La charca convergente y un recuerdo a Pasqual Maragall

Fue un febrero de 2005. En el Parlamento de Cataluña. Se debatía sobre el hundimiento del túnel de la línea 5 del metro en el barrio del Carmel de Barcelona. Artur Mas era el jefe de la oposición al tripartito que presidía Pasqual Maragall. Encendido por las arremetidas del convergente, el exalcalde de la Ciudad Condal espetó a Mas: “Ustedes tienen un problema que se llama 3%”. Escándalo mayúsculo. El líder convergente amenazó al presidente de la Generalitat con romper el consenso sobre el nuevo Estatuto de Autonomía si no retiraba la acusación. Maragall, apesadumbrado, con la cabeza baja, lo hizo ante la satisfacción de la bancada de CiU.

Casi 13 años después, la Audiencia Provincial de Barcelona, en sentencia dictada ayer, condena —además de a Millet y a Montull, saqueadores del Palau de la Música y catalanistas de pro— a Daniel Osàcar, tesorero de CDC, y al propio partido, que deberá abonar la cantidad de 6.600.000 euros, monto total de las comisiones que a través de esta entidad cultural percibió en comisiones ilegales a cambio de concesiones públicas a la empresa Ferrovial. Si Maragall no fuese víctima de la enfermedad de la desmemoria, podría sentirse satisfecho de haber rasgado el velo de la opacidad del oasis convergente que CDC había ido convirtiendo en una auténtica charca.

Antes de esta sentencia, ya sabíamos que Cataluña no era ese espacio libre de la ‘corrupción española’, de lo que tanto se preciaban los líderes nacionalistas. El 25 de julio de 2014, Jordi Pujol confesaba la evasión de fondos en un comunicado que causó perplejidad. Al gran hombre de la patria catalana le fueron retirados los honores y distinciones, mientras su familia —mujer e hijos— se sumía en el desprestigio y varios de sus miembros alcanzaban la condición de presuntos delincuentes. Y en ello estamos.

La Cataluña de Pujol y la de Mas, más de un cuarto de siglo de hegemonía, la Cataluña del supuesto catalanismo impecable y ejemplar, aquel remanso de corrección, ha resultado tan vulgar como cualquier otro lugar y, en muchos casos, peor. La corrupción, o mejor, la huida de las responsabilidades que su investigación y sanción conllevaban está en la raíz, con otras causas, del proceso secesionista. La república catalana amnistiaría a todos sus gestores e impulsores. Por fortuna, no ha sido así.

Pero no basta escarnecer a los ciudadanos con el expolio de los fondos públicos. Se añade la pretensión de una impunidad económica absoluta. CDC —que se barruntaba como cierta tanto la corrupción de Pujol, su fundador, como su irregular financiación— fue liquidado y sus dirigentes lo sustituyen por el PDeCAT. Ahora aducen que, con la refundación, se acabaron las “responsabilidades políticas”. El pasado día 9, además, Artur Mas abandonaba la presidencia del partido refundado. Se trata de poner pies en polvorosa. Cuántos males ha causado Mas a su partido y a Cataluña. El domingo no descartaba “volver” a la política. No lo podrá hacer ya. El ‘procés’ y el caso Palau lo han ‘matado’ políticamente.

El PDeCAT —fulminado por Puigdemont, que ha dinamitado su partido desde Bruselas— deberá hacer frente a los más de seis millones y medio de euros con los que se lucró ilegalmente porque sucede y se subroga en las obligaciones de CDC, organización de la que conserva, como ayer informaba El Confidencial, desde el NIF hasta el número de teléfono. Los convergentes no solo convirtieron su gestión en una charca, no solo huyeron de sus responsabilidades apelando a la independencia salvadora, sino que ahora resultan los integrantes de un partido patriota que fue el refugio para cometer canalladas. Es el patriotismo de bolsillo. La resistencia de sus partidarios se mide ahora por el silencio sobrecogido con el que reciben este alud de noticias pringosas.

Como quizá tengan que hacer otras organizaciones, la subrogada de CDC, es decir, el PDeCAT, debe asumir la deuda de 6.600.000 euros e ingresarla en las arcas públicas aunque para ello quiebre. Puigdemont, que sonreirá ante el descenso a los infiernos de Mas y los otros dirigentes que se le han resistido, argumentará que su JxCAT es ahora la marca inmaculada del secesionismo. Tampoco es verdad. Él fue un dócil militante —sobresaliente militante de CDC—, y en esa medida no puede llamarse a andanas aunque ahora la coyuntura, otra vez, le favorezca frente a sus enemigos internos.

¿Y ERC? Pues ha sido el partido que en JxS, en la legislatura anterior, apoyó y se apoyó, primero con Mas y luego con Puigdemont, en los ahora exconvergentes, enturbiando las aguas de un oasis que huele tan a cloaca que apesta. Maragall nos alertó hace 13 años. Pero el tiempo le ha dado la razón.

from Notebook http://ift.tt/2D4B5nd
via IFTTT

Anuncios

El Gobierno y el PP, en la espiral autodestructiva

Los partidos políticos no desaparecen por extinción natural sino tras un proceso, a veces lento, otras acelerado, de autodestrucción. Tal sucede cuando renuncian a la autocrítica ante el fracaso electoral; cuando persisten en el error porque se consideran inmunes a cualquier culpabilidad y cuando incurren en el faccionalismo o las banderías. Estas tres circunstancias concurren ahora en la acción del Gobierno de Mariano Rajoy y del Partido Popular.

La debacle de los conservadores en Cataluña el pasado 21-D requería una reacción que se hace esperar. El Ejecutivo y el partido han fracasado sin paliativos en una comunidad autónoma estratégica y lo han hecho hasta el punto de que sus electores no han creído que votar la opción popular gobernante en España fuese útil. 170.000 de sus anteriores votantes apostaron por Ciudadanos que se llevó —según sus cálculos, muy verosímiles— 95.000 del PSC. Ante esta situación, seguramente premonitoria de lo que podría ocurrir a nivel nacional, el 22 de diciembre pasado, en la junta directiva nacional del PP, nadie tomó la palabra salvo el presidente del Gobierno que luego, ha echado balones fuera en un confuso discurso sobre la tópica necesidad de “comunicar mejor”. Silencio lanar.

