Garrido y el ‘buitreo’ de Ciudadanos

Vamos directos al grano: el ‘fichaje’ por Ciudadanos de Ángel Garrido, expresidente de la Comunidad de Madrid y cuarto en la lista a las europeas del PP, es un caso de libro de transfuguismo político. De ese transfuguismo contra el que pactaron, en los noventa y en los primeros años dos mil, los partidos políticos, cuando el de Rivera —regenerador, se proclama— no actuaba en la política nacional. Se consideró entonces que esta práctica era como una suerte de competencia desleal en el mercado de la política y beneficiaba a las personas con pocos escrúpulos. El pacto se ha venido incumpliendo reiteradamente, antes, pero también ahora. La ‘operación Garrido’ quintaesencia la naturaleza reprobable de esta práctica. Y en ella concurren tres claves particularmente penosas:

1) El expresidente de la Comunidad de Madrid, mano derecha en su momento de Cristina Cifuentes, no ha sido precisamente un ‘damnificado’ de la nueva dirección delPP. Pablo Casado le situó en la cuarta plaza de la lista para el Parlamento Europeo, por delante de exministros de Rajoy y personas con larga trayectoria en la organización. En otras palabras: no fue designado aspirante a encabezar las listas autonómicas, pero ni se quedó en la calle ni se le dejaron de reconocer sus esfuerzos, fueran estos muchos o pocos.

Paloma Esteban

Hace unas horas, estuvo en la sede de Génova suscribiendo la lista y callando taimadamente que estaba en conversaciones con Ciudadanos para dar el cambiazo. Él alude a “principios” que comparte con el partido de Rivera, pero debe ser una adhesión muy repentina porque hasta hace muy poco tiempo ponía a escurrir a los “liberales”. La hemeroteca le va a dar tardes de gloria a este personaje que encarna, me temo, lo peor de la política y que se significa como los grandes roedores que huyen cuando el barco se hunde (o así lo creen).

2) Ciudadanos está errando. También se confundió con Silvia Clemente —presidenta popular de las Cortes castellanoleonesas— y con el balear José Ramón Bauzá, que también irá a la Cámara europea, como Soraya Rodríguez ex del PSOE. Rivera o Villegas tendrían que explicar el sentido político de estas maniobras y la acumulación de supuesta reputación que conllevan estos ‘fichajes’, que no son precisamente galácticos y que tienen un denominador común: son políticos, por unas razones u otras, rebotados. No guardan ni siquiera un periodo de carencia, un tiempo de ‘duelo’. De esta manera, Cs se comporta como un receptador político de tránsfugas con escasísimo —¿nulo?— valor añadido y ‘buitrea’ en términos políticos.

Ángel Collado

Si lo que quiere el partido de Rivera es hacerle una opa al PP, que se la lance a lo grande y por derecho, pero no con este tipo de ‘puñaladas’ traperas que remiten más a la bandería chabacana que a la política de altura. Es particularmente decepcionante que un partido que ha dicho venir a ventilar la política nacional incurra en las peores prácticas del pésimo bipartidismo. Esta operación es rancia y antiestética, y le pasará factura a Cs por aquellos que percibieron con su irrupción en la política nacional una oportunidad para la ‘nueva’ política y que forman ahora una legión de decepcionados.

3) Que Pablo Casado y el PP se hayan enterado de la fuga de Garrido por los medios de comunicación habla mal del ‘casting’ de los ojeadores del partido, de la ‘auctoritas’ y de la ‘potestas’ de su presidente y del clima interno en la organización. La proyección del PP hoy por hoy no es precisamente sólida. Al contrario. El presidente popular afirmó que si él ganaba las primarías y luego el congreso de la organización, “ganaban todos”. No está siendo así y muchos se han retirado a sus cuarteles de invierno, algunos dolidos y otros indiferentes o en desacuerdo con la nueva etapa.

A. P. G.

No era el caso de Ángel Garrido, al que se le granjeó una posición muy destacada —y muy deseada por otros— en las listas europeas. Se bisbisea que hay más ‘garridos’ en la cartera de Ciudadanos. La operación de ayer —a tres días del 28-A— hizo mucho daño a los populares y suscitó en Génova auténtica indignación. “¡Como para gobernar juntos!”, exclamó un estrecho colaborador de Casado.

Mientras tanto —¿no lo oye Rivera, pese a los silencios que hizo en el plato de TVE?—, Vox avanza a galope y más lo hará con operaciones como la del tránsfuga Garrido que, a la postre, lo ha sido porque encontró en Ciudadanos a un receptador de su oportunismo. Tendrá consecuencias este episodio y no serán buenas, porque la ‘operación Garrido’ es de las que huelen mal. Apesta.

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El verdadero problema de Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno no es “un golpista”, “ni un felón”, ni un “mentiroso” como con, exceso reprobable, le califica la oposición. Pedro Sánchez es un político táctico, de decisiones a corto y poseído por una desmedida ambición de poder. También le domina la vanidad del “resistente” sobre la que se ha construido su propio (e increíble tantas veces) personaje.

El verdadero problema del candidato socialista es que no resulta fiable, o en otras palabras, que carece de credibilidad. Lo ha venido demostrando a lo largo de los ocho meses tramposos de su Gobierno que han consistido en una larga y tortuosa campaña electoral en la que ni uno sólo de sus compromisos relevantes han llegado a cumplirse. En este tiempo, él y su equipo han adoptado decisiones –desde exhumar a Franco a reformar la Constitución– que sabían de antemano que no llegarían a ejecutarse.

El verdadero problema del candidato socialista es que no resulta fiable, que carece de credibilidad

Sánchez ha entendido la política –bien ayudado por Iván Redondo– como ‘marketing’. Ha sido la suya una gestión de tómbola, de azar, de probabilidad y, por lo tanto, frívola, banal, inconsistente. Pero, en absoluto, inocua o inocente. Con cada decisión –fuera o no viable- ha buscado un objetivo, logrado unas veces y otras no.

En un país que como España necesita certezas para abordar los problemas que le afectan, la imprevisibilidad de un gobernante resulta especialmente contraindicada. Pero un presidente del Gobierno que opta por un debate (a cinco en La Sexta y Antena 3) por la única razón de que en él comparecerá Santiago Abascal y cambia de criterio cuando la Junta Electoral no lo permite, es una persona que sirve torticeramente a sus intereses pero no a los del país. Engordar a un partido como Vox con el propósito de adelgazar a la oposición (PP y Cs), disminuye las hechuras políticas de Sánchez y le caracteriza malamente.

