algo sorprendente y, en cierto sentido, euforizante.

if (!isMobile) {googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Bottom’); }); }

Artur Mas había comenzado a gobernar como un neoliberal extremista, apoyándose en el PP en Cataluña y mientras su partido (CiU –Convergència i Unió–) apoyaba al PP en las Cortes de Madrid, por lo que comenzaba a experimentar el consiguiente desgaste; él creyó que montarse sobre esa ola de protesta democrática y social en forma de independentismo le iba a permitir gobernar con más holgura y con una mayoría absoluta. De allí que convocara en 2012 a elecciones anticipadas. Se equivocó, porque perdió escaños y quedó parlamentariamente a merced de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC, el partido de centroizquierda de larga tradición independentista), que no aspiraba a otra cosa que a hacerle un sorpasso electoral. Subirse al carro en marcha de la independencia no le evitó tener que pagar electoralmente la factura por sus inmisericordes políticas de austeridad, tan o más jactanciosamente neoliberales que las de Rajoy. La derrota lo dejó muy tocado y a merced de una muy crecida ERC a nivel electoral. El Parlament de Catalunya se convirtió en una especie de comedia grotesca, porque el principal sostén parlamentario del gobierno era ahora el principal partido de oposición. Esta situación terminó por desgastar a los dos en el cuasirreferéndum del 9 de noviembre de 2014, cuando se vieron claramente los límites de la independencia catalana, porque sólo votaron unos dos millones de personas y de esos dos millones, 1,8 millones eligieron el sí. En un referéndum democrático de verdad –que el gobierno español no acepta de ninguna manera–, faltarían muchos cientos de miles de votos para una mayoría independentista.

La Segunda Restauración borbónica –la Transición– fue impuesta sin un referéndum que permitiera elegir entre monarquía o república, lo que significaba hurtar el derecho de autodeterminación de todos los pueblos de España

El gobierno autonómico estaba dirigido por un partido –Convergència i Unió– que en lo político era de centroderecha y en lo económico y social abiertamente de derecha. Llevaban más de un año aplicando políticas neoliberales durísimas, incluso haciendo alarde de ello, y empezaron a sufrir el desgaste que sufren los gobiernos que aplican este tipo de medidas de austeridad, consolidación fiscal y privatizaciones. Además, estaban sus escándalos de corrupción. Ellos –que jamás habían sido independentistas– pensaron que una manera de mitigar el desgaste era apuntarse a ese movimiento de una manera obviamente oportunista. Y eso empezó a cambiar el mapa político catalán.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right3m’).setAttribute(‘id’, ‘Right3’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right3’); }); }

Convergència i Unió era un partido de orden, con vinculaciones muy estrechas con las élites económicas y sociales de Cataluña, que no son para nada independentistas, como tampoco lo es, dicho sea de paso, el grueso de las clases trabajadoras urbanas catalanas. Ya ves con eso que, por simpático que pueda resultarme en ciertos aspectos, yo no creo en las perspectivas de éxito de este movimiento independentista catalán: sería la primera vez en la historia que triunfa un movimiento rupturista protagonizado y dirigido por clases medias. Las élites económicas y sociales estaban totalmente desconcertadas con esta pirueta de Artur Mas. Me hizo acordar a la película Tiempos Modernos, de Charles Chaplin, a esa escena en que está brujuleando por la calle y ve como se cae una bandera roja de señalización de un camión, la recoge y corre en su busca para avisarle, y de repente hay miles de personas siguiéndole como portaestandarte de una gran manifestación. Lo de Mas fue un poco eso. Él contribuyó, un tanto inopinadamente, a ampliar o a retroalimentar un movimiento que era, en el contexto constitucional español, muy radical. Hay que comprender que exigir un referéndum de autodeterminación no será nada del otro mundo en el Reino Unido, pero que sí que lo es, y mucho, en el Reino de España. La Constitución de 1978 prohíbe explícitamente este tipo de referéndums.

¿Por qué es tan significativa la Constitución de 1978?

En su momento, quien tal vez mejor comprendió la lógica de prohibición de los referéndums fue el ponente constitucional comunista Jordi Solé Tura. Hay que recordar que el Partido Comunista de España fue explícito y rotundo en la aceptación de la monarquía parlamentaria como forma de Estado en la restauración de las libertades públicas. La Segunda Restauración borbónica –eso fue político-constitucionalmente la Transición– fue impuesta por lo que entonces se llamaban “poderes fácticos” sin un referéndum que permitiera elegir entre monarquía o república como se hizo, por ejemplo, en Italia en la posguerra, lo que significaba hurtar el derecho de autodeterminación de todos los pueblos de España. Jordi Solé Tura comprendió muy bien que un régimen constitucional cuyo nacimiento se fundaba en la negación del derecho de autodeterminación de todos los pueblos de España no podía congruentemente dar el menor margen de posibilidad al derecho de autodeterminación de ningún pueblo en particular. Y así cayó del programa del PCE, primero, y luego del programa del PSOE, el derecho de autodeterminación de las llamadas “naciones históricas” (Cataluña, País Vasco y Galicia), un derecho que figuraba, antes de 1978, en todos los programas de las distintas fuerzas democráticas antifranquistas.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right4m’).setAttribute(‘id’, ‘Right4’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right4’); }); }

El PSOE, que no había jugado un papel ni remotamente destacado en la lucha contra la dictadura, se presentaba oportunistamente en ese contexto con un programa harto más radical que el PCE: nacionalización de la banca y de los sectores industriales estratégicos, reforma agraria, democracia autogestionaria en el puesto de trabajo, neutralidad geopolítica (hostil a la OTAN), etc. Cuando se votó el artículo 1 de la Constitución, que define a España como una monarquía parlamentaria, los socialistas se ausentaron “prudentemente” y los comunistas votaron con la derecha.

Uno puede pensar que la postura del Partido Comunista era comprensible tomando en cuenta que había sido diezmado durante la Guerra Civil y cuarenta años de dictadura.