En Cataluña se han mostrado todos los problemas del Gobierno y del PP: ausencia de discurso, deficiente candidatura y falta de políticas eficaces que le correspondía implementar a una desaparecida vicepresidenta, Soraya Sáez de Santamaría, que tampoco se ha asomado a la balconada de los medios desde la jornada electoral. Ella es la titular del ministerio de Administración Territorial, la responsable política de los servicios de inteligencia y la que comandó la inútil “Operación diálogo”. Ni por un momento se ha barajado la procedencia de su renuncia al cargo. Quizás porque la culpa la tenga Ciudadanos por haber ganado. Absurdo.

La persistencia en el error se demostraría, no solo por la ausencia de autocrítica y la facundia con la que los responsables del desastre siguen en sus puestos, sino en el modo general de gobernar. Para muestra algo más que una anécdota: el comportamiento desavisado del ministro del Interior a propósito del colapso por nevadas de algunas carreteras los días 6 y 7 de enero —él, en Sevilla, en el palco de un estadio de fútbol, mientras miles de ciudadanos quedaban varados en las carreteras— abunda sobre la falta de competencia de Juan Ignacio Zoido que es tan buena persona como inidóneo para el puesto que desempeña, como ya se demostró el 1-O en Cataluña y con el desastroso despliegue de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad allí. El hecho de que, hasta el momento, haya permitido que Gregorio Serrano, Director General de Tráfico, siga en su cargo, sugiere que el Gobierno, por una parte, y el partido, por otra, están desconectados de la realidad.

La comparecencia de Rodrigo Rato en la comisión de investigación del Congreso el pasado martes es uno de los ejemplos de faccionalismo o bandería. Cuando un exvicepresidente del Gobierno del PP con Aznar —igualmente alejado del partido— acusa en la Cámara baja al Ejecutivo de su propia formación de haberle querido meter en la cárcel, es que se está produciendo un ajuste de cuentas histórico en el PP que va mucho más allá de lo que podría interpretarse como una venganza del que fuera director gerente del Fondo Monetario Internacional. La intervención de Rato —tan diferente a la de otros imputados que han protegido al partido— demostraría que no hay freno de mano en las guerrillas populares para evitar la catástrofe. El asturiano ha olido debilidad en la organización de la que formó parte durante treinta años.

Rodrigo Rato en su comparecencia ante el Congreso. (EFE)

El Gobierno, de no ser por Cataluña que es un grave problema que ralentiza la acción de una oposición muy mejorable, estaría ahora dando las últimas bocanadas. Su producción normativa se acerca a la nada, no tenemos presupuestos generales —y es posible que no los tengamos— y renquean pilares del Estado como el sistema de pensiones o la financiación autonómica. En el CIS la corrupción sigue apareciendo como la segunda preocupación de los españoles mientras el informe del Grupo de Estado contra la Corrupción del Consejo de Estado (GRECO), de reciente publicación, sigue detectando graves insuficiencias en los fielatos del sistema ante las malas prácticas y los delitos perpetrados por la clase política.

El PP, además, ya no es el partido canterano de otros tiempos. Está teniendo dificultades para encontrar candidatos con perfiles ganadores en las próximas municipales y autonómicas (2019) y va a celebrar, al parecer, una Convención este año para renovar ideas y estrategias. Falta le hace, aunque no será suficiente —si no hay cirugía de por medio— para evitar quedar absorbido por la energía de la espiral autodestructiva en la que se ha introducido. Las encuestas se confunden en los detalles pero clavan las tendencias. La del PP no puede tener peor cariz.

from Notebook http://ift.tt/2r0Qt2w
via IFTTT

Enero de 2016-18: de la autoliquidación de Mas a la de Puigdemont

Tal día como hoy hace dos años, Artur Mas cedió. O le hicieron ceder. Era un sábado. En 24 horas vencía el plazo máximo para intentar la investidura y de no producirse se convocarían nuevas elecciones. En las del 27 de septiembre del año anterior, la coalición entre CDC, ERC e independientes, bajo la denominación de Junts pel Sí, había logrado solo 62 escaños sobre los 135 del Parlamento catalán. A seis de la mayoría absoluta. La investidura de Mas dependía de los votos de la CUP, que irrumpió en la Cámara con 10 escaños. Los antisistema se negaron una y otra vez a respaldar una nueva presidencia del convergente. No hubo modo de convencerlos. Querían su cabeza política y la obtuvieron.

Mas y su partido, en vez de afrontar unas nuevas elecciones, se entregaron a la extrema izquierda. El líder de CDC quedaba descartado y para sustituirle fue llamado urgentemente Carles Puigdemont, alcalde Girona y diputado. Al día siguiente, 10 de enero, mañana hará dos años, el ahora huido a Bruselas fue investido. La CUP tenía la llave del proceso y había logrado que los convergentes y el propio interesado se autoliquidasen y entregasen la presidencia de la Generalitat a un separatista de pedigrí. El político-periodista de Amber lo era de toda la vida. No se trataba de un barcelonés al uso. Era de una menestralía de raíces carlistas, del interior catalán, de familia con oficio comercial, de las que en la Cataluña profunda se encomiendan a diario a San Pancracio.

Autoliquidado Artur Mas, el gran responsable de lo que ocurre (para mal) en Cataluña, la CUP llevó del ronzal a su sucesor hasta el mismo día 27 de octubre pasado, cuando declaró unilateralmente la independencia de la comunidad y, 36 horas después, huyó a Bélgica. Los antisistema, con mando en plaza, no tuvieron excesivas dificultades en encaminar a Puigdemont hacia otra autoliquidación. El expresidente de la Generalitat puso en ese afán todo su empeño. Ahora, en este enero de 2018, dos años después de aquellos acontecimientos, el secesionismo catalán ha devorado a dos presidentes por más que Puigdemont reclame no se sabe qué legitimidades.

A nuestro hombre de Bruselas le está ocurriendo exactamente igual —salvando la coreografía— que a su predecesor. Quiere volver a ser presidente de la Generalitat. Y quiere serlo con los votos, imprescindibles, de la CUP (cuatro escaños que con los 66 de ERC y JxCAT hacen 70) y por el procedimiento más inenarrable de cuantos puedan imaginarse: por vía telemática. El entorno de Puigdemont dice que si es investido así, volvería a España y retaría a la Justicia: “A ver si Llarena se atreve”. La cuestión es que al de Girona le ocurrirá lo mismo que a Mas: no será presidente de la Generalitat porque erró, de distinta forma que el exconvergente, en su alocada carrera secesionista, subestimando al Estado e incurriendo presuntamente en gravísimos delitos.