José Antonio Zarzalejos

Luego ha venido la utilización a su antojo de la autoridad de la administradora única de RTVE (ha alterado la fecha del debate a la medida de la táctica del candidato socialista) y la rectificación justificada meramente con una interjección: “¡Qué remedio!”. Rectificar no siempre es un atributo de los sabios, sino también de los confundidos y Sánchez ha manejado este asunto –con sus colaboradores más próximos- con la peor de las torpezas. Las consecuencias, de momento, de este zigzagueo han sido dos. Por un lado, la crisis de la radio y la televisión públicas que amortiza la figura (y la credibilidad) de Rosa María Mateo. Por otro, la inquietante comprobación de que en apenas horas Sánchez cambia radical y copérnicanamente de criterio. Lo ha hecho sobre el debate en TV pero cabe la duda vivísima de que pueda hacerlo en asuntos de más trascendencia.

En un país que necesita certezas para abordar los problemas que le afectan, la imprevisibilidad de un gobernante resulta especialmente contraindicada

En este episodio que ha roto la campaña electoral, Pedro Sánchez se ha abierto de capa, mostrando, quizás como nunca antes, ese problema que la oposición detecta y que no ha sabido formular en unos términos accesibles, confundiendo la definición del personaje con el insulto: el candidato socialista no es fiable, carece de credibilidad. Sobre esa base argumental se fundamenta la renuencia con la que, incluso los sectores moderados, recelan de Sánchez. Si ha sido capaz de montar este pandemónium con los debates televisivos –aunque, al final, le hayan doblado el pulso- qué no hará, se preguntan muchos, para retener el poder.

No conviene, sin embargo, augurarle a Sánchez grandes males consecuentes de esta torpeza última en la gestión de la campaña electoral. Cicerón escribió que “no hay nada tan increíble que la oratoria no pueda volverlo aceptable”. Y en eso se está ahora en Moncloa y en Ferraz: en convertir dialécticamente el revolcón político de los debates y la crisis de la radio y la televisión públicas en otra jugada “maestra” de la factoría Sánchez-Redondo. Si juzgamos por los antecedentes y dada la credulidad ciudadana, a la que ha de añadirse la falta de perspicacia de la oposición, resultaría plausible que el secretario general del PSOE transforme su resbalón en una genialidad táctica. Lamentable, pero también probable.

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Sánchez, sin Vox, es menos Sánchez

La estrategia electoral de Pedro Sánchez nunca fue de fondo o programática sino táctica y de oportunidad. Para conseguir sus objetivos con éxito, se dio de bruces con Vox y, sobre todo, con la foto de Abascal, Rivera y Casado en la plaza de Colón de Madrid el pasado 10 de febrero. El PSOE ya tenía cartel. Se lo habían regalado las ‘derechas’ al concentrarse con evocaciones anacrónicas en el centro de Madrid para reclamar al presidente del Gobierno una decisión que el inquilino de la Moncloa ya había tomado: convocar elecciones generales tras el previsto rechazo a los Presupuestos Generales del Estado por los independentistas catalanes.

Aquella concentración fue un error de bulto que amenazaba al PP y a Ciudadanos con desplegar todos sus efectos negativos en el debate a cinco que había organizado Atresmedia el próximo martes 23 de abril y que la Junta Electoral Central ha entendido contrario a los criterios de pluralidad y neutralidad que establece la Loreg.

Iván Gil

La gran herramienta de Sánchez en esta campaña consistía en optimizar la concurrencia de Vox. La fuerza política que dirige Abascal era —sigue siéndolo— muy funcional para los socialistas. Porque, de una parte, introduce contradicciones entre el electorado potencial de PP y Cs, y, por otra, la radicalidad del partido de Abascal moviliza, más aún de lo que están, a los votantes socialistas y de Podemos.

El debate en La Sexta y en Antena 3 —TVE no podía incluir al presidente de Vox por razones de orden legal— se configuraba así como el acontecimiento central de una campaña que ya dio la medida de sus posibilidades en el debate a seis del pasado martes en la televisión pública. Y ahora, esa previsión —en la que Sánchez había depositado muchas expectativas— se ha venido abajo. Vox no compartirá debate con los cuatro grandes partidos y Casado y Rivera podrán enfrentar el de TVE con una mayor tranquilidad.

Sánchez es brillante en sus decisiones intuitivas. Ocurre que no siempre son viables o plantean problemas de ejecución. Cuando ocurre, se traba

Sánchez es un político brillante en sus decisiones intuitivas. Ocurre que no siempre son viables o plantean problemas de ejecución. Cuando eso ocurre, se traba. Él y su plana mayor contaban con la activa colaboración de Vox para ganar las elecciones del 28-A. Sin la formación de Abascal en el escaparate junto a Ciudadanos y el PP, Sánchez es menos Sánchez y quizá deba afrontar la próxima semana —últimos cinco días de campaña— con algo más de energía y mayor riesgo.

Porque no solo le ha volado la posibilidad de que se repitiese en la TV la foto de los ‘tres tenores’ o los ‘tres temores’, sino que la exclusión —que es perfectamente legal— de Vox en el debate estrella de la campaña y su subsiguiente suspensión le entrega un argumento muy vendible en un sector amplio del electorado: el de sentirse ‘extramuros’, expulsado, del sistema. El populismo —véase cómo Iglesias y Montero machacan con los poderes fácticos— emplea con habilidad estos recursos de victimización.

Isidoro Tapia

Esta contrariedad que ha sufrido Sánchez —no pequeña, pero tampoco insuperable— no permitiría minusvalorar la capacidad de reacción del candidato socialista, que con su equipo ha preparado al milímetro esta convocatoria electoral. De modo que Casado y Rivera tendrían que revisar —y más de una vez— el vídeo del debate del pasado martes en TVE y decidir si quieren repetir la jugada (Cayetana Álvarez de Toledo pareció ejecutar la consigna de reventarlo) o son más ambiciosos.

Aunque quizá sea una impresión personal y un tanto ingenua, creo que los ciudadanos aceptan y desean la discrepancia, pero formulada en unos términos claros y, a la vez, dialécticamente controlados. También importa calcular cómo debe cada aspirante pronunciarse en un debate, si propositiva o reactivamente. Y a partir de ahí, preparar bien la discusión con tiempos limitados, lo que requiere destreza dialéctica y un buen acompañamiento gestual y de imagen.