La dirección del PCE, que era el partido más organizado y con mayor base social militante del antifranquismo, tenía mucha prisa en ser legalizado antes de las primeras elecciones libres de junio de 1977. Santiago Carrillo, secretario general del PCE, creyó que eso pasaba por aceptar a la monarquía y la bandera borbónica con más entusiasmo que el PSOE. Su idea era que el PCE iba a ser, como en Italia, la principal fuerza de la izquierda y que para asegurar eso no podía permitirse quedar afuera de las primeras elecciones libres y dejar el campo expedito a los socialistas. Fue una maniobra táctica suicida, porque en esas elecciones el PSOE pudo permitirse el lujo de aparecer con un programa nominal muy a la izquierda –incluso “republicano”– y con un programa tácito y una “imagen” de orden procedente del aval de la socialdemocracia internacional, particularmente, la alemana. En cambio, si el PSOE concurría a esas primeras elecciones con el PCE todavía ilegalizado y siendo la principal fuerza democrática del país, Felipe González hubiera estado en una situación muy incómoda. De todas formas, la legalización del PCE, dignamente atenido a sus principios republicanos y a sus tradiciones de lucha obrera y barrial, no habría tardado mucho en llegar. Luego vinieron los Pactos de La Moncloa, básicamente económicos, de rentas, de austeridad y ajuste fiscal aceptados por los sindicatos. Y esos pactos fueron importantes, porque, vistos en perspectiva, sentaron las bases de lo que podríamos llamar la economía política de la Segunda Restauración borbónica.

if (isMobile) {document.getElementById(‘Right5m’).setAttribute(‘id’, ‘Right5’);googletag.cmd.push(function() {googletag.display(‘Right5’); }); }

Claro que yo sangro aquí por la herida, ya que me fui del Partido Comunista en 1978 porque estuve en total desacuerdo con esa posición. Pensaba que la monarquía parlamentaria no necesitaba el apoyo del Partido Comunista porque la iban a imponer igual; cuestión de “correlación de debilidades”, como graciosamente dejó dicho mi amigo Manolo Vázquez Montalbán. Pero aceptarla con toda la pompa simbólica y con la promesa –lealmente cumplida– de desactivar todos los focos de conflicto social fue un suicidio político. En 1982, el PCE ya era un partidillo marginal.

¿Por qué es tan compleja la inserción de Cataluña en España?

Hay que pensar que la efímera Primera República (1873) murió en buena medida por no poder resolver el problema de la articulación plurinacional de España. Era una república federal que muchos consideraban que no estaba lo suficientemente centralizada y otros, al contrario, que lo estaba demasiado. La Segunda República quiso ser más cauta y no se planteó como una república federal, también por el recuerdo vivo del final de la primera a mano de los cantonalistas. A propósito, Friedrich Engels dejó escrito un penetrante análisis de ese final en su ensayo Los bakuninistas en acción. Se planteó como una república unitaria, pero con la promesa de estatutos de autogobierno para Cataluña, el País Vasco y Galicia. Fíjate que en 1978, al salir de la dictadura, un régimen resultado de un referéndum monarquía/ república no habría tenido mayor problema en resolver la cuestión vasca o catalana. En el caso vasco –en el que la situación se había encanallado por la aparición de un grupo antifranquista de lucha armada independentista, la ETA, con gran repercusión en la opinión pública mundial– podría haberse organizado un referéndum de autodeterminación del País Vasco, con observadores y mediadores internacionales, y se acababa el problema porque menos de un 15% de los vascos quería entonces la independencia. Pero como el pecado original de la Segunda Restauración borbónica fue hurtar a todos los pueblos de España el derecho de autodeterminación, un referéndum limpio e internacionalmente tutelado que pusiera democráticamente fin a la “cuestión vasca” resultaba imposible. Así pues, en cierto sentido, el azote del terrorismo de ETA –convertida luego del fin del franquismo en una organización particularmente obtusa y sanguinaria, que hemos padecido en las últimas décadas– ha sido uno de los costes que han tenido que arrostrarse por las limitaciones constitucionales del régimen del 78.

Aceptar la monarquía parlamentaria con toda la pompa simbólica y con la promesa –lealmente cumplida– de desactivar todos los focos de conflicto social fue un suicidio político. En 1982, el PCE ya era un partidillo marginal

En Cataluña, curiosamente, tenemos la Generalitat, que es la única institución de autogobierno en el actual Reino de España y que es heredera legal directa de la Segunda República. Esto se debe a que Josep Tarradellas, que fue su presidente en el exilio, pactó con Adolfo Suárez para amortiguar y desactivar el preponderante papel de la izquierda –particularmente, del Partido Socialista Unificado de Cataluña (el partido comunista de Cataluña)–. Tarradellas era un guerrero frío y anticomunista convencido, enormemente hostil al papel protagonista de los comunistas en la lucha antifranquista del interior y en la vida social y política catalana. En su negociación con los reformistas franquistas que controlaron el proceso de Transición, logró astutamente que se ratificara la Generalitat republicana y que se reconociera su papel de presidente de esta hasta las elecciones. Los vascos y los navarros mantuvieron, por otra parte, su tradicional régimen fiscal foral, otra configuración institucional vigente que es anterior a la actual Constitución del 78. Y es interesante darse cuenta de que, en las negociaciones con Tarradellas, Suárez amagó con ofrecer a Cataluña un régimen fiscal similar al vasco para disponer de hacienda propia y quedarse con todo lo que se recauda en Cataluña sin mayores obligaciones de solidaridad fiscal con las zonas menos ricas de España. Pero tras ganar inopinadamente las primeras elecciones autonómicas en 1979, la derecha catalanista de Jordi Pujol lo rechazó con un razonamiento más o menos de este tenor: “Si lo recaudo yo, ya veremos cuánto consigo recaudar y si es suficiente; y recaudar impuestos siempre es antipático. Mejor que se responsabilice el gobierno central de Madrid, y así los antipáticos serán siempre ellos y nosotros tampoco correremos el riesgo de quedarnos cortos en la recaudación”. Según los cálculos más radicales, Cataluña en la actualidad hace transferencias solidarias al resto de España por unos 15.000 millones de euros. En el lenguaje de los secesionistas esto sería el “déficit fiscal” de Cataluña con España. Una sangría económica. Para que se comprenda, de ser cierta esa cifra de 15.000 millones de euros, vendría a ser cerca del 10% del PBI argentino. La derecha catalanista –que, por una curiosa mezcla de astucia y cobardía, rechazó en su día el régimen fiscal que la derecha vasca aceptó resueltamente– basa ahora buena parte de sus reivindicaciones en esa idea de que “España nos roba” y de que Cataluña no puede lograr las –comparativamente exitosas– políticas industriales y de bienestar social de los vascos porque no tiene hacienda propia.

