El profeta enamorado

Siempre sospeché que el Corán había sido elaborado entre mujeres. A menudo las imaginé reescribiendo las hojas que el profeta dejaba al descuido mientras se recostaba un rato a dormir su siesta.

Mahoma estaba enamorado. Estoy completamente segura. Por eso otorga a las mujeres derechos y libertades que hasta hace bien poco no habían llegado a muchas de nuestras modernas sociedades occidentales.

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Como primer ejemplo invalidó la boda de Jansa, obligada por su padre a casarse con un hombre al que no quería. Y tras la batalla de Uhud, que dejó tantas viudas y huérfanos, estableció derechos para las mujeres en materia de sucesiones y herencias que ni el código napoleónico por el que se rigen muchos países europeos les es más favorable (azora II, aleyas 218-234-235, y azora IV, aleyas 126-216).

Cuenta la tradición que durante uno de sus viajes a la Siria cristiana conoció en un monasterio a un fraile nestoriano que lo inició en el conocimiento del Antiguo Testamento, y cuenta también que recibió sus revelaciones por medio del arcángel Gabriel, pero yo siempre he pensado que tales revelaciones procedían de voces femeninas. Lo cual no es una idea disparatada dada la enorme influencia que pudieron ejercer las mujeres en las decisiones de un sentimental.

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Mahoma instauró el divorcio (en pleno siglo VI) para que las mujeres fuesen libres si querían separarse (azora IV, aleya 127, y azora XXXIII, aleyas 36-39), o deseaban volver a unirse en matrimonio junto a un nuevo hombre (azora IV, aleya 23). Y enfrentándose a las costumbres más sagradas de la época las invitó a participar en la oración y la guerra, los dos actos más importantes de entonces.

Estaba enamorado. No tengo ninguna duda. Y tenía por el amor un entusiasmo platónico a cuya sombra surgieron las primeras cortes, muchos siglos antes que en Provenza, dejando escrito entre sus versos “ya lo dijo Alá, que el mejor de entre los hombres es el mejor hacia su esposa”.

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De los pecados posibles, la calumnia a una mujer fue el más duramente castigado (azora XXIV), dictó leyes a favor del aborto antes de los 42 primeros días de gestación (azora XXXIX), abolió la esclavitud (azora XXIV, aleyas 32-33) y el repudio (azora II, aleyas 228-231-233-332 y azora LVIII).

No reconozco la imagen de un Islam violento e inmutable. En ninguna parte del texto sagrado existe una formulación que permita cualquier forma de discriminación entre hombres y mujeres, así como no es posible identificar el Islam con la forma de terrorismo que asola el mundo, porque la voluntad de transformar el mundo mediante actos de destrucción no se encuentra en el Islam tradicional. No busquemos sus raíces ideológicas en el pasado remoto, porque no son antiguas sino que provienen de la modernidad.

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Las mujeres árabes luchan por sus derechos, un feminismo que hunde sus raíces en el propio mundo musulmán, pues como dictó aquel profeta enamorado “las mujeres son iguales al hombre, aquel que las honre es honorable y aquel que las desprecie es despreciable”.

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Ana Sharife es atea, hija de musulmana y de teólogo cristiano.

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El Pedripol de hoy: Spam electoral (22/11/2018)

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Lectura Sin Sombrero (I): Isabel Oyarzábal

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El fútbol popular o cómo devolver el poder a los aficionados

“El sentimiento en el fútbol se debe perder. El sentimiento o la fidelidad están muy bien, pero esto es un negocio”. Así se expresaba el presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo, en una entrevista en la revista Panenka. Contra esa visión mercantilista donde el dinero es el epicentro de todo, han aparecido en los últimos años una serie de clubes en diversos países de Europa que bajo el lema ‘fútbol popular’, otorgan al aficionado un papel preponderante, alejándolo de la condición de cliente sin apenas derechos que sufre en la actualidad.

Las raíces de este movimiento hay que buscarlas a principios del actual siglo en Inglaterra, cuando la directiva del Wimbledon decidió trasladar al equipo desde Londres a Milton Keynes, a 90 kilómetros de distancia y cambiar la denominación del club. Los seguidores disconformes decidieron crear uno nuevo, el AFC Wimbledon, una situación que se repetiría poco después, cuando hinchas del histórico Manchester United contrarios a su adquisición por parte de un millonario estadounidense, fundaron el FC United of Manchester. Esta corriente se ha ido extendiendo por el viejo continente, existiendo representantes en varios países. En España hay hasta 12: Atlético Club de Socios, Unionistas de Salamanca, CAP Ciudad de Murcia, UC Ceares, SD Logroñés, FC Tarraco, UD Ourense, Xerez Deportivo, Avilés Stadium, UD Aspense y CFP Orihuela y CP Almería.

Todos ellos tienen sus orígenes en alguna de estas causas: son herederos sentimentales de clubes que desaparecieron a causa de desastrosas gestiones económicas; los seguidores tomaron el control por disconformidad con la gestión; fueron creados por aficionados desde cero; o el desapego hacia la directiva de su club de siempre llevó a un grupo de simpatizantes a formar uno nuevo. En este último caso se encuentra el pionero a nivel nacional, el Atlético Club de Socios, fundado en 2007 por unos 100 socios del Atlético de Madrid desencantados con la manera en como el club fue expropiado a través de una conversión fraudulenta en sociedad anónima y de la gestión realizada a espaldas de su masa social.

Su tesorero, Emilio Abejón, que también es secretario general de FASFE (Federación de Accionistas y Socios del Fútbol español) explica que el fútbol de accionariado popular “lo forman equipos que quieren volver a la raíz democrática, social y comunitaria de este deporte. En algunos casos, sus responsables vieron cómo desaparecieron los clubes de sus ciudades debido a una gestión mercantil y cortoplacista y quieren volver a empezar con los pies en el suelo, atados a su comunidad y con estructuras asociativas y democráticas, construyendo a partir de ahí un fútbol distinto al de la élite actual”.

Desde su constitución, el Atlético Club de Socios ha conseguido tres ascensos, militando actualmente en Preferente, y se ha instalado en el barrio de El Bercial, en Getafe. Abejón explica “Somos una entidad pequeña, con apenas 200 socios, y gestionarla no es muy complicado. Tenemos una junta directiva de diez personas y entre 15 y 20 voluntarios que forman grupos de trabajo que funcionan de forma autónoma en la labor deportiva, de captación de recursos, administrativa y social. Nuestra gestión es de tipo asociativo-democrático, donde todos los socios mayores de 16 años tienen voto en la asamblea, que se celebra dos o tres veces al año. En ella se vota cualquier cosa que quieran plantear”.

Este tipo de clubes tiene entre sus características el realizar una labor social. “Un club de fútbol es una entidad que se debe a su comunidad y que debe trabajar en la solución de los problemas que pueda haber en su ciudad o en su barrio, por ejemplo de integración de inmigrantes, o de vivienda. Un partido no es sólo un enfrentamiento en el terreno de juego sino que además es un encuentro social. El fútbol profesional ha tenido una deriva mercantil tan brutal que algunos aspectos en los que antiguamente los clubes eran un factor de cohesión los han ido perdiendo, y ahora mismo no son más que empresas que se dedican a extraer beneficios de sus aficionados”, explica el tesorero del Atlético Club de Socios.

El hecho de estar constituido de una manera no impide el riesgo de dejarse embaucar por los cantos de sirena de inversores económicos que están al acecho. “Es necesario tener una comunidad de gente muy movilizada e ideologizada. Si un club crece sin que las ideas fundacionales se fortalezcan puede terminar cayendo en otras manos. Cuando te acercas al fútbol profesional y empiezan a moverse cantidades importantes de dinero, aumentan los riesgos”, afirma Abejón.