Es de suponer que el candidato socialista no se ampare en razones de calendario para dar una espantada que resultaría políticamente temeraria

Sánchez se ha venido valiendo —discursos, mítines, entrevistas— de la emergencia de Vox (propulsándolo electoralmente) para disminuir a Ciudadanos y PP. Cuando vuelvan el sosiego y la reflexión, Casado y Rivera, que se han escorado a la derecha, tendrán que asumir una cuota de responsabilidad en una estrategia seguramente confundida. Pero Sánchez será corresponsable de la irrupción de Vox en el Congreso. En otros países —fue el caso de Francia— no sería posible entender la fortaleza de expresiones ideológicas parecidas a Vox sin el estímulo de la izquierda para que el nacional-populismo sustituyese a liberales y conservadores. Es lo que Sánchez está haciendo ahora en España.

Solo queda por resolver la discrepancia sobre la fecha del debate. Es de suponer que el candidato socialista no se ampare en razones de calendario —él quiere que se celebre el día 23 en RTVE, y La Sexta y Antena 3 mantienen su oferta para el mismo día— para dar una espantada que resultaría políticamente temeraria.

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Cayetana, el ‘pasmo’ de Barcelona

Se sabía que Cayetana Álvarez de Toledo era una persona consistente. Historiadora, discípula de John Elliot, el hispanista especializado en el pasado de Cataluña, la ahora candidata por Barcelona del PP ha demostrado destreza periodística y ensayado con éxito un discurso que pocos referentes de la derecha política suelen lograr: utilizar el lenguaje quevedesco de la descalificación del adversario con la habilidad de driblar el insulto fácil y la intención —a menudo lograda—de ‘hacerle un traje’ y dejarle ‘in puribus’.

Lo acaba de demostrar. La semana pasada, padeció un escrache en la Universidad Autónoma de la Ciudad Condal y logró darle la vuelta a la tortilla y quedó ante la opinión pública como la ganadora del acoso y sus atacantes como niñatos. Luego le aplicó una revolera dialéctica a la insufrible consejera Borràs, y se llevó a la opinión publicada de Cataluña a su terreno.

Marcos Lamelas. Barcelona

Carlos Zenón, en ‘La Vanguardia’ del pasado sábado, escribía: “La elección de la candidata es un gran acierto de Casado. Es una política que no busca en absoluto caer bien al nacionalismo moderado catalán”. Y añadía: “Inteligente y rápida, parece tener ideas claras. En el debate de la semana pasada en ‘La Vanguardia’, demostró que el marco mental era el suyo, y el resto solo iba a vivir en él”. Redactar estas líneas en un periódico de Barcelona, con lo que está cayendo, responde a lo escasamente discutible de la valía de la popular.

Y Zenón no ha sido el único que la ha elogiado. Otro articulista de referencia como Antoni Puigvert —también en el diario de Godó— reconocía los méritos de Cayetana, aunque con renuencia y una cierta sensación de dolorosa (para él) sinceridad. Otros —que suelen atacar venga o no a cuento— han estado en silencio.

Es una mujer acerada, dura, que hace de la palabra dardo. Ha sido, sí, una buena elección

Álvarez de Toledo no sabe catalán, es bilingüe en inglés y habla otros idiomas, y tiene lecturas y experiencias. Y eso que antes se decía: mundo. Es una mujer acerada, dura, que hace de la palabra dardo. Ha sido, sí, una buena elección. Hoy se empleará a fondo en el debate a seis que se emite en TVE, al que no faltarán Inés Arrimadas e Irene Montero.

Pero en torno a la candidata popular hay un malentendido. No ha acudido a la batalla electoral por la circunscripción de Barcelona a disputar el podio a Inés Arrimadas, sino a evitar que Vox se zampe la escasa cuota de electores que todavía retiene su partido. La líder de los naranjas, posiblemente, mantendrá sus cuatro escaños por Barcelona, pero la misión de Álvarez de Toledo consiste en retener algunos de los cuatro que también obtuvo el PP en esa circunscripción y parte de su electorado, que ahora está amenazado por la seducción de Vox que, según las encuestas, dejaría a los populares en Cataluña —como en el País Vasco— al borde mismo de la desaparición. Cayetana ha ido a Barcelona como a una trinchera, a pelear cuerpo a cuerpo.

No ha acudido a la batalla electoral a disputar el podio a Arrimadas, sino a evitar que Vox se zampe la escasa cuota de electores que aún retiene el PP

A muchos les resulta la candidata demasiado hermética. Lo es. Pero lo que importa, especialmente en el desacuerdo, es reconocer la calidad del adversario. Eso lo logra esta mujer con acento argentino y rostro de un figurante del Greco. A Cayetana se le notan los estudios, la capacidad de análisis y la reflexión. No se precipita aunque sea diligente. Tiene ‘reprise’, capacidad de pasar de un número de revoluciones a otro superior en muy poco tiempo. Si obtiene el acta, Pablo Casado debería nombrarla portavoz en el Congreso de los Diputados. Cayetana proporcionaría sesiones de gloria en las de control al Gobierno si el que lo preside es Sánchez, cosa que está por ver.

Álvarez de Toledo trabajó con Ángel Acebes y, luego, ha transitado con intensidad por el periodismo de opinión, que para ella es un género de combate más que de tesis expositiva. En definitiva, esta política es el exponente de la derecha dura pero ilustrada; terminante y rotunda pero con un pensamiento inteligente. Representaría a ese PP al que Vox no podría alancear con la expresión “derechita cobarde”, y Abascal no le aguantaría ni un asalto.

Una Barcelona que la recibió de uñas y ahora acepta que es una mujer respetable en su radicalidad

Cayetana es una enemiga-amiga de tronío. El ‘pasmo’ de una Barcelona que la recibió de uñas —conservadores y no pocos constitucionalistas incluidos— y que ahora acepta que es una mujer respetable en su radicalidad, entendido este término en su sentido etimológico. Es, en fin, la expresión de mayor contemporaneidad de la derecha. Con media docena como ella en posiciones estratégicas, el PP dispondría ahora de mejores expectativas. Y, además, es partidaria de la fusión de su partido con Ciudadanos. Una opción lúcida que, quizás, esté sobre la mesa el 29 de abril.