Es interesante pensar cómo se pueden trazar paralelismos y ver las diferencias entre la situación en Cataluña y en el País Vasco.

No faltó quien advirtiera desde 1978 que el problema del encaje de Cataluña en el Reino presenta problemas más graves, más estructurales, que los del País Vasco. El País Vasco es un pequeño país de dos millones de habitantes, mientras que Cataluña representa más del 15% de la población española y su economía, más exportadora y crecientemente orientada al exterior, significa un 20% del PIB del Reino. Aunque, claro está, los problemas que presentó el País Vasco a la Transición fueron de entrada más agudos y perentorios. Sobre todo, huelga decirlo, por el enquistamiento terrorista de las actividades de ETA, un grupo de origen nacionalista radical, en buena parte procedente de las propias filas del nacionalismo democristiano del Partido Nacionalista Vasco. ETA fue radicalizándose, particularmente desde finales de los 60 y conforme al espíritu de muchos movimientos de liberación nacional y anticolonial influidos por experiencias como la cubana o la argelina, pero también, en Europa, por movimientos como el republicano irlandés del IRA o incluso las teorizaciones de guerrilla urbana de la extrema izquierda alemana después del 68. Su primera víctima mortal fue un conocido torturador, funcionario destacado de la policía política franquista, Melitón Manzanas. Su posterior degeneración en los ochenta a una mera organización terrorista, con actos de gran crueldad y cada vez más desprovistos de sentido político, no puede ocultar el hecho –bastante sorprendente y en cierto sentido hasta enigmático– de que su base social de apoyo se mantuvo prácticamente incólume, incluso en sus peores momentos, en torno al 10% de la población. Con todo y con eso, el problema “territorial” de Cataluña ha terminado –como dije– por eclipsar al secesionismo vasco, lo que se ve particularmente claro ahora, tras el fin de la lucha armada de ETA y la reintegración política del independentismo abertzale como una gran fuerza política democrática con base de masas y gran proyección electoral.

¿Qué sucede con el sentimiento nacionalista en Galicia, Andalucía o la comunidad valenciana o el País Valenciá, como lo llaman ellos?

La derecha valenciana después de la muerte de Franco consiguió articularse sobre la base de una bandera regionalista básicamente anticatalanista, aunque el catalán que se habla en Barcelona y el que se habla en Valencia no tiene mayores diferencias que las que separan al castellano madrileño del rioplatense. En Galicia hay un movimiento nacionalista de tendencia independentista intelectual y políticamente interesante y de gran tradición, pero muy minoritario. Todos los intentos que se hicieron en Galicia de construir un nacionalismo autonomista conservador, una especie de Convergència i Unió, fracasaron. En Andalucía hay un movimiento independentista andaluz, tan interesante como minoritario, pero los partidos andalucistas no fraguaron. Andalucía es muy distinta y singular, aparte de ser la mayor comunidad autonómica. Podría ser perfectamente otra nacionalidad histórica y haber generado partidos nominalmente nacionalistas y electoralmente viables, pero el PSOE andaluz ha venido a funcionar en la práctica como un partido nacionalista. El PSOE lleva 30 años ininterrumpidos en el poder y ha conseguido tejer una red clientelar formidable, de la que los numerosos casos de corrupción que ahora están apareciendo con gran estrépito no son sino la punta del iceberg. La caída de la República significó el final de sus tímidos intentos de reforma agraria en Andalucía. El reforzado mantenimiento en Andalucía del caciquismo y el latifundismo oligárquico que significó el franquismo arrojó a millones de andaluces a la emigración, se fueron a Barcelona, a Madrid, a Alemania y a otros destinos.

la efímera Primera República (1873) murió en buena medida por no poder resolver el problema de la articulación plurinacional de España

La cuestión nacional también está atravesada por un tema lingüístico. ¿Es realmente una cuestión de fondo el debate sobre la utilización del nombre “España” o “Estado español”?

Bueno, quienes hablan del “Estado español” lo que están sugiriendo es que nuestro país es una realidad plurinacional o, como se dice a veces, una “nación de naciones”. Esa extraña fórmula de “Estado español” viene a ser para cierta izquierda nuestra una protesta contra las visiones imperantes de España como una nación rotunda y homogénea, por así decirlo. Lo paradójico aquí es que el bobarrón término de “Estado español” es precisamente un invento del franquismo. ¿Qué fue constitucionalmente el régimen de Franco? No fue, como pretendía la derecha monárquica al principio, una restauración de la vieja monarquía. Y tampoco fue, claro está, una continuación en forma dictatorial del régimen republicano. A Franco le interesó mantener la ambigüedad para tener a raya a la familia real, que –aunque entusiasta de su golpe de Estado y de su “cruzada”– tuvo que mantener su residencia en Estoril, en Portugal. No estaba totalmente claro que el régimen de Franco fuera la mera antesala de una restauración borbónica, y menos aún por la línea dinástica de don Juan, el padre de Juan Carlos y abuelo de Felipe VI. En sus complicadas relaciones con la familia real, a Franco le interesaba mantener esa ambigüedad. El régimen franquista era claramente un régimen antirrepublicano, como el régimen de Pétain en Vichy. Pétain, que odiaba a la república, llamó a su régimen títere de los nazis “Estado francés”. Los franquistas lo plagiaron conscientemente. Ellos mismos introdujeron el horrísono “Estado español”, que ciertas izquierdas y ciertos nacionalismos periféricos sensibles a la plurinacionalidad de nuestro país –tal vez sin saberlo– han terminado por aceptar. Pero como las palabras nunca son totalmente neutras o inocentes en política, te hago observar lo siguiente: en la fórmula “Estado español” sigue ausente la oposición monarquía/república. Esto es utilísimo para las izquierdas acomodaticias y, sobre todo, para los nacionalismos periféricos conservadores, que llegaron a integrarse como parte esencial del arco político dinástico fraguado a partir de 1978. Un viejo lema de la derecha catalanista conservadora rezaba así: “¿República? ¿Monarquía? ¡Cataluña!”.