Escribí el pasado 2 de enero que en “Cataluña se va a cometer un fratricidio”. Junqueras y ERC, ‘hermanos’ secesionistas de JxCAT, votarán a Puigdemont si regresa, que es tanto como invitarle a que se dirija directamente a Estremera. Alternativamente, saben a la perfección que si invisten telemáticamente al huido, el Gobierno impugnaría de inmediato la designación ante el Tribunal Constitucional, que suspendería la designación. Este asunto, por más vueltas que se le dé, no tiene una salida practicable.

El separatismo catalán, de enero de 2016 a este de 2018, ha amortizado a dos presidentes de la Generalitat mucho más por autoliquidación e insensatez de los propios personajes que por otras razones. Ambos se entregaron a la extrema izquierda. Y ambos lo están pagando.

Cabe una alternativa sugerida con sentido común por el que fuera ‘conseller’ de Economía con Artur Mas, Andreu Mas Colell, que ha planteado un Gobierno de “carácter técnico” que cubra una legislatura de cuatro años. Es tan razonable lo que esgrime este reputado economista, también secesionista, que excede a la capacidad de comprensión de los partidos del ‘procés‘, entregados a la irrealidad. No aprendieron nada del episodio del 9 y 10 de enero de 2016, cuando empezó la debacle, y es de temer que tampoco ahora reflexionen sobre el disparate telemático para investir presidente a un político definitivamente pasado de vueltas, ideológicas y emocionales. Ni Mas en enero de 2016, ni Puigdemont en este enero de nevadas de 2018.

from Notebook http://ift.tt/2FiQAJE
via IFTTT

Iglesias, noqueado y Podemos en silencio

Pasan ya quince días de las elecciones del 21-D y Pablo Iglesias, que con tanto ardor respaldó a la plataforma de Ada Colau en la que integró al Podemos de Cataluña, no se ha dignado salir a la palestra para explicar el porqué y las consecuencias de su fracaso. Solo hizo una excepción: lanzó un tuit para criticar el mensaje de Navidad de Felipe VI, pero no se le conocen otras actividades políticas ni lúdicas. Bien podría ser que el líder morado se encuentre noqueado, es decir, que esté fuera de combate político después del varapalo catalán. Que de verdad lo ha sido.

Porque CSQEP, su antecesor en las elecciones del 27 de septiembre de 2015, logró 11 escaños con más de 367.000 votos. El 21-D, la cosecha disminuyó: 8 escaños y 323.969 sufragios. De tal manera que, según el barómetro municipal de Barcelona del pasado jueves, el partido de Colau y Domènech no ganaría en la Ciudad Condal, donde sí lo hizo en las municipales. Tampoco hay que olvidar que en los comicios generales del 20-D de 2015 y el 26-J de 2016, los comunes y los morados se alzaron con la victoria, con lo cual los resultados de las últimas catalanas se aproximan al fracaso absoluto.

Esa es la razón por la que Iglesias está callado y huido: no sabe cómo enhebrar un discurso que explique con alguna lógica el porqué del fiasco. O mejor dicho: el líder de Podemos no quiere reconocer que se confundió. Que asumió tesis que se percibieron como más próximas al independentismo que al constitucionalismo. Que coincidió con los separatistas en la denuncia del artículo 155 que recabó, sin embargo, apoyos, incluso dentro de su partido (lo dijo Monedero, aunque luego se revolvió contra sus propias declaraciones). Que en una sociedad polarizada, la opción de los comunes y morados no era ni carne ni pescado, solo ofrecía procedimiento (el referéndum acordado) pero no decisión (unidad territorial de España, sí o no).

El cofundador de Podemos, Juan Carlos Monedero. (EFE)

Y el fracaso se produjo pese a que no faltaron líderes —automáticamente fulminados— como Carolina Bescansa que advirtieron a tiempo de que Podemos con Iglesias hablaba más a los independentistas que a los españoles y que al partido le faltaba un gran proyecto para España. Tampoco hizo caso Iglesias a académicos que han estado en el nacimiento de su partido, como el catedrático Jose Luis Villacañas que llegó a calificar el planteamiento de Podemos en Cataluña como “inviable”. Ni siquiera Iglesias entendió la renuencia de Íñigo Errejón a participar en la campaña electoral, ni el muy escaso entusiasmo de otros dirigentes del partido a hacerlo. Desde que el 26 de agosto pasado el zamorano cenó en casa de Roures, en Barcelona, con Junqueras y Domènech, Cataluña devoró a Iglesias y lo ha destrozado.

Pero han pasado más cosas. A propósito de las elecciones catalanas (Catalunya en Comú-Podem no tiene ya ni carácter arbitral en el Parlamento) las encuestas auguran que Ciudadanos ha ‘sorpasado’ a los populistas de manera amplia y rotunda, lo que a Iglesias le habrá noqueado también: que el “falangista” Rivera, que el “cuñado”, que el hombre del que Rajoy debía “desconfiar”, le haya superado en unos pocos meses, debe resultarle un tanto mortificante. Lo mismo que la declaración de ese hombre tan equilibrado y sensato que es José Luis Ábalos, secretario de organización del PSOE, según el cual Podemos ha dejado de ser “socio preferente” del socialismo español que trata así de encontrar el desfiladero por el que transitar entre los naranjas y los morados.

Que Iglesias callase, huyese o resultase noqueado formaba parte de lo previsible. Pero que Podemos como tal organización consintiese este caudillaje silencioso y escurridizo de responsabilidades, constituye una enorme decepción. Es de suponer que todas las corrientes y confluencias de Podemos están tomando nota del comportamiento de su líder, pero resulta convencional, “viejuno” y, a la postre, mucho peor que las prácticas de los partidos tradicionales que una organización como Podemos que se jacta de asamblearia, de dar voz a sus bases, de interpelar inmediatamente a sus máximos responsables, esté dando por bueno el prolongado silencio de Iglesias.