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Cayetana, el ‘pasmo’ de Barcelona

Se sabía que Cayetana Álvarez de Toledo era una persona consistente. Historiadora, discípula de John Elliot, el hispanista especializado en el pasado de Cataluña, la ahora candidata por Barcelona del PP ha demostrado destreza periodística y ensayado con éxito un discurso que pocos referentes de la derecha política suelen lograr: utilizar el lenguaje quevedesco de la descalificación del adversario con la habilidad de driblar el insulto fácil y la intención —a menudo lograda—de ‘hacerle un traje’ y dejarle ‘in puribus’.

Lo acaba de demostrar. La semana pasada, padeció un escrache en la Universidad Autónoma de la Ciudad Condal y logró darle la vuelta a la tortilla y quedó ante la opinión pública como la ganadora del acoso y sus atacantes como niñatos. Luego le aplicó una revolera dialéctica a la insufrible consejera Borràs, y se llevó a la opinión publicada de Cataluña a su terreno.

Marcos Lamelas. Barcelona

Carlos Zenón, en ‘La Vanguardia’ del pasado sábado, escribía: “La elección de la candidata es un gran acierto de Casado. Es una política que no busca en absoluto caer bien al nacionalismo moderado catalán”. Y añadía: “Inteligente y rápida, parece tener ideas claras. En el debate de la semana pasada en ‘La Vanguardia’, demostró que el marco mental era el suyo, y el resto solo iba a vivir en él”. Redactar estas líneas en un periódico de Barcelona, con lo que está cayendo, responde a lo escasamente discutible de la valía de la popular.

Y Zenón no ha sido el único que la ha elogiado. Otro articulista de referencia como Antoni Puigvert —también en el diario de Godó— reconocía los méritos de Cayetana, aunque con renuencia y una cierta sensación de dolorosa (para él) sinceridad. Otros —que suelen atacar venga o no a cuento— han estado en silencio.

Es una mujer acerada, dura, que hace de la palabra dardo. Ha sido, sí, una buena elección

Álvarez de Toledo no sabe catalán, es bilingüe en inglés y habla otros idiomas, y tiene lecturas y experiencias. Y eso que antes se decía: mundo. Es una mujer acerada, dura, que hace de la palabra dardo. Ha sido, sí, una buena elección. Hoy se empleará a fondo en el debate a seis que se emite en TVE, al que no faltarán Inés Arrimadas e Irene Montero.

Pero en torno a la candidata popular hay un malentendido. No ha acudido a la batalla electoral por la circunscripción de Barcelona a disputar el podio a Inés Arrimadas, sino a evitar que Vox se zampe la escasa cuota de electores que todavía retiene su partido. La líder de los naranjas, posiblemente, mantendrá sus cuatro escaños por Barcelona, pero la misión de Álvarez de Toledo consiste en retener algunos de los cuatro que también obtuvo el PP en esa circunscripción y parte de su electorado, que ahora está amenazado por la seducción de Vox que, según las encuestas, dejaría a los populares en Cataluña —como en el País Vasco— al borde mismo de la desaparición. Cayetana ha ido a Barcelona como a una trinchera, a pelear cuerpo a cuerpo.

No ha acudido a la batalla electoral a disputar el podio a Arrimadas, sino a evitar que Vox se zampe la escasa cuota de electores que aún retiene el PP

A muchos les resulta la candidata demasiado hermética. Lo es. Pero lo que importa, especialmente en el desacuerdo, es reconocer la calidad del adversario. Eso lo logra esta mujer con acento argentino y rostro de un figurante del Greco. A Cayetana se le notan los estudios, la capacidad de análisis y la reflexión. No se precipita aunque sea diligente. Tiene ‘reprise’, capacidad de pasar de un número de revoluciones a otro superior en muy poco tiempo. Si obtiene el acta, Pablo Casado debería nombrarla portavoz en el Congreso de los Diputados. Cayetana proporcionaría sesiones de gloria en las de control al Gobierno si el que lo preside es Sánchez, cosa que está por ver.

Álvarez de Toledo trabajó con Ángel Acebes y, luego, ha transitado con intensidad por el periodismo de opinión, que para ella es un género de combate más que de tesis expositiva. En definitiva, esta política es el exponente de la derecha dura pero ilustrada; terminante y rotunda pero con un pensamiento inteligente. Representaría a ese PP al que Vox no podría alancear con la expresión “derechita cobarde”, y Abascal no le aguantaría ni un asalto.

Una Barcelona que la recibió de uñas y ahora acepta que es una mujer respetable en su radicalidad

Cayetana es una enemiga-amiga de tronío. El ‘pasmo’ de una Barcelona que la recibió de uñas —conservadores y no pocos constitucionalistas incluidos— y que ahora acepta que es una mujer respetable en su radicalidad, entendido este término en su sentido etimológico. Es, en fin, la expresión de mayor contemporaneidad de la derecha. Con media docena como ella en posiciones estratégicas, el PP dispondría ahora de mejores expectativas. Y, además, es partidaria de la fusión de su partido con Ciudadanos. Una opción lúcida que, quizás, esté sobre la mesa el 29 de abril.

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La república de TV3

Estudios, reuniones, organismos: había que crear “estructuras de Estado” para cuando la república catalana se pusiera en marcha. Se lo contaban a los ciudadanos de Cataluña como si estuvieran descubriendo la pólvora. A la hora de la verdad, el separatismo se basó en el feroz sectarismo de TV3 y en el más matizado de Catalunya Ràdio. Ni siquiera es seguro a estas alturas que los Mossos d’Esquadra cumpliesen la futura función de constituir el brazo armado de la república. Los medios públicos de comunicación y la policía autonómica —esta última, a decir de Trapero, solo en apariencia— mutaron de expresiones del autogobierno constitucional a fundamentos del Estado propio de republicanos y exconvergentes.

José María Olmo

Antes o después, el papel que jugaron los responsables de TV3 y de la radio pública catalana tenía que rezumar indiciariamente alguna responsabilidad penal. El martes, el juzgado n.º 13 de Barcelona procesó por un cúmulo de delitos (malversación, desobediencia, prevaricación y falsedad) a 30 cargos de la Generalitat, entre ellos al director general de la televisión pública, Vicent Sanchís, y al director de Catalunya Ràdio, Saül Gordillo, ambos por un presunto delito de desobediencia. El Confidencial aportó este miércoles prueba de los correos electrónicos en los que Sanchís autorizaba la emisión de publicidad institucional para reclamar la participación en el referéndum ilegal del 1-O de 2017.