La mayoría de estos clubes que defienden el fútbol popular militan en Tercera división o categorías regionales. El que ha llegado más alto es Unionistas, que compite en Segunda “B”. Tiene su germen en la Plataforma de Aficionados Unionistas que intentó salvar en su día a la Unión Deportiva Salamanca. En apenas cuatro años ha experimentado un crecimiento notable, hasta el punto de contar con 2.700 socios. Su presidente, Miguel Ángel Sandoval, reconoce que “con el impacto mediático que hemos tenido ya se nos ha acercado gente con interés en invertir, pero nuestra filosofía es muy clara, la de demostrar que otro tipo de fútbol es posible y que los socios sientan que ellos son los dueños. No dejamos, por ejemplo, que ningún patrocinador participe en las decisiones importantes. Y no nos valen todos. Hemos rechazado ofertas de casas de apuestas o de clubes de alterne. No vamos a vender el club por un sueño. Si descendemos, no pasa nada”.

Son muchos los que piensan que el modelo económico que ha tomado el fútbol de élite es irreversible y que las distancias entre los más poderosos y el resto seguirán aumentando. Eso no significa, en opinión de Abejón que el fútbol popular no pueda existir.  “Pienso que llegaremos a una situación en la que habrá una docena de ultra mega clubes, que serán empresas de entretenimiento global, con varios cientos de millones de presupuesto anual y contratos televisivos espectaculares, ajenos a la idea con la que nacieron, y un fútbol redimensionado que busque funcionar en los mercados locales en el que haya clubes de tipo cooperativo, democráticos y muy volcados con sus comunidades, que tendrán toda la razón de ser y que serán los más favorecedores para un entorno social sano”.

Hay que tener en cuenta además que la vigente Ley del Deporte obliga a los clubes a convertirse en sociedades anónimas si llegan a la Segunda división. ¿Qué harían en Unionistas si algún día alcanzan esa categoría? “Creo que habría alguna fórmula para que los socios siguieran manteniendo el control, como ocurre en Alemania, o el propio Eibar aquí en España, que pese a ser una SAD, sigue siendo de sus socios”, explica Sandoval.

¿Son los últimos románticos del fútbol o la solución a una burbuja que no se sabe si algún día explotará? Sólo el tiempo lo dirá. Abejón lo tiene claro. “El camino es retornar a esa democracia que, paradójicamente, disfrutaban los clubes en los tiempos de la dictadura y que desapareció con la primera Ley del Deporte de la democracia”. 

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Organizar la vida en común en el Antropoceno

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Una constitución, dicho en términos de andar por casa, no es más que el conjunto de reglas que permiten articular la vida en común de grupos de personas que habitan un territorio concreto.

Las constituciones son hijas de su tiempo y fruto de las correlaciones de fuerza y equilibrios de poder que se dan en cada momento. Deben responder a las tensiones y problemas de cada época.

Desde 1978 hasta hoy el mundo ha cambiado brutalmente. Por cambiar, hemos cambiado hasta de era geológica. Ya no estamos en el Holoceno, sino que hemos transitado al Antropoceno, época caracterizada por el agotamiento y declive de recursos como el agua dulce, la energía, la pesca o los minerales y por el cambio en las reglas del juego que organizan todo lo vivo.

Si el propósito de un documento constituyente fuese –como debe ser, a mi juicio– garantizar que todas las personas puedan mantener las condiciones de vida que aseguren la satisfacción de sus necesidades (existencia física, refugio, participación, relaciones significativas, capacidad de influir, etc.), conviene tener “normas humanas” que no se desarrollen en contra de lo que nos permite estar vivas.

Somos una especie que vive inserta y forma parte de en un medio natural que proporciona todo, absolutamente todo, lo que se necesita para satisfacer las necesidades: oxígeno, fotosíntesis, energía, agua, polinización, bosques, minerales, etc. Estos bienes-fondo no son utilizables directamente por los seres humanos, sino que los metabolismos económicos interactúan con ellos para obtener los bienes y servicios. Estos bienes-fondo y ciclos tienen límites –ya sobrepasados– y no son fabricados ni controlados a voluntad por los humanos.

La ecodependencia tiene tres derivadas importantes que no tiene en cuenta la Constitución española –tampoco la mayor parte de las constituciones del mundo.

La primera es que el territorio no es solo el decorado en el que vive una comunidad. No es solo el soporte que pisamos, delimitable a través de una línea más gruesa en un mapa o de una valla física. El territorio es un tejido vivo, que se autoorganiza, en el que la vida se reproduce y cambia. Dado que la economía es un subconjunto de ese proceso vivo y no al revés, conviene que las constituciones blinden y protejan, no tanto la propiedad, sino el mantenimiento de los bienes comunes limitados y parcialmente agotados del territorio, que para que puedan ser de todos, precisan no ser de nadie.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que un territorio nunca está aislado, fenómenos como el cambio climático, la contaminación o el declive del agua dulce no conocen fronteras.

Nuestro gran déficit, injusto para otros territorios y peligroso para todas las que vivimos aquí, es el físico y territorial

Además, los países llamados desarrollados, mantienen físicamente sus economías con cargo a los bienes y recursos de otros territorios. En concreto, en nuestro país el 80% de la energía utilizada y el 75% de los minerales proceden de otros países. Tenemos una profunda dependencia material de los países africanos y de América Latina, donde existen guerras formales e informales por los recursos que expulsan a pueblos enteros del lugar que habitan. Si hablamos de comida, utilizamos el doble del territorio español para generar los alimentos que comemos.

Nuestro principal déficit no es la deuda que se apresuró a “constitucionalizar” el artículo 135. Nuestro gran déficit, injusto para otros territorios y peligroso para todas las que vivimos aquí, es el físico y territorial causado por un modelo de producción y consumo incompatible con nuestra propia base de recursos.

Pero además, las personas no podemos existir si no se garantiza y protegen los vínculos y relaciones (infancia, vejez, enfermedad, diversidad funcional, momentos críticos vitales, etc.) necesarios para asegurar la supervivencia de los cuerpos vulnerables y finitos en los que se encarna la vida humana.

No existen los individuos completamente autónomos, sino que todas las personas somos interdependientes entre nosotros. Quienes se han ocupado históricamente del cuidado de los cuerpos han sido las mujeres, no porque estén mejor dotadas genéticamente para hacerlo sino porque vivimos en sociedades patriarcales que asignan de forma no libre estas funciones a través de mecanismos económicos, simbólicos y políticos, ocultando e invisibilizando la importancia vital de estas funciones. Nuestra Constitución también lo hace.

Los principios contituyentes deben empaparse de la consciencia de que la vida humana no se sostiene sola

Por ello, parece razonable organizar los principios constituyentes alrededor de la sostenibilidad de la vida, máximo cuando el Antropoceno, la crisis de reprodución social y el cambio en las pirámides demográficas ponen en riesgo precisamente las condiciones vitales de las personas más precarias.

Los principios contituyentes deben empaparse de la consciencia de que la vida humana no se sostiene sola. Hay que mantenerla intencionalmente, interactuando con el medio natural y sus bienes fondo y garantizando el mantenimiento de las tareas de reproducción cotidiana y generacional de la vida. A eso le llamamos “poner la vida en el centro”. Es importante entender que para que exista producción, entendida en incremento de los agregados monetarios hay una precondición que es la producción de vida, cuya lógica se apoya en las leyes de la naturaleza y en la ética del cuidado y no en la maximización de las ganancias.

Históricamente el sujeto político que suscribe el contrato social es un sujeto abstracto, pretendidamente autónomo, que no existe y solo es viable en la medida que en espacios ocultos (doméstico, territorios, otras especies, espacios colonizados) otras se ocupan de sostener la vida. Esas vidas, invisibilizadas, subyugadas pero imprescindibles, de facto, valen menos. Situar la existencia inmanente y vulnerable como sujeto protagonista del contrato social es una tarea pendiente.