Por eso, yo prefiero hablar, como la izquierda republicana tradicional, de “pueblos de España” o aun –si se me apura– de “pueblos ibéricos”. Y en cuanto a la configuración política de la España actual, mejor nombrarla por el propio nombre oficial, suficientemente elocuente: Reino de España, tendencialmente incompatible con la unidad de nuestro país plurinacional. Sólo una república federal o confederal podría mantener de manera libre y estable esa –para mí– deseabilísima unidad de los pueblos de España. Dicho sea de paso: creo que desde la revista Sin Permiso hemos contribuido bastante en los últimos años a la generalización entre la izquierda del uso de “Reino de España” y a la progresiva erradicación del equívoco “Estado español”.

La región de Cataluña fue muy importante durante la Segunda República y la Guerra Civil. ¿Qué queda en la memoria colectiva respecto de la Segunda República?

Es esencial entender que la Transición no fue una restauración de la democracia bajo formas monárquicas, sino una restauración borbónica bajo unas formas democráticas que parecían inevitables en el contexto político europeo de 1975-78. Por eso se hizo sobre la base del olvido y de la amnesia dolosa; del olvido del significado de la Segunda República, del olvido de la Guerra Civil española como prefacio de la Segunda Guerra Mundial contra el nazi-fascismo, del olvido de la decisiva contribución de los republicanos españoles a la victoria aliada de 1944-45, del olvido de los crímenes monstruosos del franquismo, del olvido de las luchas populares antifranquistas en el interior y del olvido de las valiosas aportaciones del exilio intelectual republicano en el exterior.

Es esencial entender que la Transición no fue una restauración de la democracia bajo formas monárquicas, sino una restauración borbónica bajo unas formas democráticas que parecían inevitables en el contexto europeo de 1975-78

En 2003 tuvimos el primer gobierno de izquierda en Cataluña desde la Segunda República, que hizo algunas cosas excelentes en cuanto a recuperación de la memoria histórica, particularmente la creación del Memorial Democràtic, cuyo director fue mi difunto amigo Miquel Caminal, un historiador y politólogo serio y un militante democrático-republicano cabal. Levantó ampollas.

No hace falta que recuerde que en la Argentina hay una jueza, María Romilda Servini de Cubría, que ha tenido que apelar recientemente al derecho internacional público y a los crímenes imprescriptibles contra la Humanidad para intentar procesar en la Argentina a torturadores y responsables políticos franquistas contra los que no se puede proceder en España. Aquí están cubiertos por una ley de amnistía claramente incompatible con la adhesión del Reino de España a los tratados internacionales que regulan la protección de los derechos humanos.

En Barcelona quedan espacios –en mi opinión no lo suficientemente señalados simbólicamente– que recuerdan que aquí hubo una cruel guerra que se ensañó con la población civil. Quedan, por ejemplo, los refugios construidos por la propia población y por el alcalde republicano de la Barcelona de la época para protegerse de los bombardeos fascistas, sobre todo, los italianos. Barcelona fue la primera ciudad europea cuya población civil fue bombardeada, antes incluso que Guernica. Por eso, la gente construía refugios que todavía se pueden ver. Mi despacho de la Facultad de Economía está exactamente al lado del Palacio Real, que fue la sede durante los últimos meses del gobierno republicano español en guerra y ninguna placa lo recuerda. Detrás, está el Cuartel del Bruch, de donde salieron las tropas sublevadas fascistas el 18 de julio. Entre el 18 y el 19 de julio se desarrolló en Barcelona uno de los mayores episodios de lucha de clases urbana en la Europa del siglo XX. Vale la pena recordar que Engels había hablado de Barcelona como capital mundial de las insurrecciones proletarias en el XIX. La clase obrera en armas –particularmente, los anarcosindicalistas, absolutamente hegemónicos– aplastó a los militares sublevados. Tras el triunfo, la noche del 19 de julio, se dirigieron al cuartel del Bruch y lo tomaron. Lo rebautizaron como “Cuartel Bakunin”, que se convirtió a partir de entonces, y mientras duró la guerra, en un centro de instrucción de milicianos republicanos. Ninguna placa recuerda eso tampoco.

Cada 18 de julio, desde 1940, se celebraba en el Castillo de Montjuic una misa con curas castrenses para conmemorar la victoria franquista y recordar a sus “mártires”. Con el agravante de que en este castillo se fusiló al presidente de la Generalitat republicana, tras su secuestro en París por parte de la Gestapo. Y se seguía haciendo, ¡tras más de 35 años de gobiernos autonómicos y municipales democráticos! Y en un recinto que ya no era militar, sino público y cuya titularidad tiene el Ayuntamiento de Barcelona. Bueno, pues la nueva alcaldesa Ada Colau, de la coalición de izquierda radical Barcelona en Comú, se ha estrenado en el cargo –como quien dice– prohibiendo ese acto con el argumento razonabilísimo de que violaba la ley de memoria histórica.

Mi primera visita a Barcelona fue en 1981 y la recuerdo como una ciudad gris, muy poco atractiva. Sin embargo, ahora es una ciudad pujante, grande, bella, reconstruida, con mucho turismo. ¿Cómo se produjo ese cambio?