TV3 no fue rozada por el artículo 155 de la Constitución cuando el Gobierno de Rajoy decidió aplicarlo con autorización del Senado el 27 de octubre de 2017. Pudieron haberse tomado medidas de intervención (sustituir a sus responsables, por ejemplo), pero no se hizo. Y, sin embargo, la programación de la televisión pública catalana ha sido, es y seguirá siendo, si las cosas no cambian, la responsable directa de crear ambientalmente la virtualidad de la ‘desconexión’ de cientos de miles de catalanes con el resto de España. TV3 tuvo una audiencia media anual en 2018 muy por encima de todas las demás emisoras generalistas, aunque también padeció graves dificultades financieras.

TV3 tuvo una audiencia media anual en 2018 muy por encima de todas las generalistas, aunque también padeció graves dificultades financieras

Todos los regímenes populistas —y en Cataluña se ha instalado uno que lo es— requieren de medios de comunicación que creen el clima de sostenida tensión que exige una constante movilización, una permanente reivindicación y un continuo victimismo. TV3 (aunque no solo) cumple allí esa función, acompañada de Catalunya Ràdio y algunos medios privados que compiten en adhesión inquebrantable a las consignas del régimen. Bien podría afirmarse que sin la penetración —sesgada y sectaria sin paliativos— de la televisión pública, los acontecimientos en Cataluña podrían haber sido distintos.

Es importante subrayar este papel nuclear de TV3 en la estrategia independentista ahora que su director general ha sido procesado por un delito de desobediencia que, presuntamente, pone de manifiesto su colaboración con los planes secesionistas y unilaterales del Gobierno de Puigdemont. Y lo es porque entramos en un largo periodo electoral: las generales del 28-A, las municipales y europeas del 26-M y, posiblemente, las nuevas catalanas tras la sentencia del Supremo, quizás en otoño.

Beatriz Parera

Los partidos constitucionalistas (PSC, Ciudadanos y PP) no gozan en TV3 de igualdad de oportunidades respecto de las formaciones independentistas. Todo lo contrario. El constitucionalismo es zaherido, ridiculizado e insultado. Es verdad que se piden colaboraciones de ‘unionistas’ —que cada vez acuden menos—, pero planea la sospecha de que el propósito aparentemente ‘pluralista’ es solo un intento de blanqueo.

Tras los procesamientos de Sanchís (TV3) y Gordillo (Catalunya Ràdio), la reflexión más urgente consiste en observar cómo —los Mossos son cuestión relevante pero diferente— una expresión estatutaria del autogobierno constituida por la televisión y la radio públicas se convierte en un instrumento contra el Estado, contra la Constitución y contra una parte sustancial de la propia sociedad catalana. Esos medios de comunicación tienen unos objetivos y unas finalidades —establecidos en el Estatuto y en la ley que los regula— a los que sus responsables han traicionado.

Las autonómicas tienden a subordinarse a los gobiernos. Y son sostenidas hasta la bancarrota o representan una hemorragia para los presupuestos

Las televisiones autonómicas han tendido —todas— a subordinarse a los gobiernos de turno. Y han sido sostenidas hasta la bancarrota (como en la Comunidad Valenciana) o representan una hemorragia para los presupuestos (no hay ninguna saneada). Pero solo TV3 —y en menor medida, pero también de manera descarada, ETB, la televisión pública vasca— ha servido con fruición a una causa de parte como es la separatista en Cataluña.

Hasta el punto de que ha debido intervenir la Junta Electoral Central para que, al menos, ajustase a términos admisibles el lenguaje partidista que utilizaba en pleno periodo electoral. Puede sostenerse sin exagerar un ápice que la república catalana es verosímil en su inverosimilitud por TV3, el crisol del irredentismo separatista y la punta de lanza del relato unilateral que procura una radical ‘desconexión’ de España de cientos de miles de catalanes. Es dudoso que el mal causado sea ya reparable.

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La república de TV3

Estudios, reuniones, organismos: había que crear “estructuras de Estado” para cuando la república catalana se pusiera en marcha. Se lo contaban a los ciudadanos de Cataluña como si estuvieran descubriendo la pólvora. A la hora de la verdad, el separatismo se basó en el feroz sectarismo de TV3 y en el más matizado de Catalunya Ràdio. Ni siquiera es seguro a estas alturas que los Mossos d’Esquadra cumpliesen la futura función de constituir el brazo armado de la república. Los medios públicos de comunicación y la policía autonómica —esta última, a decir de Trapero, solo en apariencia— mutaron de expresiones del autogobierno constitucional a fundamentos del Estado propio de republicanos y exconvergentes.

José María Olmo

Antes o después, el papel que jugaron los responsables de TV3 y de la radio pública catalana tenía que rezumar indiciariamente alguna responsabilidad penal. El martes, el juzgado n.º 13 de Barcelona procesó por un cúmulo de delitos (malversación, desobediencia, prevaricación y falsedad) a 30 cargos de la Generalitat, entre ellos al director general de la televisión pública, Vicent Sanchís, y al director de Catalunya Ràdio, Saül Gordillo, ambos por un presunto delito de desobediencia. El Confidencial aportó este miércoles prueba de los correos electrónicos en los que Sanchís autorizaba la emisión de publicidad institucional para reclamar la participación en el referéndum ilegal del 1-O de 2017.

TV3 no fue rozada por el artículo 155 de la Constitución cuando el Gobierno de Rajoy decidió aplicarlo con autorización del Senado el 27 de octubre de 2017. Pudieron haberse tomado medidas de intervención (sustituir a sus responsables, por ejemplo), pero no se hizo. Y, sin embargo, la programación de la televisión pública catalana ha sido, es y seguirá siendo, si las cosas no cambian, la responsable directa de crear ambientalmente la virtualidad de la ‘desconexión’ de cientos de miles de catalanes con el resto de España. TV3 tuvo una audiencia media anual en 2018 muy por encima de todas las demás emisoras generalistas, aunque también padeció graves dificultades financieras.

TV3 tuvo una audiencia media anual en 2018 muy por encima de todas las generalistas, aunque también padeció graves dificultades financieras

Todos los regímenes populistas —y en Cataluña se ha instalado uno que lo es— requieren de medios de comunicación que creen el clima de sostenida tensión que exige una constante movilización, una permanente reivindicación y un continuo victimismo. TV3 (aunque no solo) cumple allí esa función, acompañada de Catalunya Ràdio y algunos medios privados que compiten en adhesión inquebrantable a las consignas del régimen. Bien podría afirmarse que sin la penetración —sesgada y sectaria sin paliativos— de la televisión pública, los acontecimientos en Cataluña podrían haber sido distintos.