¿Qué principios podrían sustentar una constitución a la altura de los tiempos?

– El sentido y orgullo de pertenencia a una comunidad que se cuida y que vive de lo que sus territorios proporcionan. Esto supone sustituir un concepto sagrado, excluyente y normativo de Patria o de Familia que apela a las emociones más violentas, pero que vende sin vacilar la tierra, los recursos o el litoral, abandona y culpabiliza a las personas que sufren precariedad vital y se  desreponsabiliza del cuidado de los cuerpos. El enfoque de la sostenibilidad de la vida cuestiona, también, un concepto cristalizado y rígido de soberanía que solo puede ser entendido si se cree que la vida humana “flota” al margen de la materialidad de la tierra y los cuerpos y propone revisarlo en términos de autonomías interdependientes.

– Desbancar la creencia y sentimiento de que solo necesitamos dinero y, de paso, la lógica sacrificial que defiende que merece la pena sacrificar cualquier cosa (territorio, derecho al cuidado, derecho a la vivienda, a la energía o a la alimentación, libertad de expresión) con tal de que la economía crezca. La economía decrecerá materialmente por las buenas o por las malas y conviene encarar un reajuste valiente, decidido y explicado del metabolismo social de forma que quepamos todas las personas y se frenen los procesos de expulsión.  Los textos constituyentes deben construir una racionalidad económica alternativa conectada con las necesidades y los límites físicos.

– Proteger los bienes comunes (agua, tierra fértil, energía, etc.) y garantizar el acceso a ellos de forma sostenible y equitativa para todas las personas.

– Situar la seguridad de todas las personas como prioridad. Implica disputar la noción de seguridad, con frecuencia confundida con el blindaje de las élites. Supone, más bien blindar el derecho a la vivienda, la educación, la libertad de expresión, y en general de todas las necesidades cuya carencia impide tener vidas dignas.

– Establecer, además de los derechos, un sistema de obligaciones. La vida requiere relaciones recíprocas de cuidado. Las mujeres no son la únicas que tienen que prestarlos y, por ello, es preciso repartir las obligaciones que comporta tener cuerpo y ser especie.

– Garantizar una salud integral que pasa por respirar aire limpio, comer alimentos de calidad, una habitabilidad digna, capacidad de decidir sobre la propia vida y el propio cuerpo, tiempos para las relaciones significativas y para poner en marcha proyectos y deseos propios.

Pensar así una nueva Constitución, implica un proceso complejo y valiente que sitúe como principio político la ética del cuidado, entendido no como una carga, sino como una condición inherente a la vida para mantener los vínculos y la cohesión. Un cuidado entendido como la capacidad y la voluntad de hacerse cargo de la continuidad de la existencia digna que es la forma más noble de amor.

Decía Walter Benjamin que prender la revolución consistía en activar el freno de la maquinaria desbocada de la historia y el progreso en el capitalismo. Creo que para activar esa palanca es preciso desprenderse de esa heroicidad viril que enaltece morir o matar por cualquier causa. Hoy la causa es la propia vida y, por tanto, el amor, entendido como ese esfuerzo constante, radical y apasionado de mantener vidas justas y dignas, es el aliento que debe impulsar el intento de organizar la vida en común.

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Salvar los cuerpos

Junto a Broto, en el Sobrarbe aragonés, está la cascada del Sorrosal, una vertiginosa caída de agua de 110 metros que, procedente de la edad del hielo, se vierte en el río Ara. Desmaya contemplar desde abajo la escarpada pared vertical por la que sube la mirada mientras la espuma baja, saltarina, chispeante y fragorosa, como midiendo y ampliando este abismo invertido que se hunde en el cielo. El agua cae, la mirada sube, pero también pueden subir los cuerpos a través de la vía ferrata, una sucesión de asideros de hierro clavados en la piedra que –a través de pliegues rocosos y breves y escabrosos remansos– llega hasta el mirador del Pueyo, al que se accede a través de la boca de una cueva altísima, ya en la cumbre.

Nos pasó hace unos meses. Ana y yo contemplábamos desde abajo el Sorrosal y, de pronto, hicimos un descubrimiento banal y decisivo. Esa vía ferrata, ajustada a la orografía del terreno, era un itinerario, algo así como la estructura de toda narración posible: con su sintaxis, sus subordinaciones, sus nudos, sus peripecias, su desenlace. Sin hombres era un esquema, un ritmo y una métrica; cuando los escaladores se colgaban de sus raíles devenía un relato concreto. Ana y yo los vimos ahí con el corazón encogido: como notas en una partitura, como pájaros en un cable eléctrico, como personajes en una trama novelística, sus cuerpos puntuaban el recorrido y lo volvían emocionante al tiempo que ellos mismos –los cuerpos– se volvían valiosos y vinculantes.

Me explico. Nuestro banal descubrimiento tenía que ver con la conciencia repentina de que la pared del Sorrosal se había convertido en un libro. Estábamos leyendo la roca. Por la vía ferrata, en hilera y en dos grupos separados por algunos metros de distancia, ascendían, en efecto, cinco personas. Más que la caída del agua, más que la subida de la piedra, eran esos cinco cuerpos trabajosamente rampantes los que alumbraban el vacío y agravaban nuestra sensación de vértigo. Estaban muy lejos, muy arriba, y apenas se los distinguía por el color de las mochilas o de los chalecos; y por la posición que ocupaban en la fila ascendente. Pues bien, Ana y yo, sin decirnos nada, nos pusimos de acuerdo para prestar una especial atención al segundo de ellos; fue una decisión arbitraria y azarosa que, sin embargo, determinó de inmediato tiránicos efectos narrativos en cadena. Fijamos nuestra atención en ese bulto y la pared y la cascada cobraron vida ante nuestros ojos. A partir de ese momento, mientras la contemplábamos o la leíamos desde lejos, la estructura de la ferrata desplegó su sintaxis al servicio del punto indiscernible que nuestra mirada había privilegiado. Y enseguida se desplegó el relato: el segundo escalador, el elegido, adquirió personalidad en la insistencia de nuestros ojos y con él también, por contagio, los otros cuatro, aunque subordinada y subsidiaria. De repente todos esos cuerpos –manchas lentas en la pared rocosa– estaban vivos, pero no porque se movieran por sus propios medios sino porque, sin rostro visible ni conocimiento previo, nuestra mirada caprichosa los había vivificado, ordenándolos –en torno a su eje– en una relación jerárquica y personal. Encima de una línea quebrada nos contaban una historia compleja que Ana y yo seguimos con ansiedad -con qué ansiedad- durante más de una hora.

El segundo, el de la mochila verde, era nuestro héroe. Lo habíamos escogido, como digo, al azar, pero nuestra atención prolongada convirtió ese azar en un destino. Su suerte nos interpelaba, nos comprometía, nos angustiaba no menos que si se tratase de la de nuestro propio hijo. Con el ánimo suspendido, lo veíamos dudar antes de llegar a la Brincona; con un respingo irreprimible lo veíamos tantear el aire alargando un pie ciego; con un alivio feliz lo veíamos superar un estrecho alfeizar que nos había parecido infranqueable. El compañero que lo precedía, el de la mochila amarilla, tampoco nos era indiferente. Lo habíamos puesto nosotros ahí para ayudar a nuestro héroe; lo queríamos, nos importaba y le agradecíamos que a veces tendiese una mano o indicase una grieta; pero nos irritaba si no se mostraba lo bastante diligente y hasta lo odiábamos si se adelantaba con agilidad dejando atrás a nuestro héroe.