Con el líder de Podemos la organización ha pasado, desde Vistalegre II en febrero pasado, de una expectativa política interesante a otra errática y con disminuidas posibilidades. Su fuerza está todavía en los municipios y en algunas comunidades autónomas, pero no ya en la cúpula, en la almendra de la organización, en ese grupo de complutenses que crearon una ilusión y la dejaron en las peores manos: en las de un anacrónico leninista al que le falta la entereza de enfrentarse al fracaso.

from Notebook http://ift.tt/2AxSOBs
via IFTTT

80 años del Rey y 40 de Constitución: la ecuación política de 2018

Antonio Fontán, un prohombre de la democracia, primer presidente del Senado, catedrático de latín y defensor de la libertad de expresión, escribió que “las dos mayores novedades institucionales de la Constitución de 1978 son la monarquía parlamentaria y las comunidades autónomas. Para casi todos los demás títulos y artículos de su texto se encuentran precedentes en otras constituciones democráticas, también en las españolas desde 1812″.

Podría decirse, en consecuencia, que el pacto constitucional se basa en la descentralización del poder del Estado en favor de las autonomías —nacionalidades y regiones— y en su jefatura que asume el Rey de manera hereditaria. De ahí que la figura y la trayectoria de Juan Carlos I —única persona nominativamente invocada en la Constitución (artículo 57)— sea indisociable de la de la Constitución. Y ambos —el Rey emérito y la Carta Magna— han sufrido un enorme desgaste de materiales. El que fuera rey fundacional de la democracia cumple hoy 80 años (en noviembre los cumplirá su consorte, doña Sofía), y el 6 de diciembre próximo, la Constitución los 40.

Esta coincidencia en el calendario va a servir para que desde la Casa del Rey y desde el Gobierno, con un amplio respaldo de las fuerzas políticas que ahora el populismo y el separatismo tildan de “dinásticas”, “borbónicas” o “monárquicas”, se impulsen actos de reconocimiento a Juan Carlos I, que tuvo que abdicar en condiciones de serio desprestigio personal y deterioro de la Corona en junio de 2014. Renunciar fue un acto de consciencia y de generosidad del Rey emérito, porque así salvó a la institución de una merma muy seria de reputación.

Felipe VI —lo veremos pronto en encuestas muy serias— ha logrado restablecer los mejores niveles de adhesión a la Corona y ha sabido superar —como lo hizo su padre— dos crisis de gran calado: la del artículo 99 (10 meses de Gobierno en funciones entre 2015 y 2016, dos investiduras fallidas) evitando el bloqueo institucional, y la de Cataluña, aún en curso, pero encauzada mucho más de lo que parece, precisamente, y entre otras razones, por el discurso de Felipe VI el pasado 3 de octubre.

En el reinado de Juan Carlos I hay que registrar tres tramos temporales. El primero (1975-78) fue audaz y consistió en cesar a Carlos Arias Navarro, nombrar a Adolfo Suárez presidente del Gobierno, respaldar una ley de amnistía política, apoyar la legalización del Partido Comunista de España e impulsar una constitución democrática. El segundo (1980-1995) fue legitimador para su persona y para la institución, porque el Rey abortó el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y normalizó democráticamente las Fuerzas Armadas, soportó con toda la sociedad española los peores años del terrorismo de ETA, y la izquierda (PSOE en 1982) gobernó por primera vez el país. El grave problema de esta época es que el Rey no convirtió a España en monárquica sino en ‘juancarlista’.

El tercero (1995-2014) fue de declive. Comenzó con la desafortunada ampliación de la entonces familia real (boda de la infanta Elena con Jaime de Marichalar en 1995 y de su hermana Cristina con Iñaki Urdangarin en 1997) y culminó con una actitud indiscreta y nada ejemplar de Juan Carlos I tanto en su vida privada como en su proyección pública. A lo que debe añadirse el controvertido matrimonio del heredero en mayo de 2004.

El punto culminante de la erosión de la figura del Rey emérito fue, sin duda, su malhadado viaje de placer con la ‘princesa’ Corina a Botsuana. Remito a los lectores a la larga crónica —la primera en España— publicada en El Confidencial el día 15 de abril de 2012 bajo el título “Historia de cómo la Corona ha entrado en barrena”.

Los Reyes eméritos Juan Carlos y Sofía, junto a los Reyes en la ceremonia de abdicación en 2014. (EFE)

Enfermo, con el matrimonio con doña Sofía arruinado, con una de sus hijas y su marido imputados, Juan Carlos I abdicó en su hijo en junio de 2014. En las dos dinastías —Austrias y Borbones—, las abdicaciones son rarísimas porque, como bien afirmó la Reina emérita, un rey no deja de serlo hasta que muere. El Rey padre —no sin cierta amargura personal, como se dejó traslucir en el hecho de que no acudiera al evento parlamentario que celebró el pasado año los 40 de las primeras elecciones democráticas, al entender que se le relegaba protocolariamente— ha asumido su papel secundario con un gran “gozo de vivir”. Se dedica a la navegación, recorridos gastronómicos, despachos en el Palacio Real de Madrid con colectivos distintos, contadas apariciones en actos públicos y con un regreso, extraordinario en él, a la discreción.

Mañana, día de Reyes y de la Pascua Militar, Juan Carlos I estará en el Palacio Real junto a su hijo, lo que entraña una gran significación. Fue en ese mismo escenario cuando el 6 de enero de 2014 el Rey mostró todas sus debilidades. Voz fatigada, ‘lapsus linguae’, desorientación en la lectura del discurso… adelantaban que el jefe del Estado no podía hacer frente a sus obligaciones. Cinco meses después, abdicó.

La responsabilidad de la decadencia —demasiado precoz— del reinado de Juan Carlos I tuvo que ver con sus comportamientos, pero también con el blindaje de opacidad y silencio que le ofrecieron la clase política y los medios de comunicación. Hay, en consecuencia, una culpa solidaria que el Rey no llegó a percibir, perdió pie y creyó que sus muchos méritos le servían de salvoconducto para salirse de las pautas y protocolos que exigía su alta magistratura. Dicho lo cual, esta rehabilitación comienza hoy con una comida familiar en la Zarzuela, sigue mañana con la Pascua Militar en la que estará presente y continuará a lo largo del año con diversos actos, culminando todos ellos con la celebración de los 40 años de la Constitución española.

Una rehabilitación que Juan Carlos I merece porque, dígase lo que se diga, sin su resolución, sin su voluntad férrea de que España viviese en una democracia, sin su instinto político, sin su don de gentes y, en fin, sin su visión estadista, la España democrática que hoy tenemos sería distinta e infinitamente peor.