Barcelona era básicamente una ciudad industrial, la capital industrial de España, con un puerto grande en buena medida al servicio de la exportación y una cornisa marítima de muchos kilómetros, pero que daba urbanísticamente la espalda al mar. En su momento yo fui muy crítico –y sigo siéndolo– de las olimpíadas de Barcelona de 1992 y la forma de remodelar la ciudad; pero hay que reconocer que las olimpíadas sirvieron para volcar la ciudad al mar. Eso se hizo sobre la base de construir el puerto olímpico y de convertir lo que eran unos barrios fabriles en una gran zona abierta a la playa y al mar. También la Barceloneta, que era un barrio de pescadores, pero bastante cortado de la playa y contaminadísimo, se abrió a un mar limpio y regenerado. Si uno pasea por allí ahora es casi como Copacabana o Leblon en Río de Janeiro. Sería inconcebible un Río de espaldas al mar, ¿verdad? Las olimpíadas contribuyeron a devolverle a Barcelona ese paisaje que una intensa industrialización de siglo y medio le había hecho perder a la ciudad.

El 15-M reveló sobre todo dos cosas: por un lado, el hartazgo de la población trabajadora y de las clases medias españolas en general con un sistema corrompido de raíz. Eso por un lado; y por el otro, la brecha generacional

Es difícil hacer un juicio sobre lo que significó la transformación urbana de Barcelona porque también tuvo lados terriblemente negativos, como la gentrificación del centro urbano o la destrucción a gran escala de espacios populares. Además, se fomentó la especulación urbana inmobiliaria, con venta incluida del –ya escaso– parque público de vivienda. Pero la idea de hacer que esta ciudad no viviera de espaldas al mar, sino abalconada sobre él es básicamente buena. Y eso debe llamar mucho la atención de alguien como tú que estuvo muchos años sin visitar la ciudad. Si se compara la Barcelona de 1981 con la actual me imagino que es como comparar la Mánchester de mediados del siglo XIX con el Río de Janeiro de mediados del XX. Hoy Barcelona tiene el puerto más grande sobre el Mediterráneo occidental organizador de cruceros. Eso significa tener cuatro o cinco hoteles permanentemente atracados en los malecones con miles de turistas que pernoctan en esa especie de rascacielos flotantes que consumen en la ciudad. Barcelona se ha convertido en una enorme potencia turística, una de las más importantes del continente, y muy por encima de Madrid.

Probablemente, ningún proyecto progresista o de izquierda hubiera encarado esta transformación porque fue un proyecto netamente capitalista motivado por intereses económicos. Sin embargo, estás reconociendo que tuvo consecuencias positivas para la ciudad.

Se puede ser incluso más radical. A finales de los años 80 la izquierda, en un sentido amplio del término, no existía. Ni en España, ni en ningún sitio. Había sido derrotada completamente, había perdido cualquier idea seria de crítica, de resistencia al tipo de capitalismo contrarreformado que iba imponiéndose en el mundo. Había perdido incluso cualquier idea seria, más o menos socialdemócrata, de gobierno democrático (local o nacional) de la vida económica. Allí donde logró gobernar, como en la administración municipal tripartita de Barcelona en la época de las olimpíadas, ni siquiera se planteó cosas básicas muy bien sabidas por la socialdemocracia municipal de los años 20, 30, 40 y 50. Por ejemplo, que nada se puede hacer, como izquierda, sin un gran parque público de vivienda. La socialdemocracia en Viena, Austria, dejó –para citar un caso– una herencia por la que todavía hoy dos tercios de las viviendas están sustraídas de la propiedad privada inmobiliaria y son públicas o de propiedad cooperativa, sin ánimo de lucro. Treinta años de gobiernos de centroizquierda en Barcelona no sólo no aumentaron el parque público de viviendas, sino que malvendieron lo que tenían. El parque actual no debe llegar ni al 5% del total. Ni siquiera se percataron de que fueron una parte activa de la famosa burbuja inmobiliaria que, al estallar, generó el desplome de la economía española en 2008.

La Barcelona de los barrios obreros y populares, incluida la degradada periferia de las zonas dormitorio, ofrece todos los contrastes. El barrio de Poblenou es un ejemplo, porque es un viejo barrio obrero industrial, ahora de los más abiertos a la playa y al mar. Tiene grandes necesidades insatisfechas de servicios y equipamientos públicos, pero al mismo tiempo está abierto a la playa, empiezan a aparecer apartamentos turísticos y hoteles de lujo, todo mezclado. En los últimos años de gobierno de derecha, hemos visto una acentuación de los rasgos más negativos que se habían observado luego de décadas de administración de la centroizquierda. Una superlativa atención a la Barcelona turística en el tradicional centro granburgués, con el Paseo de Gracia como parteaguas de dos “Ensanches”, que fue una obra maestra del urbanismo europeo de la segunda mitad del siglo XIX. Y una desatención muy llamativa, casi dolosa en su displicencia, a los barrios de obreros y trabajadores tradicionales. Ese divorcio, naturalmente, se puede observar también sociológicamente en las elecciones. En no despreciable medida, Ada Colau y Barcelona en Comú han ganado las elecciones del 24 de mayo de 2015 porque han conseguido movilizar el voto tradicionalmente más abstencionista de los barrios obreros y populares.

Los problemas que planteás respecto de la vivienda, ¿son los que permiten comprender el crecimiento del movimiento en contra de los desahucios y su visibilidad?

¡Claro! España tiene una de las leyes de alquiler más injustas del mundo, por la cual cuando uno está endeudado y es moroso, le inician un proceso de desahucio (desalojo). No basta con devolver las llaves y desentenderse de la deuda, como por ejemplo en la ley estadounidense. Aquí a uno lo desalojan y sigue teniendo la deuda. Cuando vino la crisis y muchos perdieron sus trabajos y sus hogares porque habían sido desalojados, aunque hubieran pagado el 50% de la hipoteca y hubieran sido desalojados debían pagar el resto, y a un precio sobrevalorado, porque en España hubo una burbuja inmobiliaria. Lo que uno pagó lo pierde y le sigue debiendo al banco el resto.