Es importante subrayar este papel nuclear de TV3 en la estrategia independentista ahora que su director general ha sido procesado por un delito de desobediencia que, presuntamente, pone de manifiesto su colaboración con los planes secesionistas y unilaterales del Gobierno de Puigdemont. Y lo es porque entramos en un largo periodo electoral: las generales del 28-A, las municipales y europeas del 26-M y, posiblemente, las nuevas catalanas tras la sentencia del Supremo, quizás en otoño.

Beatriz Parera

Los partidos constitucionalistas (PSC, Ciudadanos y PP) no gozan en TV3 de igualdad de oportunidades respecto de las formaciones independentistas. Todo lo contrario. El constitucionalismo es zaherido, ridiculizado e insultado. Es verdad que se piden colaboraciones de ‘unionistas’ —que cada vez acuden menos—, pero planea la sospecha de que el propósito aparentemente ‘pluralista’ es solo un intento de blanqueo.

Tras los procesamientos de Sanchís (TV3) y Gordillo (Catalunya Ràdio), la reflexión más urgente consiste en observar cómo —los Mossos son cuestión relevante pero diferente— una expresión estatutaria del autogobierno constituida por la televisión y la radio públicas se convierte en un instrumento contra el Estado, contra la Constitución y contra una parte sustancial de la propia sociedad catalana. Esos medios de comunicación tienen unos objetivos y unas finalidades —establecidos en el Estatuto y en la ley que los regula— a los que sus responsables han traicionado.

Las autonómicas tienden a subordinarse a los gobiernos. Y son sostenidas hasta la bancarrota o representan una hemorragia para los presupuestos

Las televisiones autonómicas han tendido —todas— a subordinarse a los gobiernos de turno. Y han sido sostenidas hasta la bancarrota (como en la Comunidad Valenciana) o representan una hemorragia para los presupuestos (no hay ninguna saneada). Pero solo TV3 —y en menor medida, pero también de manera descarada, ETB, la televisión pública vasca— ha servido con fruición a una causa de parte como es la separatista en Cataluña.

Hasta el punto de que ha debido intervenir la Junta Electoral Central para que, al menos, ajustase a términos admisibles el lenguaje partidista que utilizaba en pleno periodo electoral. Puede sostenerse sin exagerar un ápice que la república catalana es verosímil en su inverosimilitud por TV3, el crisol del irredentismo separatista y la punta de lanza del relato unilateral que procura una radical ‘desconexión’ de España de cientos de miles de catalanes. Es dudoso que el mal causado sea ya reparable.

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La contracampaña de Sánchez y sus cinco claves

Le sonríen las encuestas a Sánchez. También lo hacían a los partidarios británicos que abogaban por mantenerse en la Unión Europea y no hubo sondeos que detectasen que Donald Trump vencería (en compromisarios, no en voto popular) a Hillary Clinton. En 2016, sin embargo, ganaron los ‘brexiters’ y los ‘trumpistas’. Fueron el voto oculto (no detectado) y el ocultado (no manifestado) los que provocaron en unos la sorpresa y en otros el estupor.

En España es preciso, por mera prudencia, dejar margen al acaecimiento de lo imprevisto el 28-A. Si los resultados fueran los que las encuestas proclaman, el PSOE y Sánchez ganarían las elecciones con comodidad, aunque resultase menos confortable formar Gobierno. Dicho lo cual, hay que apreciar la habilidad del presidente del Gobierno para moverse certeramente en la precampaña.

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La estrategia de Moncloa y Ferraz podría resumirse en cinco claves, sencillas de formular pero no siempre fáciles de ejecutar:

1) Sánchez en actitud siempre presidencial. Efectivamente: el secretario general del PSOE no entra en polémicas, no improvisa sus mensajes y, en consecuencia, elude los ‘canutazos’. Tampoco entra al trapo de ‘provocaciones’ y deja que sean Carmen Calvo, Adriana Lastra o José Luis Ábalos los que protagonicen el zafarrancho de combate.

2) Sánchez no participa en programas de TV. El candidato socialista no ha ido a la controvertida casa de Bertín Osborne (Telecinco), ni a ‘El Hormiguero’ (Antena 3) de Pablo Montos, ni desayuna con Susanna Griso ni con Ana Rosa Quintana; tampoco se toma un café en la TV pública con Xabier Fortes. Y parece que seguirá sin visitar esos platós. Concede y concederá entrevistas (véase la del domingo en este diario, o, días antes, a cuatro periódicos europeos), pero es él quien elige el terreno.

Juanma Romero

3) Sánchez no quiere debates. El socialista piensa que solo pierde y nada gana enfrentándose en cualquier formato (cara a cara, a cuatro o a cinco) en un debate. Cree que su ventaja le permite no arriesgar y debatir es hacerlo. Un buen día lo tiene cualquiera (incluso lo tendrían los candidatos a los que Sánchez trata con tanta displicencia), pero un mal día también. A él le podría caer en suerte el primero o el segundo. Y no le merece la pena. España es, miserablemente, una democracia sin debates obligatorios.

4) Sánchez se abona a una frase vacía pero que suena bien: en Cataluña el problema no va de independencia sino de convivencia. No es cierto, o no lo es enteramente, pero la afirmación le servirá para dos propósitos: de una parte, para no aceptar (“no es no”, enfatizó el presidente el domingo en Zaragoza) un referéndum de autodeterminación; y de otra, para, sin perjuicio de no aceptar ninguna consulta separatista, mantener una relación funcional con los independentistas catalanes y, si preciso fuera (y lo ha sido para convalidar los decretos leyes en la Diputación Permanente), con los ‘bildutarras’. Ya se encargará luego Isabel Celaá de recomponer la situación cargando contra Torra por su policía política o contra los ‘abertzales’ radicales por no haber pedido perdón por los crímenes de ETA.

5) Sánchez está atento a los errores de sus adversarios y los optimiza, a tal punto que el argumentario de sus mítines se basa en las pifias de los dirigentes que compiten en las urnas, salpimentado con la ‘agenda social’. Y como Rivera, Casado y Abascal —especialmente los dos primeros— están sobreexpuestos, sus posibilidades de errar se multiplican. Los ‘speechwriters’ del secretario general del PSOE están a la caza del gazapo, que consiste en una técnica de cinegética política muy agradecida para quien la sabe utilizar y mortificante para quien la padece.