La historia requiere del tiempo para ajustar cuentas, pero los que vivimos la Transición sabemos que no es preciso dejar pasar más para reconocer a Juan Carlos de Borbón y Borbón la categoría de un gran rey, de un rey para la historia. Para la mejor historia de España. No vaya a ser que tengamos que lamentarnos, como nos advirtió Rubalcaba, de que “en España enterramos muy bien”, como metáfora explicativa de que en vida no sabemos reconocer los méritos a nuestros coetáneos. Sobre todo cuando el significado de ese reconocimiento es hoy, políticamente, más necesario que nunca para la estabilidad institucional del Estado y la integridad de España.

from Notebook http://ift.tt/2qu6ZrC
via IFTTT

En Cataluña se va a cometer un fratricidio

El próximo jueves una sección de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, integrada por tres magistrados, celebrará una vista para escuchar las alegaciones de los abogados de Oriol Junqueras y del ministerio fiscal. Los primeros impugnan en apelación el auto del magistrado Pablo Llarena que confirmó el 4 de diciembre pasado la prisión incondicional para el ‘exvicepresident’ de la Generalitat. Aunque fuentes del Alto Tribunal adelantan que es muy “improbable” que se revoque esa resolución del instructor de la causa especial contra “el procés”, este acto procesal es el último lance -vendrán otros, pero mucho más adelante- para que el líder de ERC pueda salir de la cárcel y participar personalmente en las negociaciones de una posible investidura presidencial en el Parlamento catalán.

Mientras tanto, desde JxCat -la ‘lista del president’- la negativa a considerar a cualquier otro que no sea Carles Puigdemont para presidir el Govern, es rotunda. Se trata, dicen, no tanto de un problema de aritmética como de “legitimidad”. Elsa Artadi -la musa de la lista de JxCat que ha “asesinado” al PDeCAT que a su vez liquidó CDC- ha declarado que investir a otro que no sea el huido Puigdemont sería “aceptar el marco mental del artículo 155”. La cuestión es que el fugado expresidente de la Generalitat tiene que optar: o seguir en Bruselas o ingresar en Estremera. No dispone de la tercera opción: regresar en loor de multitud a Barcelona. Y sin presencia no hay presidencia. Carles Puigdemont -cuya legitimidad es una abstracción tan mentirosa como otras que han jalonado el “procés”- no quiere pisar la trena.

Puede darse el caso, por lo tanto, de que Junqueras, aunque permanezca en la cárcel, pueda acudir a la sesión de investidura cuando se convoque -si se convoca y no ocurre en Barcelona lo que sucedió en Madrid tras las elecciones generales de 2015, que hubo que repetirlas en 2016– y acaparar la “legitimidad” que reclama a 1.300 kilómetros de la Ciudad Condal Carles Puigdemont. Todo ridículo tiene su límite y el de investir presidente por vía telemática a un proscrito de la justicia alcanzaría el cenit del histrionismo político. No hay precedente ni siquiera de una hipótesis que se le parezca. Ahora bien: las posibilidades de Puigdemont pasan por regresar a España, ingresar en Estremera y ser trasladado al Parlamento catalán el día de la investidura y volver tras la votación a instalarse en la cárcel. Tal y como es de cuidadosa la Sala Segunda del Supremo, daría seguramente su permiso para esa performance. Entonces sí sería un legítimo presidente de la Generalitat, pero tras los muros de una dependencia penitenciaria. Surrealista.

En el escenario político catalán no caben Puigdemont y Junqueras. Se tiene que producir un fratricidio metafórico. O el uno o el otro. Las contradicciones, los rencores, las distancias emocionales y los proyectos distintos de los dos partidos independentistas son de tal calado que sus líderes se han convertido en adversarios irreconciliables. La clave de lo que pueda ocurrir -al menos en parte- se verá en la composición de la Mesa del Parlamento y en la elección del presidente/a de la Cámara. Si los independentistas repiten el bochorno democrático del 6 y 7 de septiembre del pasado año, el Tribunal Constitucional se encargará, previa impugnación del Gobierno, de suspender la aprobación de un eventual reglamento que permita la investidura plasmática de nuestro hombre en Bruselas

Pero, más allá del este inevitable asesinato político entre “hermanos” independentistas lo que hay que plantearse es si los presuntos delitos cometidos tanto por Puigdemont como por Junqueras tienen como consecuencia lógica y natural que en unos meses -quizás un año- sus carreras políticas hayan concluido definitivamente, aun en el supuesto de que el Supremo considere el menor de los delitos que comportase la pena de inhabilitación. Los independentistas -que subestimaron al Estado en ese juego de patriotas que montaron con el ‘procés’- debieron saber que se jugaban el todo por el todo, que era matar o morir (políticamente hablando), que la apuesta no tenía marcha atrás porque se adentraban en el Código Penal a marcha ligera y en rumbo de colisión con los Tribunales de Justicia. O sea, que no se jugaron su carrera política para un rato, sino definitivamente. Y la impresión es que bien puede ser esto lo que ocurra: que Puigdemont y Junqueras estén políticamente muertos antes o después (el orden de los factores no alteraría el producto) de que se “maten” el uno al otro o el otro al uno. Cuestión de tiempo.

from Notebook http://ift.tt/2Cv4TfU
via IFTTT

Así se explica la victoria de Ciudadanos en las elecciones del 21-D

La victoria de Ciudadanos en las elecciones catalanas del 21-D ha sido histórica. Desde 1980 siempre habían ganado los nacionalistas en escaños y los socialistas, un par de veces, pero solo en voto popular. Un partido liberal, urbano, laico y español, con implantación en prácticamente todas las comunidades autónomas, se alza con una holgada victoria (en escaños y sufragios) en plena tempestad separatista y lo hace recibiendo voto desde la izquierda (el PSC) y desde la derecha (el PP), convirtiéndose así en una opción que ya es de mayorías. Pero el triunfo de la candidatura de Arrimadas encierra dos claves.

La primera es que Cs concentró su oferta electoral en las zonas catalanas en donde podía calar su discurso con más facilidad: en las ciudades. Los naranjas ganaron, además de en la mayoría de los distritos de Barcelona (muy por delante de los “comunes” de Ada Colau), en las diez principales urbes de Cataluña, entre ellas Tarragona. En total, más de un millón cien mil votos que han procedido preferentemente de electorados urbanos que son los que ostentan actitudes políticas y sociales más decididas y más permeables a los cambios y detectan con anticipación los grandes movimientos de la opinión pública. También son los mejor instalados y a los que el aventurerismo independentista y populista les desestabiliza. Los nacionalismos —y mucho más cuando mutan a separatismos— se generan y fortalecen en zonas rurales. Los electorados de ciudades y pueblos pequeños están dominados por discursos menos ventilados, más endogámicos y, sobre todo, más temerosos y reactivos.