En cuanto a los tres miembros del otro grupo, unos metros por debajo, eran asimismo importantes a su manera. También habían adquirido personalidad, pero por su relación con el elegido, al que llamaremos precisamente el Elegido. Su posición rezagada iluminaba el logro superior del héroe, la conquista ya consumada de su esfuerzo y, en general, el trazado y dureza del itinerario. Sin ellos, no habríamos sido conscientes del pasado del Elegido; no habría tenido “biografía”; habría carecido, por así decirlo, de recorrido vital. Sin ellos, además, la trama hubiese estado incompleta, en el sentido de que habría sido un mero desafío físico individual y no una pugna psicológica articulada. El grupo trasero iba a tardar más, lo estaba haciendo peor, era menos simpático; y si uno de sus miembros se hubiese precipitado al vacío nos habría espantado, claro, pero no nos hubiese asombrado y quizás tampoco dolido.

La suerte del Elegido, en cambio, estaba ligada a la nuestra por una empatía total. Durante una hora seguimos su trabajosísimo ascenso, tensos, sin aliento, con un sufrimiento creciente, incapaces de alejarnos ni de apartar la vista, casi rezando para que no le pasara nada, unidos a él por un parentesco íntimo e inesperado. Cada vez que resbalaba se nos nublaba la vista; cada vez que renunciaba a un asidero nos oprimía el desaliento. Cuando alcanzó la cima y lo supimos a salvo, respiramos aliviados. El Elegido había sobrevivido. No esperamos a que los rezagados llegasen hasta él; eran personajes secundarios y el relato había concluido. Agotados por el suspense pero mejores y más felices, dejamos de leer la pared rocosa del Sorrosal, con su sintaxis de hierro, ahora de nuevo silenciosa, y nos marchamos a beber unas cañas. 

Lo comentamos luego en el bar, casi asustados. Este descubrimiento decisivo y banal es el del poder de la atención, con sus límites y sus peligros: una atención arbitraria y constante –digamos– puede convertir a un extraño en hijo nuestro; y convertir un desorden de puntos en un relato. Creo que lo que llamamos narratividad consiste básicamente en esto y, si bien admite muchas variantes, estilos y ritmos –diferentes vías ferratas– sus límites, para bien y para mal, son insuperables. Esa insuperabilidad, aventuro, no revela un rasgo cultural, aunque la cultura puede anular o activar su vigencia –y manejar distintos carriles–; ilumina más bien un lecho antropológico común del que sólo podemos librarnos empeorando las cosas. Hollywood y La Ilíada beben en él; Cervantes y Joyce recorren una y otra vez sus raíles.

Del descubrimiento que Ana y yo, fascinados y aterrorizados, hicimos leyendo la pared del Sorrosal podemos extraer dos lecciones.

La primera, muy bonita, es que cualquiera –cualquiera– puede importarnos. “Basta mirar un objeto fijamente”, escribía Flaubert, “para que se vuelva interesante”. O lo que es lo mismo: basta mirar un objeto fijamente para que se vuelva un sujeto. ¿Cuántas veces no hemos sufrido un ataque de piedad incontenible contemplando largamente un dedal, una caja, un zapato, un árbol, una piedra? La opción religiosa que llamamos “animismo” reconoce el poder humano, inscrito en la mirada, de divinizar cualquier cosa, pero sólo es posible, en rigor, porque reconoce el poder humano, previo y más profano, de humanizar, a fuerza de atención, cualquier objeto o criatura. Aún  más: reconoce el poder humano, mucho más realista, de humanizar incluso ¡a un ser humano! A favor de la adopción en un mundo de huérfanos, conviene recordar que cualquier niño puede ser querido, no importa cómo haya llegado a nuestras vidas, a condición de posar en él los ojos el tiempo suficiente; y en contra de la indiferencia inscrita en la velocidad rapsódica de las mercancías, conviene recordar que cualquier desconocido –e incluso cualquier granuja– puede ser querido o al menos salvado de la muerte si lo miramos con un poco de atención. El odio fulmina con la mirada; el amor edifica, restaura, sostiene, dignifica con los ojos. Los cuentos no mienten: un beso largo puede convertir un sapo –¡y hasta un príncipe!– en el Elegido. Pero no sólo los besos, también las cuchilladas deben ser largas: si matamos a alguien que sea al menos porque lo hemos mirado fijamente, después de haberlo mirado fijamente, y no como desde un avión, sin verlo, a la ligera, mediante un interruptor y desenfadadamente.

La primera lección es de poder; la segunda, un poco más triste, de impotencia: cualquiera puede importarnos, sí, pero no todos al mismo tiempo. Uno es cada vez el Elegido. La estructura narrativa de la mirada, constreñida por sus límites anatómicos, salva de uno a uno y en la duración; necesita concentrarse y prolongarse antes de agotar y cambiar el relato. No podemos mirar largamente –ni dar un beso largo– a diez personas a la vez, a diez mil personas a la vez, a la humanidad entera; por eso el amor a la humanidad, tan ambicioso e inútil, compromete mucho menos que el amor a los hijos o el amor a los enamorados (o incluso a los animales a los que hemos puesto nombre). Ese amor abstracto no tiene sintaxis –vía ferrata en la que enganchar los cuerpos– y no se puede relatar; ni, en consecuencia, vivir. “Dos que quieren estar solos allí donde hay mucha gente; dos que quieren estar juntos allí donde hay mucho espacio”, dice el andalusí Ibn Hazm de los amantes. Sospecho que el poliamor no es en realidad amor; y que, por las mismas razones, los amigos en las redes no son amigos, hasta el punto de que podrían desaparecer o ser reemplazados por otros sin que su nombre dañado –o su ausencia– nos produjera la menor sacudida emocional. La noble, heroica, desesperada tentativa de extender la sedimentación visual del Elegido al conjunto de mis seguidores de twitter o de la humanidad en su conjunto acaba en el vacío, sin ningún pie en ninguna vía ferrata, y sólo produce intensidades breves solubles en alcohol: el sentimentalismo, que es lo contrario del amor y que siempre deja resaca.

Pero hay –¡albricias!– una tercera lección, de nuevo positiva y poderosa: cualquiera puede importarnos, pero no todos al mismo tiempo, es verdad, pero sí puede importarnos a todos al mismo tiempo. Cualquiera que leyera el Sorrosal habría elaborado el mismo relato a partir del Elegido; a partir de un Elegido. La vía ferrata, fuera de nosotros, mundana y pedregosa, objetiva y arbitraria, activa en el espectador una maquinaria –humanitaria– universal. Más o menos eso es lo que quería contar Kant en la Crítica del juicio sobre lo que él llamaba estética: todos podemos ponernos de acuerdo para salvar el mismo cuerpo. Sin ese criterio común el relato sería sólo una prevaricación salvaje o un indulto despótico.

La atención narrativa, según estas tres lecciones, es al mismo tiempo salvífica e injusta. Salva uno por uno los cuerpos, en los límites universales de nuestra patética y chapucera anatomía, y por eso mismo deja fuera muchos cuerpos, la mayor parte, o los reconoce y aprecia solo en relación con el Elegido. Esta jerarquía es, en realidad, lo que llamamos relato y la única manera de impugnarla es renunciando a él. No es fácil y quizás no es bueno. Es cierto: no todo tiene que ser relato ni atención constructiva. Conviene, desde luego, seguir pensando –además de narrando–; se impone, aún más, elaborar y defender principios abstractos, a modo de balizas en el aire que detengan el contagio arbitrario, azaroso e injusto de los besos largos; pero no conviene hacerse la ilusión de un mundo poblado de abstracciones encarnadas o de abstracciones sin cuerpo. Del mismo modo, conviene defender y alimentar la mirada atenta, porque en su intensidad selectiva se cobija el poder de reconocer, dignificar, valorar y proteger cualquier objeto y, por lo tanto, todos los objetos del mundo; pero no conviene limitar el ámbito de las propias lealtades y compromisos al cuerpo del Elegido o de los sucesivos Elegidos de nuestros relatos. El dilema entre principios y relatos no se resuelve suprimiendo uno de los dos polos o los dos al mismo tiempo. De hecho –mucho me temo– no se resuelve de ningún modo; y es justamente de ese dilema universal, y de su irreductibilidad universal, de lo que se nutren la mayor parte de nuestras narraciones. De eso tratan Antígona, El Quijote, El idiota, El rey Lear, todo Kurosawa, todo Ford, todos los tangos y todos los boleros; y toda la pequeña chismorrería cotidiana en la que se ha refugiado, en bares y puertas de colegio, como en una vieja iglesia, la activa, antigua, prevaricadora y benéfica moral de los humanos. 