José Antonio Zarzalejos

Junto a estas claves, Sánchez y sus estrategas zahieren —pero lo justo— a quienes podrían ser sus socios: Iglesias y Podemos, que caigan, pero tampoco demasiado. Y minan la credibilidad —o lo intentan— de Ciudadanos, cuyos diputados en suma con los socialistas podrían ofrecerle una mayoría para gobernar. Ya se lo dijo el presidente al director de El Confidencial y a Juanma Romero: “Partidos que dicen ‘no, nunca, jamás’ revisarán sus estrategias”. Seguro que sí: aunque Sánchez estaba refiriéndose a Ciudadanos, ¿no hará lo mismo el PSOE que él dirige?

Por resumir: la contracampaña de Sánchez es la propia de quien se siente ganador. O mejor: ampliamente ganador. Cuchillo de doble filo. De ahí que en los mítines no verbalice la posible victoria sino que apele a la movilización porque históricamente la izquierda tiende a la abstención más que la derecha. Un rasgo podría lesionar la apuesta del juego preelectoral de Sánchez: la vibración de prepotencia que transmite, de que la partida es suya, de que lleva mano de naipes ganadores.

Ocurre que la gente corriente —esa que Ignacio Urquizu, en su libro ‘¿Cómo somos?’ (Deusto), denomina “el hombre medio”— sí ve y atiende a Griso, a Quintana, a Motos, a Osborne y desayuna con Fortes. Como suele rematar el maestro Miguel Ángel Aguilar sus telegramas en la SER: “Atentos” (a veces, sentencioso, advierte: “Cuidado”).

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El PSOE, Julen Arzuaga y otros canallas

Reproduzco un párrafo del editorial de ayer viernes del diario ‘El Correo’ que, bajo el título de ‘Inadmisible provocación‘, decía lo siguiente: “Pero ocurrió lo peor. El desmán oratorio del portavoz de EH Bildu, Julen Arzuaga, dirigiéndose a los representantes sindicales de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que asistían al pleno desde la tribuna de invitados, comparándolos con los nazis y los genocidas. Términos que la presidenta, Bakartxo Tejeira, debió reprobar de inmediato, emplazando a Arzuaga a contenerse en sus expresiones, cuando después anunció que las retiraría del acta. Es significativo que al día siguiente de secundar en el Congreso los decretos-leyes del Gobierno Sánchez en aras a un bienestar a compartir, EH Bildu optara por devolver al país a la exasperación que generó con su provocadora actitud en el parlamento vasco. Dos caras distintas ante una sociedad que creía encaminarse hacia la normalidad; sencillamente porque la izquierda abertzale necesita preservar su lado irreductible y bronco”.

Los insultos a los cuerpos policiales por Julen Arzuaga desde la tribuna parlamentaria de la Cámara de Vitoria son la expresión del odio que se sigue remansando en la formación que dirige ese “hombre de paz” que es Arnaldo Otegi. En Euskadi ETA no mata ya, pero su discurso ha permanecido. Es el de los canallas —es decir: tipos despreciables y miserables— que mantienen la justificación de sus crímenes. La banda terrorista asesinó a 860 personas. La mayoría de ellas, guardias civiles, policías nacionales, policías municipales, ertzainas y hasta un mosso d’Escuadra, además de gendarmes franceses. Pero también a dirigentes populares y socialistas. Y a civiles. Y a militares. Todos inocentes, pero víctimas “colaterales” del “conflicto” entre el Estado y Euskalherria según la brutalidad diagnóstica de los matarifes etarras y sus epígonos.

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En el País Vasco no hay violencia, pero no hay auténtica paz. Lo que ocurrió el jueves en el parlamento vasco, en el debate sobre la ley de reparación de abusos policiales entre 1978 y 1999, refleja una realidad que han tratado de ocultar o eludir una legión de taimados y de ingenuos. O de voluntaristas. EH Bildu es legataria de ETA con una gran aceptación social. En las autonómicas de 2016, fue la segunda fuerza política con 224.254 votos y 18 escaños de los 75 que integran el parlamento vasco.

En las generales de 2015 obtuvo dos escaños en el Congreso con 218.467 sufragios y en 2016, aunque disminuyó en voto, mantuvo sus dos puestos en la Cámara baja nacional. Esta misma semana el sondeo del Gobierno vasco atribuye a los proetarras tres diputados. O sea, va en aumento. Dos datos más: EH Bildu colabora estrechamente con ERC. Irán a las elecciones europeas en coalición y se integrarán en el grupo parlamentario de los republicanos la próxima legislatura. Al tiempo, ha firmado con el PNV el borrador de un nuevo Estatuto vasco groseramente inconstitucional.

Los insultos a los cuerpos policiales por Arzuaga son la expresión del odio que sigue en la formación que dirige ese “hombre de paz” que es Otegi

¿Cuál es el auténtico peligro con EH Bildu? Sencillamente, su legitimación democrática a través del blanqueo ético que le proporcionan los partidos con los que pacta. Ya se advirtió del estúpido buenismo de Idoia Media, secretaria general del PSE-PSOE, al aparecer el pasado enero en la primera página de ‘El Diario Vasco’ retratada, compartiendo mesa y mantel navideño con Arnaldo Otegi —el jefe de los canallas como Julen Arzuaga— lo que motivó la petición de baja en el partido de José María Múgica, hijo de Fernando, dirigente socialista asesinado por ETA el 7 de febrero de 1996 en las calles de San Sebastián. La polémica sobre esa fotografía de la secretaria general del PSE se calificó por parte de los socialistas vascos como “nauseabunda” ya que lo que pretendía era “una imagen más amable de la política”, mientras Pedro Sánchez no veía “ningún elemento para la polémica”. Vaya ojo.

Aunque se discrepe de las descalificaciones hiperbólicas que la oposición hace del PSOE y de su secretario general, no queda otro remedio que compartir su inquietud ante una actitud del socialismo tan complaciente hacia fuerzas políticas como EH Bildu, cuyo propósito político es reventar el Estado y reivindicar la criminalidad de la banda terrorista ETA. Los “bildutarras” fueron parte de la mayoría de la moción de censura y el miércoles pasado convalidaron los decretos-leyes de Gobierno. Impedirles que voten la censura a Rajoy o que respaldan medidas del Ejecutivo es imposible.