Véase lo ocurrido en otros escenarios populistas internacionales. En ninguna ciudad de Estados Unidos de más de 150.000 habitantes ganó Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre de 2016. Batió a los demócratas en el campo y en los suburbios urbanos pero en las grandes capitales como en Nueva York, Clinton venció al republicano con el 77% de los sufragios. Algo muy similar ocurrió en el referéndum del Brexit: el 75,2% de los londinenses votaron por permanecer en la Unión Europea y en Edimburgo el 74,4%. Y ¿qué ocurrió con la extrema derecha en Francia en las elecciones presidenciales y legislativas de mayo y junio pasados? Pues que Macron superó a Marine Le Pen en las ciudades, hasta el punto de que la política extremista no alcanzó el 5% de votos en París. Las ciudades vencen a los populismos.

La segunda clave de la victoria de Ciudadanos consistió en la renuncia a la transversalidad. O en otras palabras, planteó un discurso binario: o a favor o en contra, pero sin ofertar consensos o prometer políticas de integración. Ante la actitud de los separatistas, el electorado quería una respuesta inteligible, directa y clara. Iceta, en cambio, trató de aglutinar en sus listas a personas que procedían de Unió y de Podemos (Espadaler y Jiménez Villarejo, por ejemplo), decisión bien intencionada pero que despistó al electorado y le hizo receloso de la opción del PSC. Una oferta de catalanismo cuando el catalanismo ya se había extinguido. Ciudadanos no entró en matices. Asumió que en Cataluña se habían implantado dos bloques con imposibles trasvases electorales entre ellos. La permeabilidad era interna en los propios bloques y optó por reclamar el voto útil: acumular fuerzas en el constitucionalista. Lo consiguió.

Dirigirse al electorado urbano —más abierto y atento a la globalización, menos temeroso y más dispuesto a los cambios— fue el primer acierto de Ciudadanos, completado con una oferta sin ambigüedades y que venía de lejos. Ninguno de los motivos de la victoria catalana de los naranjas resultó una improvisación, sino el resultado de una política sostenida en el tiempo que dio sus mejores resultados el 21-D.

Y por fin: Cs no es un partido a la derecha del PP. Ese es el argumento de sus adversarios mediáticos —especialmente de algunos analistas catalanes todavía perplejos por su triunfo— que responde mucho más a un deseo que al verdadero perfil ideológico de Cs. La realidad es que Ciudadanos ganó por liberal, por laico, por urbano, por representativo de las generaciones centrales y por español sin complejos. Y así venció una versión de España que se ha desprendido de lastres y complejos. Por eso, Rivera pisó firme el pasado jueves cuando cruzó el umbral del Palacio de la Moncloa.

from Notebook http://ift.tt/2pYYpAM
via IFTTT

Acoso y derribo al Rey

La crisis catalana quedó marcada –positivamente para el Estado de Derecho- por la intervención de Felipe VI el día 3 de octubre pasado. El Rey dio voz al país y dijo lo que la mayoría de los ciudadanos pensaban sobre lo que ocurría en Cataluña que consistía en una “inadmisible deslealtad” de las autoridades secesionistas catalanas que debían reconducir los “legítimos poderes del Estado”. El monarca recibió las críticas de los independentistas –cosa normal- y de los bien pensantes que han tomado la institución de la Corona como una ONG mediadora en diálogos institucionales. Hay autores tan sensatos como Jordi Amat –catalanista fronterizo con el nacionalismo– al que parece llamarle la atención que la monarquía se alinee con la unidad de España. Lo relata en el ‘panfleto’ titulado ‘La conjura de los irresponsables’.

Escribe Amat que “la monarquía ha quedado aparejada al mantenimiento de la unidad de España. En pocos minutos –en referencia a la intervención de don Felipe del 3 de octubre- la razón de Estado se instala en el comedor de casa y la gestualidad del monarca proclama que no habrá piedad para los rebeldes”. Al margen del tremendismo efectista de esa última expresión, llama poderosamente la atención que determinada clase intelectual pueda siquiera sospechar que el Jefe del Estado pueda situarse en una posición distinta a la defensa de la permanencia y la integridad territorial del Estado que es, precisamente, una de sus misiones constitucionales. Fernando Savater, por el contrario, ha elogiado en ‘Contra el separatismo’ que el jefe del Estado no pronunciase en ese discurso la palabra “diálogo”. Y el filósofo donostiarra tiene razón. Aquello no iba de tender puentes –todos volados por los secesionistas- sino de salvar al Estado.

Ayer, el profesor García Fernández –catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid- escribía en ‘El País’ un acertado artículo titulado ‘La Corona y la Constitución’ en el que afirma que “en 2017 no se hubiera entendido el silencio del monarca ante los hechos de Cataluña”, y sostiene que la intervención del Rey en octubre “estaba justificada y su contenido material, con el refrendo presunto del Gobierno, era lo propio de quien simboliza la unidad del Estado y tiene que guardar y hacer guardar la Constitución”. Pues bien: el mensaje de la noche del día 24 de diciembre –el cuarto del actual Jefe del Estado- fue una clara continuidad del anterior de octubre, si bien en un tono diferente como correspondía a dos circunstancias: la naturaleza tradicional del mensaje y la nueva situación en Cataluña.

El pasado mes de noviembre, el Círculo Cívico de Opinión, presidido por el catedrático José Luis García Delgado e integrado por hasta tres decenas de académicos de distintas disciplinas jurídicas y científicas –no doy nombres para no omitir ninguno porque todos ellos son importantes- aprobó y difundió en su web un documento imprescindible para valorar la monarquía parlamentaria en España. El texto se titula ‘España y las otras monarquías parlamentarias del siglo XXI’. Queda claro que la nuestra y otras siete (Bélgica, Dinamarca, Holanda, Japón, Noruega, Reino Unido y Suecia) ofrecen “excelentes resultados en los diferentes índices internacionales de calidad institucional, social o económica”. Añade el estudio que “seis de las ocho monarquías parlamentarias (entre ellas España) figuran entre las diecinueve mejores democracias del mundo y solo se quedan rezagadas Japón (puesto 20) y Bélgica (puesto 35), todo ello según el ‘The Economist Intelligence Unit’. Otros índices que se manejan en el documento –insisto, accesible en http://ift.tt/2DRe7Rm acreditan que la monarquía española está entre las que mejor garantizan los estándares democráticos.