La narratividad, en todo caso, se impone allí donde hay un cuerpo. Es una negociación entre cuerpos en pie sobre un terreno pedregoso, como en el caso de esa pared del Sorrosal convertida ante nuestros ojos en la página de un libro (o en la letra de una canción o en la trama de una película). El fin de lo que he llamado el paradigma letrado tiene que ver con el desplazamiento del cuerpo como eje o centro de nuestra experiencia vital y, por lo tanto, con el debilitamiento del poder de la mirada para humanizar los objetos (para convertirlos en sujetos). Nuestros cuerpos han sido extirpados del solar de la percepción. En su lugar no son los principios los que rellenan el hueco sino el sentimentalismo de las redes con sus resacas rabiosas y sus identidades hepáticas. Ni principios abstractos ni atención narrativa; ni moral ni simpatía; ni reflexión ni vía ferrata: el bombardeo y el haiku, ésas son las únicas armas que tenemos para defendernos de –cómo llamarlo– los cuentos anti-universales del destropopulismo (o neofascismo).

Lo que aprendimos Ana y yo leyendo la escalada del Sorrosal es que apenas distribuimos los objetos en el espacio, es imposible escapar a la narratividad y sus vías ferratas; es decir, a la atención injusta y al mismo tiempo salvífica de unos cuerpos detrás de otros y unos cuerpos sobre otros. Como es cosa de cuerpos, de cuerpos supervivientes, de cuerpos resistentes, de cuerpos amenazados, no es extraño –dicho sea para acabar– que la narratividad atávica se haya refugiado en las clases populares –entre el reguetón y el Gran Hermano– y la Gran Literatura la protejan con sus letras las mujeres: de Margaret Atwood a Lucia Berlin, de Elena Ferrante a Chimamanda Ngozi Adichie, de Hania Yanagihara a Neli Leyshon, de A.S. Byatt a Ava Ólafsdottir. Todo lo demás es resaca. 

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Humanos ‘Á la carté’: ¿y a usted qué categoría se le antoja para hoy?

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Alguien me contó que una vez un actor negro (afro) latinoamericano, cuyo nombre no recuerdo u omite mi mente porque en este caso lo que importa es el relato, se presentó a una audición para una película, digamos en Hollywood, y el personaje que se pedía era un latino. Fue rechazado porque “no cumplía las características”, seguramente se requería la apariencia estereotipada de chicano. Luego, digamos que esa misma tarde en Hollywood, aprovechando que había salido decidido a buscar trabajo, se presentó donde buscaban a un personaje negro, y le dijeron que estaba todo bien, que su apariencia correspondía, pero infortunadamente no lo elegían porque era latinoamericano.

Así nos sucede en tiempos de afanadas correcciones políticas. Digo afanadas, no porque no sean útiles, o necesarias en algunos casos, sino porque el afán de incorporarlas en la sociedad actual en vez de integrarlas a la estructura de pensamiento, hace que un día se diga “les estes sen mejeres que estes”. Habrá quien suelte el texto en este momento, nuevamente con afán, habiéndome calificado como un alguien que escribe contra el lenguaje inclusivo, por decir algo. Nos construimos desde el lenguaje y pretender derruir una base de pensamiento en vez de transformarla en otra cosa es una necedad. La corrección política ha hecho que hoy, por ejemplo, se exija a la RAE modificar las acepciones del término negro1, con el propósito de que en el pensamiento de la sociedad no exista más una sinonimia entre el término negro y, por ejemplo, la mala suerte. Como si en realidad fuera a partir de los diccionarios desde donde se elige lo que se hace con las palabras.

A quien lee le propongo una dinámica: intente pensar en este instante en cómo luzco, qué apariencia tengo. Piénselo para sus adentros, relea lo que hasta este momento he escrito y quédese con esa idea en la cabeza hasta aquí. Nací en Manuela Beltrán, un barrio al oriente de la ciudad de Cali, en el Distrito de Aguablanca, en Colombia. Mi mamá nació en Villa Rica, Cauca, al sur del Valle del Cauca y norte del Cauca. Mi papá, por su parte, nació en Buenaventura, y desde pequeño se fue a vivir al Paso de la Bolsa, corregimiento de Jamundí, municipio al sur del Valle del Cauca. Siga pensando en cómo luzco.

negro, afro, afrodescendiente. ¿Y qué tal si solo decimos escritor, o investigador?

Estudié Comunicación Social a nivel técnico sin poderme graduar porque no tenía plata para el diplomado obligatorio; luego Producción Audiovisual en el SENA, en ese periplo me fui para China a representar a Colombia en Expo Shanghái; después fui editor y redactor en Yenyeré, una organización que promovía y difundía las actividades culturales de las comunidades negras (afro) del Pacífico colombiano; ingresé a la Universidad del Valle a estudiar Licenciatura en Literatura, a mitad del pregrado gané la beca del programa MLK (Martin Luther King Jr.), del Centro Cultural Colombo Americano y la USAID, para la formación en inglés y liderazgo en comunidades afrodescendientes e indígenas. Aquí usted cree casi tener certeza de cómo luzco. Al término de ese programa, fui elegido para hacer parte del Diplomado en Escritura Creativa en el Pacífico2, organizado por el Instituto Caro y Cuervo y Fondo Acción. Durante ese diplomado escribí el relato “Renacimientos”, que se publicó en el Maletín de Relatos Pacíficos (2017)3. Luego, otras versiones se publicaron en las antologías La marea literaria en el Pacífico (2018), coeditada por Medardo Arias y Fabio Martínez, y Pacífico cuenta (2018), selección de Antonio García Ángel, además en el número 127 del magazín Transition de la Universidad de Harvard.

Hace un par de semanas, mientras presentaba alguno de los libros referidos anteriormente, en la Feria del Libro de Cali, me introdujeron como “Yaír Cuenú, escritor afro”. Esa misma semana, presentando otra antología, fui “un escritor del Pacífico”. Hace una semana, en el X Simposio Internacional Jorge Isaacs, que homenajeó a Manuel Zapata Olivella, me presentaron como “un investigador negro”. Y en este momento me podría convertir en lo que usted desee asociar con mi nombre y/o quehacer; negro, afro, afrodescendiente. ¿Y qué tal si solo decimos escritor, o investigador?

De eso se trata este artículo: la camisa de once varas en que te meten por escribir desde un territorio. En ningún escenario donde me paro soy solo un escritor o investigador, o enseñante, o ser humano sin color, etnia, origen o ancestralidad. Y no es que reniegue de mis orígenes, aunque parezca innecesario decir esto último, prefiero reiterarlo. El asunto no es que exista una Biblioteca afrocolombiana4 (2010), y se llame “afrocolombiana” a lo que podría ser el compendio literario más completo que se ha publicado en Colombia con autores/as y temáticas relacionados con “lo afro”. El lío es que esa biblioteca, para ejemplificar, es conocida por comunidades afrodescendientes, negras, raizales y palenqueras, investigadores/as del tema y quienes coleccionan libros para exhibir aquello que, sin leer, embellece sus salas. El problema es que, si escribes desde el Pacífico y te llaman escritor/a afro o escritor/a negro, necesariamente en el imaginario colectivo eres una persona quien, además de ser negra, afrodescendiente, escribe sobre “lo negro”, “lo afro”. Como “tus temáticas están relacionadas con cuestiones étnicas”, en la librería estás en literatura afro, y en una biblioteca hasta podría estar en la sección de antropología o sociología, donde aparezcan “temáticas afro”.