Se trataría de que el socialismo —que también sufrió en sus carnes el terrorismo— no deje pasar este estremecedor episodio de odio

Pero, y mucho más después de la canallada del jueves en el parlamento vasco, sería razonable que un portavoz autorizado del Gabinete socialista declarase indeseables los apoyos de los que, además de amparar la trayectoria terrorista de ETA, insultan a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que aportaron el mayor número de víctimas en defensa de la libertad y de la democracia. Se trataría de que el socialismo —que también sufrió en sus carnes el terrorismo— no deje pasar este estremecedor episodio de odio sin un reproche taxativo y con un distanciamiento político insalvable respecto de los que lo han protagonizado. Isabel Celaá, tras el Consejo de Ministros de ayer, cubrió el expediente. Poca cosa para la gravedad del asunto.

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El éxito de La Sexta y la confusión del Papa

El Papa Francisco rompió este domingo un paradigma en el modelo de relación de los Pontífices con los medios de comunicación. Según esa pauta reiterada en los últimos años, los titulares de la silla de Pedro concedían entrevistas a medios convencionales y, normalmente, con cuestionario previo. No es el único de los paradigmas que quiebra el que fuera cardenal Bergoglio. Él es el primer Papa latinoamericano (argentino) y, desde 1415 (renuncia de Gregorio XII), el primero también en siglos que sustituye a un predecesor vivo, tras abdicar Benedicto XVI de la responsabilidad de dirigir la Iglesia Católica.

La entrevista –inédita- alcanzó una cuota de audiencia muy alta: el 21% del share y cuatro millones de espectadores. Superó por mucho los porcentajes habituales del programa ‘Salvados’ de Jordi Évole. El éxito de La Sexta es, por lo tanto, doble. El de haber logrado que Francisco concediese la entrevista a esa televisión y no a otra (o, simplemente, a ninguna), y el de la gran recepción que obtuvo entre los espectadores de la noche del domingo.

El Confidencial

Y así, el Papa quiebra todavía más el paradigma: concede la entrevista a una emisora situada editorialmente en la izquierda –y habitualmente criticada por la derecha española- y a un programa heterodoxo –no convencional- dirigido por un periodista que en otro momento de su vida profesional fue el “follonero” con Andeu Buenafuente. Añadamos, para que no falte ningún ingrediente, que Francisco irrumpió en la actualidad española en plena precampaña electoral.

En el Vaticano nadie –tampoco el Papa- da puntada sin hilo y en este hito informativo hay que valorar todas las circunstancias porque ninguna ha sido dejada al azar, más allá de la destreza del Pontífice en sus respuestas y de la habilidad del entrevistador en ensanchar los límites de la conversación –acotados a la cuestión de los refugiados- que, al parecer, eran los convenidos con la Santa Sede. En ese juego entre la destreza dialéctica papal y la habilidad periodística, parece evidente que Évole superó a Francisco porque le hizo pronunciarse sobre temas distintos y distantes al central de los refugiados, que, obviamente, también abordaron.

En el Vaticano nadie da puntada sin hilo y en este hito informativo hay que valorar todas las circunstancias porque ninguna ha sido por el azar

El Papa, sabedor de la audiencia ante la que comparecía y la TV que emitía la entrevista (el medio sigue siendo en buena medida el mensaje), estuvo tópico en las expresiones blandas muy al estilo eclesiástico (“dolor”, “compasión”, “humanidad”, “justicia”, “lloro”) ante las catástrofes humanitarias, muy determinado dialécticamente en los asuntos de contenido político (la venta de armas, la construcción de muros, o su confundida apreciación sobre el Open Arms que ayer el ministro Ábalos puntualizó) y confuso y escapista en las cuestiones a las que él debe dar respuesta tanto doctrinal como jerárquica.

Este Pontífice busca el progresismo como un espacio de confort para presentarse ante determinados sectores –lo que le granjea simpatías en audiencias alejadas de la Iglesia-y mantiene la estricta ortodoxia, si bien con un amplio registro de eufemismos, en las materias de dogmática moral y teológica. La Iglesia es femenina pero no se abre al sacerdocio de la mujeres; la Iglesias es comprensiva, pero, incluso en estados de necesidad, no acepta el aborto denominando “sicarios” a quienes lo practican, se resigna a la homosexualidad certificada por “expertos” pero sigue siendo pecado no mantenerla en castidad y persiste sin acoger a los divorciados que han contraído nuevas nupcias (civiles).

C. Barragán

En esos planteamientos el Papa se mantuvo en el registro más tradicional pero, en relación con los niños y niñas “raros” por presentar tendencias homosexuales, pareció un extraterrestre. Más aún se alejó del juicio ético generalizado al reivindicar la necesidad de utilizar la hermenéutica de cada época para entender las razones del ocultamiento de la jerarquía católica de los abusos sexuales a menores. Como en aquellos años (sesenta y setenta del siglo pasado) se tapaba todo, la Iglesia también lo hacía. Muy consolador, pero moralmente muy confuso. Y para las víctimas crudelísimo.

Évole le hizo ver al Papa que quizás en su gestión del pontificado había echado “el freno de mano”. Fue una buena observación. Francisco ha desplegado una estrategia bifronte: acelerar en las temáticas políticas (son obvias sus preferencias) y frenar en las morales y teológicas. Una combinación de progresismo y conservadurismo que al Pontífice argentino le sirve para granjearse una aceptación transversal. Determinados sectores siempre le recordarán como el Papa con semblante adusto ante Trump y Macri, y los católicos practicantes y observantes como un Pontífice que no se separa de la ortodoxia.

Évole le hizo ver al Papa que quizás en su gestión del pontificado había echado “el freno de mano”. Fue una buena observación

Ese juego papal lo vio muy bien Évole y La Sexta y Francisco no pudo superar la tentación de arriesgarse a instalarse en el área de confort progresista. Aunque el resultado de la conversación no haya gustado plenamente –por razones muy opuestas- ni a unos ni a otros. Y, sobre todo, en vísperas electorales. Eso sí, de la entrevista con el Papa se deduce una conclusión clara: el tiempo no es ya líquido, sino gaseoso. Todo cambia hasta lo que nunca cambiaba, o sea, el Papa entrevistado por Jordi Évole.

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