El Rey y la institución de la que es titular, según el CCO, garantiza, por una parte, el apartidismo e imparcialidad en el juego político, y, por otra, la perspectiva de largo plazo y estabilidad. Estas son las razones últimas por las que el independentismo y el populismo quieren vincular el adjetivo de “monárquico” a realidades políticas a las que combaten. Serían el “bloque monárquico del 155”, “los partidos monárquicos” en referencia al PP, PSOE y Ciudadanos y referencias despectivas al “régimen borbónico”. Ocurrió ayer en la valoración del mensaje del Rey. Pablo Iglesias, después del batacazo catalán que le vuelve a inhabilitar como táctico, estratega y dirigente serio, tuiteó contra el mensaje del monarca en parecida línea –al menos convergente- con la de los independentistas. Populistas y separatistas saben que la Corona es un contrafuerte del sistema democrático, no sometido a vaivenes e inestabilidades, que recaba la mayoritaria adhesión de la sociedad española y que este Rey –muy concretamente Felipe VI- ha incrementado la reputación de la institución, su persona es respetada y sus gestos y palabras consideradas.

Pronto podrían conocerse sondeos que pondrán en valor que el esfuerzo de rigor en el ejercicio de la más alta magistratura del Estado por Felipe VI está siendo percibido por los ciudadanos. De ahí que independentistas –con la inevitable ayuda de la ambigüedad oportunista del PNV- y populistas ‘pablistas’ y similares hayan emprendido contra la monarquía una particular cruzada que tiene su epicentro en el fracasado ‘colauismo’ de Barcelona cuya alcaldesa se ha dedicado a una especie arrasamiento de los vestigios monárquicos de la ciudad. Están irritados, no solo por lo que es y representa la monarquía, sino, además, por el perfil del rey español, el más joven de Europa que supo conducirse constitucionalmente tanto el 3 de octubre como el 24 de diciembre, haciéndose así con las riendas de la institución e infundiendo confianza en ella.

from Notebook http://ift.tt/2DOz4wa
via IFTTT

Cataluña y las dos maldiciones de Aznar

Escribe Carles Campuzano, portavoz en el Congreso de los ex convergentes catalanes, que “el éxito de Aznar (…) radica en que su concepción de España es la hegemónica; es compartida por buena parte de la elite intelectual y económica, incluida la izquierda bien pensante (…). No existe una alternativa seria y rigurosa a esa alternativa. Y aquello que tiene un punto de trágico es que quienes como Aznar se opusieron a los acuerdos durante la transición, para intentar encajar la realidad catalana en el marco constitucional, sean hoy los que determinan las ideas fuertes que marcan el proyecto español en un sentido amplio”. (‘Cataluña, una desconexión anunciada’, Ediciones El Siglo).

Campuzano tiene razón, pero el papel que atribuye a las ideas fuertes de Aznar se debe en buena medida al disparate separatista que ha despertado una nueva forma de asumir la españolidad y de exhibirla sin complejos. Tal realidad se debe al estímulo del proceso soberanista y a todas las arbitrariedades —y presuntos delitos— que sus dirigentes han perpetrado. El expresidente, huraño, antipático y hasta displicente, advirtió en el lejano octubre de 2012 que antes se rompería Cataluña que España. Y así ha sido.

Las elecciones catalanas del jueves acreditan que Cataluña está partida en dos en su identidad, que ha desaparecido el conjuro de “un solo pueblo”, que se acuñó con el libro ‘Los otros catalanes’ de Francisco Candel, y que el sentimiento unitario de los españoles se ha ido consolidando durante el trayecto carlista del proceso soberanista.

La victoria de Ciudadanos el 21-D es la concreción electoral de la ruptura interna de Cataluña, la dilución completa del catalanismo (Iceta no lo ha resucitado), y el enfrentamiento entre la Cataluña interior y la barcelonesa. Una división que auguraba Aznar y que se ha ido consagrando en los cuatro procesos electorales catalanes celebrados desde 2010 hasta el jueves pasado.

De ahí que la mayoría parlamentaria de los separatistas sea, además de recesiva (menos votos y menos escaños que en los comicios anteriores), también pírrica porque ha alterado irreversiblemente la morfología del país y quebrado todos sus mitos consensuales. Sin conseguir que España se rompa pero logrando que lo haga Cataluña. Al tiempo, los constitucionalistas, no solo se han colgado la medalla de oro (Cs), sino que, además, suman escaños (+5) y aumentan el porcentaje de voto. Y el plebiscito no salió en 2015 y sigue sin salir en 2017. Pese a la participación extraordinaria del 21-D (casi el 82%) siguen lejos del 50% de los sufragios emitidos. Menos pesimismo y más lucidez de análisis.

[Siga en directo la última hora sobre Cataluña]

José María Aznar —segundo acierto/maldición— ha venido advirtiendo que el PP caminaba hacia la irrelevancia. Pudo decirlo de otra manera pero prefirió invitar en junio de este año a Albert Rivera a su Instituto Atlántico en donde a través de Gabriel Elorriaga elogió generosamente al líder de Ciudadanos. Las elecciones del jueves, también le han dado la razón. Porque la victoria de Cs en Cataluña, histórica en una dimensión extraordinaria, se debe, primero, a la política de omisiones y dilaciones de Rajoy y del PP que preside, y, segundo, al activismo de los naranjas que sí han tenido una narrativa opuesta a la separatista.

Rajoy y el PP —descalabrados ambos en Cataluña— han pagado la factura, no del 155, sino de cinco largos años de abdicación de la política, de la desaparición de un modelo de confrontación dialéctica e ideológica con el secesionismo y con la petrificación de un discurso funcionarial que les ha llevado a un progresivo adelgazamiento del partido en prácticamente toda España. El gobierno popular ha sido más espectador que actor, mientras que Rivera ha tenido siempre afán de figurar en el elenco de los protagonistas. Aznar, primero, lo advirtió suavemente, pero después lo hizo explícito. Hoy la alternativa al PP —aunque la extrapolación no sea del todo rigurosa— resulta verosímilmente Ciudadanos.