El peligro del calificativo reduccionista es que terminas convirtiéndote en no más que esa categoría. Lo que hace el voz a voz de vos es crear una figura afro que escribe, no un escritor/a. No basta con que te interese la condición humana como principio temático de tu propuesta literaria, la manera como te difunden es “escritor/a afrocolombiano/a”. Hay un afán por la corrección política que lleva a que se asuma que lo correcto es ponerte el adjetivo. Hace unos días el antropólogo Rafael Perea Chalá me decía “A mí no me gusta que me digan negro, odio eso, porque negro es un adjetivo, yo soy un humano, un sujeto, primero que todo un ser humano”. Pues más allá de su deseo, si uno busca información sobre él, probablemente aparezca que es un antropólogo chocoano, o del Pacífico, como un condicionamiento que avala o no sus aportes según convenga a quien lo requiera. Es como si el hecho de haber nacido donde nací, además de darme una especie de aval para tocar ciertos temas, me limitara también a los mismos.

El afán por la corrección política nos ha llevado a una incorrección reduccionista que hace de todos/as una categoría, sin reconocer que somos seres mutables, de imprecisiones

Ahora otro asunto fundamental. ¿De qué hablamos cuando decimos literatura del Pacífico colombiano? ¿a qué nos referimos cuando decimos literatura afrocolombiana? Seguramente en ambos casos nos referimos al Pacífico, más que a la literatura, y a “lo afrocolombiano” más que a la literatura. Aquello a lo que se llama así casi siempre carece de una crítica literaria. Lo habitual es que las lecturas que se hagan de ello estén ligadas a lo étnico. Y llega a suceder que existen obras a las que se les admite insuficiente trabajo escritural, cargas de descuidos, porque “hay que difundir lo nuestro, lo afro”, como si la bandera que reza “lo afro” fuera suficiente para que toda voluntad escritural sea considerada literatura que debe ser difundida. Y puede pasar, por ejemplo, que con ese mecanismo de difusión que tiene la literatura, tras lo que se promueve bajo la categoría “literatura afrocolombiana”, para seguir el ejemplo, se escude que, en no en pocos casos, existe una carencia en la calidad literaria y valor estético. Pero de eso no se puede hablar muy duro, es meterse en el ojo del huracán y convertirse en destructor/a de “lo nuestro”, es “no entender que debemos cuidar lo nuestro”.

La idea de la aldea y la universalidad, de Tolstoi, sigue vigente, aunque no sea suficiente para quienes se encargan de promover, difundir, poner calificativos, colores, nombres, etiquetas. La literatura no necesita apellidos, la literatura es suficientemente poderosa como para valerse per se. El afán por la corrección política nos ha llevado a una incorrección reduccionista que hace de todos/as una categoría, sin reconocer que somos seres mutables, de imprecisiones, nosotros/as y nuestras circunstancias. Está bien repensarnos la construcción del lenguaje, pero no torpedearlo como un castillo que debe caer, porque ese castillo somos también nosotros/as. Lo que necesitamos es reconstruir desde la base, y la base es el día a día, la construcción discursiva, la reflexión crítica, la autocrítica. Asumir una postura que nos permita reconocer que no basta con decir afro en vez de negro, si en nuestro interior no vemos humanos sino negros.

1. “La RAE estudiará la modificación del término ‘negro’ a petición de una ONGE” – Periódico El País, España. 19-09-2018. Recuperado de: https://elpais.com/cultura/2018/09/19/actualidad/1537377124_492179.html

2. “El Pacífico: un pulmón narrativo de Colombia” – Periódico El País, España. 5-05-2017. Recuperado de: https://elpais.com/internacional/2017/05/05/colombia/1493940525_416158.html

3. “Conozca el Maletín de relatos Pacíficos en versión digital” – Instituto Caro y Cuervo, Colombia. Recuperado de: https://www.caroycuervo.gov.co/Noticias/conozca-el-maletin-de-relatos-pacificos-en-version-digital/

4. “Biblioteca de literatura afrocolombiana” – Red cultural del Banco de la República, Colombia. Recuperado de: http://www.banrepcultural.org/proyectos/afrocolombianidad/biblioteca-de-literatura-afrocolombiana

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La whatsappización de la política y la nueva verdad

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Brasil es un laboratorio. Vivo aquí hace ocho años y hay días en los que pienso que si llego a entender bien este coloso podré entender el mundo. Aquí la complejidad social y política es apabullante. Todo palpita. Dicen que Brasil no es para aficionados. No lo es. Brasil es un escenario privilegiado para los que quieren entender los actuales procesos democráticos y antidemocráticos en el mundo. En este gigantón pasa de todo. La política es tenebrosa y fascinante al mismo tiempo. La elección de Bolsonaro así lo demuestra. Entenderla es entender la democracia actual. Vamos allá.

A veces no sé si en Brasil ha ganado las elecciones Bolsonaro o las fakenews. En la campaña electoral ellas han sido reinas indiscutibles mangoneando todo, omnipotentes, a su total antojo y dejando boquiabiertos a los ingenuos que todavía pensaban que política se podía hacer como antes.  El puñetazo en el estómago ha sido tan duro que ya no lo piensan más.

Un fenómeno que nos desafía y atropella todo. Veamos. No toda noticia falsa llegó al panteón de las fakenews brasileño. Para ser compartida frenéticamente y causar una tormenta cognitiva esta tenía que sintetizar, con simplicidad y sin ningún pudor, alguna de las cuestiones que inundaron la candidatura de Jair Bolsonaro y que calan hondo en la sociedad brasileña. El mundo online se nutre del mundo offline y viceversa. Aquí algunas de las fakenews más compartidas durante la campaña electoral: el candidato petista, Fernando Haddad, habría dicho que quien define el sexo de los niños es el Estado; el PT, junto con otros países bolivarianos, estaría preparando un golpe comunista en Brasil; los códigos de las urnas electrónicas que se utilizan en Brasil para votar habrían sido entregados a venezolanos para manipularlos en favor del PT. La más abominable, la más vil, producida un día antes de la segunda vuelta, que Haddad habría violado a una niña de once años.

Realizando una rápida autopsia a este contenido, podemos verificar las causas de la celebridad desmedida que algunas de estas informaciones tuvieron. Bolsonaro fue el señor del caos. Su candidatura  no fue ni propositiva, ni programática. Era pura demagogia de la negación. No importaba lo que Bolsonaro era, importaba lo que no era. La candidatura del “anti”: antipolítica, antisistema, antipetismo, antiprogresismo, anti-intelectualismo. Las fakenews tenían que explotar la idea de que el sistema político era una hecatombe, una calamidad de la que sólo un líder mesiánico como Bolsonaro nos podía salvar (su nombre completo es Jair Messias Bolsonaro; la vida, a veces, se pasa de irónica). Una tragedia nacional con un héroe y con un culpable porque sin chivo expiatorio un populista de ultra derecha no sabe hacer nada. El culpable era fácil de identificar, el Partido de los Trabajadores, expuesto ante la opinión pública bolsonarista como el partido más despreciable de la historia democrática brasileña. Linchamiento colectivo. El problema de la ultra derecha es que como no tiene nada que ofrecer, ofrece odio. El PT no era un adversario político, era un enemigo, y por tanto, aniquilable, exterminable. Las reglas de un juego político bélico donde no hay honor entre caballeros, sólo destrucción del otro.  ¿Cómo destruir un partido que gobernó Brasil durante 16 años con un presidente Lula con el mejor índice de aprobación de la historia brasileña? Dos estrategias. La lucha contra la corrupción, la misma que está encerrando 2018 con dos llaves de oro para la degradación democrática, Lula en la cárcel y el juez Sergio Moro indicado para ser el próximo Ministerio de Justicia de Bolsonaro. La otra estrategia, el miedo.  El miedo es magnífico. Gana presidencias a destajo. Pero para que el miedo funcione tiene que ser visceral, profundo, que salga de las entrañas. Comunismo, Venezuela, bolivarianismo. La campaña de Bolsonaro instauró un marketing delirante al mejor estilo guerra fría. El peligro rojo. El muro de Berlín parecía no haber caído todavía en Brasil. Y sexo, eso siempre, porque la represión sexual se alía muy bien al fascismo. El PT quiere corromper nuestros niños inocentes, quiere “transformarlos en gays”. Los petistas son pervertidos que quieren imponer clases de sexo en las escuelas. Lo que el PT quería, en verdad, era incluir en el currículo escolar educación sexual, debates sobre género y LGTBfobia. Listo, ya tenemos los ingredientes para la fakenews perfecta en un país de mayoría conservadora y religiosa. La política es cosa de emociones y afectos, sólo que, casi siempre, quien pasa mucho tiempo en gabinetes y mediocridades administrativas, se olvida de esta dimensión. El PT se olvidó porque, al final, gobernar Brasil pasó a ser más una tarea burocrática que una lucha por ideas. Vinieron otros e impusieron las suyas. A la política no le gustan los vacíos.