A finales de los años 80 la izquierda, en un sentido amplio del término, no existía. Ni en España, ni en ningún sitio. Había sido derrotada completamente, había perdido cualquier idea seria de crítica, de resistencia

En 2012 había unos mil desalojos por mes sólo en la ciudad de Barcelona. Todavía hoy, en el conjunto de España, sigue habiendo unos 15.000 desahucios por mes. ¡Una cifra enorme! Muchas veces se trata de familias monoparentales, mujeres con dos o tres hijos a su cargo. La gente se autoorganizó para evitar eso, y asistimos a escenas como las que se ven en las películas sobre la gran depresión en Estados Unidos de los años 30. Esto permite comprender el surgimiento de Ada Colau como figura popular. La espectacular burbuja inmobiliaria española empezó con la liberalización de la ley del suelo y del alquiler que iniciaron los socialistas y luego el PP siguió adelante y radicalizó el asunto a partir de fines de los años 90. Eso generó que el alquiler resultara prohibitivo y que fuera más barato comprar, porque, coincidiendo con la entrada en la Eurozona y la moneda única, comenzó a entrar dinero ocioso foráneo muy barato como crédito a España, sobre todo de los bancos alemanes. Se prestaba a intereses muy baratos, y eso fue lo que hinchó espectacularmente la burbuja inmobiliaria, generó el ilusorio “efecto riqueza” y endeudó a una población trabajadora cuyos salarios reales estaban prácticamente congelados, así como a las empresas españolas. Explotó la burbuja y España entró en crisis, en una especie de espiral de la muerte.

¿Qué influencia tuvo el estallido de la burbuja en la aparición de las movilizaciones masivas que dieron lugar al 15-M?

Muchísima. Entre el 2000 y el 2010, España dobló su PIB per cápita, pero no fue por el gran aumento de productividad, ni porque los salarios reales hubieran aumentado mucho, ya que estaban casi congelados desde hacía más de 20 años. Lo que hubo fue una sensacional burbuja, un endeudamiento atroz de familias y empresas. El endeudamiento de las familias sirvió para incrementar la demanda efectiva agregada, y eso provocó una sensacional ilusión de prosperidad. Todo se pinchó en 2008 y comenzaron a emerger –o a descubrirse– unas realidades terribles. El paro, que siempre fue estructuralmente alto, pero que estaba en torno al 10%, se disparó en un abrir y cerrar de ojos hasta el 25%, y el desempleo juvenil al 50%. ¡Más del cincuenta por ciento de los jóvenes españoles no tienen empleo! Seamos serios, un país con una tasa de paro juvenil de esas proporciones –sólo Grecia nos supera en Europa– está a punto de perder su derecho a existir como país.

Todo eso está en el trasfondo del enorme estallido de ira popular, señaladamente juvenil, que fue el 15-M. Porque en este país se ha abierto una brecha generacional. Supuestamente, era la generación mejor preparada de la historia de España, con tasas de matrícula universitaria muy crecidas. Pero se quedaban inopinadamente sin expectativas laborales o de inserción social, sin futuro.

En el 15-M se vio que los sindicatos estaban totalmente groguis y apareció una nueva forma de contestación con esos muchachos tomando la Puerta del Sol en Madrid o la Plaza de Cataluña en Barcelona, sin encomendarse a Dios ni al diablo

Tradicionalmente, la contestación política arraigaba en la contestación social de los sindicatos. Cuando en 1988 se rompe la relación de la UGT con el PSOE y el 14 de diciembre de ese año se produce la primera huelga general, tuvo unos efectos políticos fulminantes porque casi hizo caer al gobierno de Felipe González, y desde luego lo puso de rodillas. Los sindicatos obreros, a pesar de la comparativamente débil tasa de sindicalización española, resultaban políticamente temibles, capaces de vertebrar en la calle una oposición social muy contundente a los excesos “neoliberales” de los gobiernos de turno. Pero a partir de 2008 fue evidente la pérdida total de ese poder de contestación, movilización e intimidación de las grandes organizaciones sindicales. En Grecia, en cuatro años ha habido 30 huelgas generales, aquí hemos visto una y media, y de poco o ningún efecto. Durante décadas era impensable que se pudiera organizar una gran protesta social en Madrid, Barcelona o Valencia sin los sindicatos, porque eran su sistema de capilaridad social, como –en cierta medida– lo sigue siendo la Iglesia para la derecha.

En el 15-M se vio que los sindicatos estaban totalmente groguis y apareció una nueva forma de contestación con esos muchachos tomando la Puerta del Sol en Madrid o la Plaza de Cataluña en Barcelona, sin encomendarse a Dios ni al diablo. Es más, incluso con hostilidad hacia unos sindicatos crecientemente percibidos, con mayor o menor justicia, como parte esencial de los males de un sistema en vías de descrédito total. En Barcelona fue menos importante que en Madrid, pero con grandes movilizaciones también en la Plaza de Cataluña. Fue un fenómeno masivo y muy bien visto en la opinión pública, con consignas para nada bobas. Algunas de ellas eran muy profundas como “no somos mercancía” y otras, superlativamente graciosas sin dejar de ser agudas como “no hay pan para tanto chorizo”[1].

¿Te sorprendió lo que sucedió el 15-M?

A mí –en lo personal– el movimiento del 15-M me sorprendió mu- cho y gratamente. No pude prever un desplome tan grave y fulminante de las izquierdas tradicionales y, sobre todo, de los grandes sindicatos obreros mayoritarios. Siempre fui de la idea de que los sindicatos fueran de la mano de las movilizaciones, de que no se tratara a las direcciones sindicales simplemente como “traidoras”, “derrotistas” o “apoltronadas”. Pero hay que decir que los sindicatos han hecho muy poco para rehabilitarse a los ojos de los jóvenes y de los distintos sectores o “mareas” en las distintas luchas sectoriales que se han producido desde 2008 respecto de educación, sanidad o las hipotecas. Y hemos visto como, en enero de 2015, en Madrid una movilización callejera convocada por la dirección de Podemos –que en cierto sentido es el heredero político-institucional del movimiento 15-M– tuvo diez veces más gente que una convocada por CCOO y la UGT juntas.