La izquierda sigue marrando el tiro. El concepto de la transversalidad no funciona porque responde a buenismos inútiles frente a un separatismo radical y fundamentalista y porque España ha superado la fase de la adolescencia democrática. La constante aquiescencia a buena parte de las razones del nacionalismo es una estrategia estéril en la que la izquierda persiste increíblemente.

Para ese espectro político, en Cataluña ha ocurrido lo que ha escrito Javier Cercas (EPS de 17 de diciembre): “Si los independentistas no hubieran ganado las elecciones catalanas, Cataluña no estaría partida por la mitad y los catalanes no hubiésemos sido colocados, gracias a la complicidad activa de Ada Colau y Pablo Iglesias, al borde del enfrentamiento civil y la ruina económica”. Mensaje nítido a la izquierda que por radical (comunes y morados) o por complaciente (PSC-PSOE) siguen sin cuajar una estrategia ganadora, entre otras cosas porque la cuestión territorial les enfrenta en vez de cohesionarles. Mientras, Aznar —y eso duele mucho a según quienes— ha tenido razón.

from Notebook http://ift.tt/2DzI3BA
via IFTTT

Cataluña y “la conjura de los irresponsables”

Hay libros que iluminan la realidad –en este caso la política- de una manera especial. En relación con lo que sucede en Cataluña cinco publicaciones breves, concisas, periodísticas, están teniendo un gran éxito editorial. La crisis catalana hastía, cansa y confunde, pero también preocupa por su dimensión y consecuencias.

Fernando Savater ha escrito lo que él denomina un “libelo” bajo el rotundo título de ‘Contra el separatismo‘ (Ariel). El filósofo es implacable y niega la legitimidad a los separatistas que distingue de los nacionalistas. Con éstos se puede convivir, dice, pero a aquellos hay que combatirlos.

Eduardo Mendoza, nuestro Premio Cervantes, se pregunta en un opúsculo ‘¿Qué está pasando en Cataluña?‘ (Seix Barral), y sus respuestas son breves y sosegadas pero agudas y esclarecedoras. Probablemente ofrece explicaciones muy básicas pero necesarias a sucesos ininteligibles para la mayoría de los ciudadanos.

La editorial Destino ha publicado el último inédito de Josep Pla bajo el título de ‘Hacerse todas las ilusiones posibles y otras notas dispersas‘. Reencontrarse con el prosista catalán seguramente más importante del siglo XX y leer la extraordinaria dureza con la que juzga a España y, en particular, a la idiosincrasia de los catalanes, constituye, en estos momentos, una impertinencia que muchos juzgaran inoportuna. Algunas páginas de esta obra (220) dan la impresión de haber sido escritas ayer y lo fueron hace décadas.

Ignacio Camacho, uno de los mejores columnistas de nuestro país, publica en Almuzara ‘Cataluña, la herida de España’. Son análisis recopilados que adquieren la trabazón de una narrativa brillante a la que nos tiene tan acostumbrados el gran periodista de `ABC´.

Pero siendo los cuatro títulos anteriores de obligada referencia, un quinto merece una particular atención. Se trata del “panfleto” –así lo califica el autor- de Jordi Amat titulado ‘La conjura de los irresponsables‘. Amat es un hombre joven, filólogo, historiador, articulista y editor. Militante también en un catalanismo en ocasiones fronterizo con el nacionalismo. Sin embargo es un intelectual que embrida las emociones y logra equilibrarlas con deducciones frías de la realidad.

Esta “Conjura de los irresponsables” es una crónica, un relato breve (107 páginas, editado por Nuevos Cuadernos de Anagrama) que se lee con facilidad aunque exige un cierto conocimiento previo de la vida pública de Cataluña de los últimos años y algunas nociones de la transición española. No es un “panfleto” que pueda recabar unanimidades ni su autor lo pretende.

En pocas palabras Amat dice muchas cosas y algunas muy serias. “El ‘procés‘ -escribe- sobre todo ha sido un relato, demasiado a menudo desmentido por los hechos (…) que ha terminado por adquirir la estructura de un drama con el desenlace inquietantemente abierto”. El propósito del texto resulta claro desde las primeras líneas: “Esta crónica quiere ser la descripción de una cadena de conductas políticas que si nos han llevado hasta aquí –hasta el colapso del sistema- forzosamente se han caracterizado por la irresponsabilidad”.

Una irresponsabilidad, añado, que se desgrana puntualmente en el librito y que atañe a unos y a otros. Amat es duro con Madrid, con el Estado, con España, dejándose llevar en exceso por esa inercia tan catalanista del síndrome de incomprensión que le hace escribir a Pla que los “catalanes nunca están contentos”. Pero lo es también con el proceso soberanista y con sus protagonistas.

Jordi Amat diagnostica bien el origen del tsunami independentista y llega a algunas conclusiones interesantes por autocríticas. Cuando sostiene que la puesta en marcha del Estatuto de 2006 “estuvo diezmada por una legitimidad demasiado frágil”; cuando acusa a la narrativa separatista de flirtear “con la posverdad” creando “una falsa sensación de consenso”; cuando niega que existiese “un mandato democrático” tras las anteriores elecciones catalanas de 2015. O, en fin, cuando afirma que “la dinámica del ‘procés’ ha imposibilitado siempre la rectificación realista porque en el fondo ha escogido siempre una soterrada competición por el liderazgo”.

Amat reconoce la humillación al Rey el 26 de agosto en Barcelona, pero critica con acritud a Felipe VI por su intervención el 3 de octubre pasado. Se refiere al artículo 155 de la Constitución como a “un monstruo” admitiendo que en la DUI del 27 de octubre no había “nada sólido”. En definitiva, este catalán fronterizo de afectos y pertenencias, aplica, quizás dolorosamente, un análisis que congela los sentimientos y compone una buena pieza de relato histórico inmediato que no gustará enteramente a nadie.

El gran acierto del ensayo es basar su diagnóstico en la irresponsabilidad de unos “conjurados” que nos han llevado a un terreno pantanoso por el que jamás debimos transitar. Culpas compartidas, no equivalentes. La equidistancia es rechazable porque es ambigua; lo que vale es la ecuanimidad y la honradez intelectual. En ese perímetro se mueve Amat en un libro, que como los anteriores, es bueno leer, para entender lo que pasará el jueves en Cataluña.

from Notebook http://ift.tt/2yVgCi3
via IFTTT