El hecho de que este tipo de información triunfe masivamente sería más digno del análisis de un diván psiquiátrico que de una socióloga, pero hay algunos elementos clave que podemos discutir. Primero, en Brasil la prensa tradicional sufre de un descrédito terrible. Para unos, la prensa mainstream es golpista porque apoyó el impeachment de Dilma Rousseff y la prisión de Lula. Para otros, la prensa es comunista y petista. De la prensa los brasileños se fían poco, pero de quien cada vez se fían más es de las redes sociales. El número de brasileños que se forman e informan políticamente por Facebook y Whatsapp aumenta cada año. La whatsappización de la política fue impresionante en estas elecciones. Si estaba en Whatsapp era verdad. En un país con más de 147 millones de votantes, 120 millones utiliza a diario esta plataforma y el 66 % de ellos consume y comparte noticias sobre política, según datos del Instituto Datafolha. El inconveniente tremendo de Whatsapp es que se impone una lógica comunicativa en torno a grupos de familiares, amigos, conocidos. Feudos informativos basados en relaciones de proximidad, afinidad y confianza donde los desconocidos y los que se atrevan a perturbar la armonía con opiniones contrarias serán bloqueados. Es muy fácil, sólo hay que expulsar del grupo a quien se empeñe en desafiarme con una información que no confirme mi visión de mundo previamente establecida. Pensar que mis ideas pueden estar equivocadas es demasiado incómodo. Olvidando un pequeño detalle, que sin opiniones divergentes no hay democracia. Es el terreno perfecto para las fakenews y para un proceso informativo desdemocratizante. Una fertilidad impresionante sin casi ningún tipo de control. En Brasil existe una justicia electoral que se encarga de vigilar la transparencia de los comicios, pero esta vez el Tribunal Superior Electoral estaba totalmente perdido. Las fakenews decidiendo las elecciones y los magistrados con cara de circunstancias, por no decir de tontos.  Mucha toga y poca reacción. 

Hay otro elemento que posibilita este reinado de las informaciones falsas. Una cuestión un tanto espeluznante.  Muchas de las fakenews que llegaron al panteón no tenían nada de dudosas (será verdad, no será). Eran fanfarronas, ostentosas, descaradamente falsas y, aun así, repetidas como verdades absolutas.  Hasta ahora, estaba socialmente pactado y establecido que políticos, prensa, profesores, intelectuales eran los mediadores para entender el mundo, los que daban las pistas del camino al conocimiento y la información, pero la sociedad se rebela contra estas mediaciones, ya no cree tanto en ellas. ¿Quién decide lo que es verdad? En el pasado eran la Biblia y la sotana, después fue la ciencia, ahora… ¿el Whatsapp? Durante siglos la ciencia ha ido construyendo un método de acceso al conocimiento  y producción de verdad, pero un método muchas veces oscuro y elitista todavía más para países periféricos como Brasil donde una buena educación continúa siendo un privilegio, no un derecho. Parece que ahora esta metodología académica de construcción de la verdad está en entredicho. El anti-intelectualismo fue muy fuerte en la campaña de Bolsonaro. Profesores e intelectuales serían grupos arrogantes, elitistas,  doctrinadores, sospechosos de los que tenemos que apartarnos. El motín de los ignorantes. Últimamente parece que está de moda ser idiota.  Es guay.  Estamos delante de una nueva forma de producción de la verdad, que algunos llaman de posverdad o auto verdad. Algo absolutamente retador. Hay un punto importante en esta opulencia del anti-intelectualismo. La universidad y la ciencia, productoras contemporáneas de la verdad, están muy lejos del ciudadano común. En Brasil, la intelectualidad es todavía muy elitista, está a años luz de millones de personas que, a menudo, no entienden el lenguaje científico. La pobreza habla más alto y silencia otras lenguas. Sin embargo la lógica neoliberal está muy cerca del pueblo: trabaje duro si quiere vencer en la vida, no se queje, estudiar demasiado no compensa, las humanidades son inútiles, sólo sirve el conocimiento práctico… Quizá esta insurrección de los zoquetes nos esté diciendo que el conocimiento científico tiene que ser menos pomposo y arrogante, tiene que estar más próximo de la gente, ser más fácil de entender, más concreto, tiene que meterse en la vida de las personas y dialogar con ellas, salir de los muros académicos, conquistar plazas y calles. El conocimiento científico tiene que servir, siempre, para mejorar el mundo. Si no lo hace tal vez la gente prefiera una fakenews a un profesor.

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Esther Solano Gallego es socióloga. Profesora de la Universidad Federal de São Paulo.

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En defensa del ensayo feminista autobiográfico

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Todo le pasa a ella

Empiezo hablando de mí, y es parte del chiste. A tenor de un artículo que se publicó en este mismo medio, un comentario acusaba a su autora (yo) de ególatra, diciendo algo así como “todo le pasa a ella”. Era una opinión. Por los mismos días, un tuit de un novelista muy conocido se declaraba “empachado de autoficción”. Admisible.

Justo por entonces estaba terminando la lectura de un libro extraño, por inclasificable, de la autora norteamericana Maggie Nelson, Los argonautas: lo rescaté de las baldas de la librería intuyendo que se trataba del tipo de libro que más me interesa desde hace un tiempo, el que realiza encaje de bolillos mezclando experiencia personal con pensamiento. No me equivocaba, aunque me quedaba corta: lo que descubrí es un maravilloso alegato de la narrativa en primera persona tanto como de la filosofía queer y feminista. Nelson escribe a partir de su relación de pareja con una persona trans no binaria, y discute a autoridades filosóficas al tiempo que se hace preguntas que apelan a cualquier lector/a: sobre la vejez, sobre las relaciones afectivas, sobre la enfermedad, sobre la maternidad y su vértigo, sobre las identidades disidentes de la “normalidad”, sobre la exposición a la que se somete la escritora que habla de sí misma. El libro contiene fragmentos y fragmentos (hilados con sabiduría) de exploración a partir de lo íntimo, mientras cita a Foucault, Butler, Deleuze o Eve Kosofsky Sedgwick… Qué arrogancia la de la autora californiana pretendiendo que sus experiencias sean tan importantes como para tenernos tres tardes atados a sus páginas; y qué grácil es su forma de escribir que es capaz de mantenernos ahí ofreciendo enfoques pertinentes sobre grandes preguntas del mundo contemporáneo.