Los efectos del 15-M se dejan ver incluso en la nueva estética de la política, ¡si hasta Pedro Sánchez, el nuevo y joven dirigente del PSOE, que empezó con pinta de atildado dependiente del quinto piso de la tienda El Corte Inglés, ha terminado por “descorbatarse”! Pero al final, políticamente, el fenómeno más importante que ha terminado trayendo consigo el 15-M ha sido Podemos.

Durante la movilización del 15-M en Barcelona, ¿hubo expresiones del nacionalismo catalán?

Al contrario, durante el 15-M, en las asambleas de la Plaza de Cataluña se hablaba de forma indistinta en catalán y en caste- llano como en los tiempos del antifranquismo y para enojo de algunos fundamentalistas. La erupción del nuevo independentismo catalán vino cuatro meses después, a partir de la Diada del 11 de septiembre de 2011, que fue una expresión de frustración de las clases medias catalanas, que son de tradición profundamente democrática. Tal vez el 15-M comunicó energía y voluntad de protesta a unas clases medias catalanas que se habían mantenido relativamente alejadas. La tendencia democrática fue parecida, pero los orígenes de la protesta fueron diferentes. No se trata, en su tendencia principal, de un nacionalismo agresivo o xenófobo. Al contrario, es una manifestación democrática más de la crisis de la Segunda Restauración borbónica, y pone el dedo en una llaga dolorosísima, su incapacidad para vertebrar libre y democráticamente la diversidad nacional de los pueblos de España.

Hablamos de la importancia del 15-M y de cómo modificó a España, ¿qué significa la aparición de Podemos en este sentido?

El 15-M reveló sobre todo dos cosas: por un lado, el hartazgo de la población trabajadora y de las clases medias españolas en general con un sistema corrompido de raíz, con un país que de repente parecía en putrefacción. Eso por un lado; y por el otro, la brecha generacional. No es que Pablo Iglesias u otros dirigentes del actual Podemos jugaran un papel esencial y ni siquiera demasiado destacado en el 15-M, pero comprendieron la necesidad de dar una forma política y una expresión político-institucional a un movimiento que, como todos los movimientos que expresan rabia popular y contestación espontáneas, estaba en vías de desvanecerse y evaporarse. También me sorprendió el éxito de Podemos en las elecciones europeas de 2014. Refleja el hartazgo al que había llegado la población con el entero arco político de la Segunda Restauración, no sólo con el bipartidismo dinástico. Pensé que iba a haber algo más tradicional y menos fulminante. Los estudios sociológicos empíricos muestran que en las elecciones europeas de 2014 entre quienes votaron a Podemos abundaban los profesionales urbanos y las gentes académicamente bien preparadas, y que era una expresión de la frustración de la “generación más preparada de la historia”. Con el tiempo –¡y sólo ha pasado un año!– su base social se ha ensanchado hacia la población trabajadora asalariada, particularmente a las capas más castigadas por la crisis, y no sólo a las urbanas. Podemos estaría en trance de convertirse en el partido intergeneracional de los más castigados y humillados por la crisis en toda la geografía económico-social del país, y no sólo en una expresión juvenil urbana de la frustración de expectativas; así pues, ¡un potencial electoral inmenso!

La pregunta es, entonces, si el núcleo dirigente original de Podemos que respondía a la base social del Podemos que triunfó en las europeas de mayo de 2014 comprenderá cabalmente y se adaptará a sus nuevas bases, por así decirlo, más plebeyas y más heterogéneas generacional y territorialmente. Son gentes que han demostrado realismo y pragmatismo hasta ahora. Se puede seguramente esperar que la comprensible borrachera del inesperado éxito de mayo de 2014 y ciertos tics adánicos de una nueva generación de izquierda que prefiere olvidar antes que comprender la terrible derrota de la izquierda con que terminó el siglo XX no cegará su visión de las realidades y las necesidades políticas de finales de 2015, incluidas las de sus transformadas bases propias.

Podemos no está sólo en el escenario político español, también hay numerosas fuerzas locales que se han desarrollado, muchas de las cuales se vinculan a Podemos…

El gran debate ahora es el de la llamada “confluencia”: si de cara a las próximas elecciones generales Podemos va a concurrir solo –como resolvieron hacer en plena borrachera de éxito y cuando creían que podían comerse el mundo– o si va a concurrir en listas de unidad y confluencia popular amplia. Las elecciones municipales de mayo 2015 y los extraordinarios éxitos de experiencias de confluencia municipal en las principales capitales españolas parecen avalar la confluencia de todas las izquierdas en las elecciones generales.

Antes de las municipales, pocos pensaban que las izquierdas a la izquierda del PSOE podían triunfar en las principales capitales españolas: Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Cádiz, Santiago, La Coruña, El Ferrol, Zamora. Es un fenómeno muy característico de la historia española del siglo XX: los grandes cambios políticos empiezan por las grandes ciudades y con elecciones municipales. Hay que recordar que la Segunda República vino en abril de 1931 porque los partidos monárquicos perdieron unas elecciones municipales aparentemente inocuas. Pero fue tan abrumadora la derrota y estaba tan desgastado el régimen de la Primera Restauración, que Alfonso XIII –el bisabuelo del actual rey, Felipe VI– abdicó y el 14 de abril se proclamaba la República.