Un ejemplo de su ensayo, muy ad hoc: “Creo que Butler peca de generosa cuando identifica ‘la mercantilización de la identidad’ como el problema. Yo diría, algo menos generosamente, que hay personas que no pueden ver más allá del lesbianismo de Butler y que al escuchar cualquier palabra que salga de su boca –cualquier palabra que salga de la boca de la lesbiana, cualquier idea que brote de su cabeza– solo escuchan una cosa: lesbiana, lesbiana, lesbiana. De ahí no hay más que un paso para rebajar a la lesbiana –o, para el caso, a cualquiera que se niegue a escabullirse en silencio hacia un futuro ‘posracial’ demasiado parecido al pasado y presente racista– tratándola de identitaria, cuando en realidad es el oyente el que no puede ir más allá de la identidad que le ha achacado al hablante. Colgarle esa etiqueta es un pretexto eficaz para desoírla, para que el oyente pueda volver a ocupar el rol de hablante. Y así podemos correr a otra conferencia más en la que el discurso de apertura corre por cuenta de Jacques Rancière, Alain Badiou o Slavoj Zizek […]”. (¿Es, al final, la discusión de las identidades algo que está en la cabeza del oyente, como dice Nelson? Esto es una historia para ser contada en otra ocasión, o un guante que lanzo).

Leerla me hizo reafirmarme en una cuestión que me sé desde hace tiempo pero siempre necesito recordarme: lo personal es político, en un sentido mucho más radical de lo que nunca ha sido. Así, la narración autobiográfica escrita por mujeres (asimismo otras identidades, racializados, migrantes o personas LGTB) es un lugar de encuentro, empatía, escucha y trasvase. Sin estas voces, al mundo que nos contamos le faltan trozos, las hegemonías se perpetúan, el canon queda intacto y los Badiou y los Zizek pueden seguir ocupando tronos.

Todo les pasa a ellas

Apegos feroces (Vivian Gornick), El nudo materno (Jane Lazarre), Los hombres me explican cosas (Rebecca Solnit), Te encontraré (Joanna Connors), Conjunto vacío (Verónica Gerber Bicecci)… y, saliendo del “yo”, pero dedicando sus páginas a muchos “yoes”, 10 ingobernables (June Fernández), son algunos de los libros recientes –algunos se escribieron en los setenta– que se centran en vivencias personales de mujeres y sujetos con identidades diversas para compartirlas y convocar empatías. Silenciamientos, soledades urbanas, paseos por la gran ciudad, enfrentarse a una violación, ser madre feminista de un hijo interracial, investigar la ausencia de la madre y el exilio, sufrir exclusión por ser trans, ejercer la prostitución, ser migrante, limpiar la mierda de casas ajenas para sobrevivir (esto, en formato de ficción, en Manual para mujeres de la limpieza, los cuentos archivendidos de Lucia Berlin). Todo les pasa a ellas.

Siempre les ha pasado, pero no escribían, ni contaban, ni apenas creían que sus experiencias tuviesen la dignidad suficiente para la imprenta. Esta barrera se debilita cada vez que una sola cuenta su experiencia y la hace pública (véase el #MeToo). Pero hablábamos de literatura. Cuando estaba en sexto curso (otra vez “yo”), un profesor de lengua nos dijo a una clase de cuarenta preadolescentes que “en la literatura cabe exactamente cualquier cosa; todo es digno de ser escrito”. ¿Todo, de verdad? ¿Nuestras menstruaciones, o las agresiones vividas, o las veces en que no nos sentimos autorizadas a hablar por intentar contar cosas privadas? Tuvieron que pasar veinticinco años para que encontrara la coartada que cuadrara el círculo, la que Doris Lessing escribió en el prólogo a El cuaderno dorado: “[…] la manera de salir del problema o de resolverlo, era reconocer que nada es personal, en el sentido de que solo es personalmente nuestro. Escribir acerca de uno mismo equivale a escribir acerca de los otros, dado que vuestros problemas, dolores, placeres y emociones (y vuestras ideas extraordinarias o notables) no pueden ser únicamente vuestros. La forma de tratar el problema de la subjetividad, ese chocante asunto de estar preocupado por el pequeño individuo, que al mismo tiempo queda cogido en tal explosión de terribles y maravillosas posibilidades, es verlo como un microcosmos y, de esa manera, romper a través de lo personal, de lo subjetivo, convirtiendo lo personal en general, como en verdad siempre hace la vida transformando en algo mucho más amplio una experiencia privada”. Cada vez que vuelvo a ese fragmento, veo más claro que cada una de las historias personales que seamos capaces de relatar (desde el lugar que sea) hará del mundo un lugar menos monolítico, más diverso, más acogedor. Nada es personalmente “nuestro”. Quizá por eso Natalia Ginzburg escribía sus ensayos autobiográficos en segunda persona del plural.

Son mis amigas

Rich, Lazarre, Gornick, Solnit o Nelson son mis amigas. Como lo son Fernández o Gerber o Luiselli, pero más concretamente Nanclares y Wiener. Me quedo con estas dos por conocer bien su trayectoria (y son, efectivamente, amigas; para que el chiste prosiga). Silvia Nanclares relató en una novela desarmante de autobiografía desnuda su proceso de búsqueda de embarazo desde el momento en que perdió a su padre. ¿Quién quiere ser madre? es una exploración del “deseo de ser madre” que pone toda la carne y la materialidad del cuerpo en una cabeza feminista, sin ahorrarnos malestares ni contradicciones. Por su lado, Gabriela Wiener ha fabricado una carrera literaria completa hablando de sí misma: desde Sexografías hasta Llamada perdida, su último libro (Dicen de mí) está hecho de entrevistas con personas que la conocen bien. El “yo” de Wiener está en cada pedazo que entrega a los medios, está presente como un tótem, se deja vapulear y piensa desde su ser migrante, peruana, negra, bisexual, feminista; no hay ni un sólo pedazo de su escritura que sea cómodo para el establishment. A través de su “yo” y su desnudez nos permite enfrentarnos con todas las contradicciones, pone todo en la parrilla cuando escribe, no tiene nada “personalmente suyo” porque su “yo” es de todas. Incluso cuando no estamos de acuerdo.

Entre sus muchas digresiones, Nelson recuerda su experiencia de joven lectora de Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, de Maya Angelou. Desde su “yo” de escritora adulta, admite que su iniciación literaria fue una violación. Wiener ha escrito en repetidas ocasiones sobre su relación de sumisión y maltrato cuando era joven. Cada pedazo de historia nos hace, nos construye, nos conmueve. Todo nos pasa a nosotras, sí. Por eso hay que contarlo. Si hay algo común a esta escritura autobiográfica que nace de las historias personales, de la identidad y además desde el cuerpo, es su capacidad para relativizar(nos). Es el rechazo a las ideas prefijadas, que nos enseña a reconocernos en las experiencias de otras para aprender a hacernos grandes en el discurso –tomar la voz– mientras se mantienen abiertos los sentidos. “Miedo a lo asertivo”, escribe Nelson en Los argonautas; “No hay ocasión en la que no trate de escapar del lenguaje ‘totalitario’, es decir el lenguaje que pasa la aplanadora sobre las particularidades”. No se me ocurren muchos pensadores contemporáneos que se paren a pensar sobre la “aplanadora”.

Esto es lo que nos pasa, como escritoras feministas: rechazamos la aplanadora, sumamos, alzamos discurso desde lo personal y sabemos que nos faltan identidades por sumar. Esta es la fuerza de la literatura, de la voz personal, que es política con todas las letras. Hay una cosa que sé, al cabo de todo esto: mientras haya hueco para estos relatos en primera persona, para las voces no autorizadas y las experiencias fuera de la norma, mientras contemos con las historias que nos relativizan vengan de donde vengan, el totalitarismo puede quedarse esperando a las puertas.

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