El triunfo de las izquierdas confluyentes en las elecciones del 14 de mayo de 2015 ha dado alas a quienes presionan ahora a la dirección de Podemos para repetir la experiencia en las elecciones generales. Aunque también comprendo perfectamente que se resistan a convertirse en “tabla de salvación” de una vieja izquierda tan esclerotizada como acostumbrada a “regodearse en el fracaso”, casi con vocación de pureza perdedora. La dirección de Podemos ha comenzado ya a dejar de lado su adanismo juvenil comprendiendo la realidad histórica plurinacional de nuestro país y mostrando su voluntad de entenderse con otras fuerzas políticas y sociales de izquierda más o menos tradicionales en los territorios con perfil nacional propio, como por ejemplo en Cataluña, Valencia, Gali- cia o Navarra. Y dirigentes tan carismáticos y destacados de esas izquierdas nacionales con los que la dirección de Podemos quiere entenderse –como el veterano Xosé Manuel Beiras en Galicia o la joven Mónica Oltra en el País Valenciano– ya han dejado meridianamente claro que su posible alianza con Podemos pasa por algún tipo de confluencia y unidad popular en unas elecciones generales que se presentan como decisivas para el destino de nuestro país a medio y tal vez hasta a largo plazo.

Si bien la aparición de Podemos ha sacudido la política española y después de las elecciones al Parlamento Europeo en mayo de 2014 se hablaba del “fin del bipartidismo”, el Partido Popular todavía es la primera fuerza política…

A pesar de todo lo que ha caído, de los esperpénticos escándalos de corrupción, de las políticas de austeridad y socialmente inmisericordes practicadas por su gobierno de mayoría absoluta, el PP parece seguir teniendo un suelo electoral importante, en torno al 20-25%.

El estratega del PP es el sociólogo Pedro Arriola, que perteneció al Partido Comunista de España en su juventud. En su momento, diseñó la primera campaña que llevó a Aznar al gobierno en 1996. Su idea básica es que España es un país cuyo electorado está claramente escorado a la izquierda y a la centroizquierda. Siendo esto así, la única forma de que la derecha pueda ganar unas elecciones pasa por deprimir al electorado de la izquierda, es decir, por lograr que se abstengan al menos unos dos millones de votantes de izquierda o de centroizquierda. Para conseguirlo hay que machacar mucho a los socialistas –si es necesario, con críticas demagógicas, como que no defienden suficientemente a los trabajadores– y luego mantener un perfil lo suficientemente derechista como para no deprimir al núcleo duro de sus propios votantes. Pero tiene que ser suficientemente blando como para no provocar al electorado de izquierda y sacarlo de la abstención para entregar un voto útil al PSOE como el “mal menor” frente a una derecha posfranquista irredenta. Así ganó las primeras elecciones el nuevo PP de Aznar, con una abstención enorme dimanante de las mamarrachadas del final de Felipe González. Y las perdió en 2004 cuando, tras repetir una victoria en 2000, esta vez con mayoría absoluta, se puso más bravucón.

Su estrategia de campaña pasa ahora por más o menos pedir perdón abstractamente por lo mal que lo han hecho desde el go- bierno, en buena parte –claro está– por culpa de la “desastrosa situación heredada” del PSOE de Zapatero. También en amagar con un “giro social” ahora que se adivinarían ya los pretendidos “bue- nos frutos” de su demencial política económica procíclica. Pero pasa, sobre todo, por generar miedo y decir que si gana Podemos, o consigue –como en las municipales– resultados que restrinjan a su favor la capacidad de maniobra del PSOE, va a ser el caos total. En este sentido, el fracaso del gobierno de Syriza y la espantosa capitulación de Tsipras les viene aquí de perillas. Y en cuanto al PSOE, no haría falta machacarlo mucho, ya que alcanza con insinuar que no es más un partido “responsable” y que está a merced del nuevo “populismo” y de la “vieja extrema izquierda”, como se habría visto en los emblemáticos Ayuntamientos de Madrid y Barcelona, las dos grandes capitales-escaparate del país.

Hablás de extrema izquierda pero Podemos evitar utilizar la escisión de izquierda y derecha…

Por distintos motivos, algunos de los cuales tienen que ver con su borrachera ganadora tras las elecciones europeas de mayo de 2014, la dirección de Podemos intentó evitar quedar encasillada en un eje tradicional de izquierda-derecha para ocupar lo que ellos llamaron “la centralidad del tablero”. Pero fueron más bien trucos imperitos de mercadotecnia bisoña, que nadie ha parecido tomarse muy en serio, me temo que ni siquiera ellos mismos… Si ves las encuestas, el electorado los ubica muy a la izquierda, a la izquierda incluso de Izquierda Unida.

Podemos pudo hacerse la ilusión de que sus inocentes trucos mercadotécnicos con la “centralidad del tablero” y todo eso le servían de algo, hasta que apareció una fuerza de derecha liberal como Ciudadanos, el “Podemos de derecha” que reclamó famosamente un gran empresario. Se trata de un partido que, nacido en Cataluña hace 10 años, tiene cosas de extrema derecha españolista en la “cuestión territorial”, pero que ofrece ahora, en su reciente extensión al resto de España, una especie de discurso centrista y regeneracionista.

Fracasó relativamente en las elecciones municipales de 2015 en la medida en que, contra muchos pronósticos, ni siquiera consiguió absorber toda la abstención con que un electorado de derecha asqueado del sinnúmero de escándalos de corrupción castigó al PP. Y se ha visto que va a funcionar sobre todo como una muletilla de la derecha corrupta del PP. Sea ello como fuere, su aparición como partido “ni de derecha ni de izquierda”, sino regeneracionista y muy cool, cortó en seco las efusiones “podemitas” con la “centralidad del tablero”. El electorado lo tiene claro: Ciudadanos es de derecha y Podemos, de izquierda. Y lo que se dirime en las próximas elecciones generales no es la ocupación del centro de ningún “tablero”, sino seguramente algo mucho más profundo y delicado: el curso y la orientación que tomará en los próximos años la peligrosa crisis del régimen de la Segunda Restauración borbónica, incluida su fracasada economía de capitalismo de amiguetes políticamente promiscuos.

————-

La encrucijada española. Del 15-M a la disputa por el poder. Pedro Briege. Capital intelectual.

Notas:

1. El chorizo refiere aquí a un ladrón, y cuando se utiliza esta expresión se juega con el doble sentido: no hay suficiente que robar para tanto ladrón. [N. del E.]

from ctxt.es http://ift.tt/2hdIOpA
via IFTTT